Cuando aún no había descubierto las salas donde pasan filmes subtitulados, cada vez que estaba en España en los primeros 2000 me abstenía de ver películas extranjeras en el cine porque me resultaba incómodo no escuchar las voces originales. En mi país, la Argentina, nunca tuve ese problema porque, hasta hace unos años, el 70% de las películas extranjeras se exhibían subtituladas. Eso cambió: ahora, el 90% de las funciones tienen doblaje, y el 90% de las subtituladas sólo se ofrecen en Buenos Aires. En el interior, los subtítulos desaparecieron. La situación es similar en el resto de América Latina: la voz original se vuelve periférica, clandestina. No sé qué gana una persona perdiéndose la voz hipnótica de Bruno Ganz, los susurros tóxicos de Michelle Pfeiffer, el roce gélido de Isabelle Huppert, el fraseo tétrico de Christopher Walken, la entonación oscura de Cillian Murphy cuando dice “Now I am become Death, the destroyer of worlds”, la música del alemán, del árabe, del chino. Vi en diciembre pasado, en un avión, Sentimental Value en noruego, subtitulada en francés: un idioma que ignoro, otro que entiendo con modestia, y disfruté incluso de las frases que se me escapaban. En La voz en el cine, Michel Chion dice: “El doblaje no es una simple traducción: es la sustitución de una voz por otra, es decir, de una presencia por otra presencia distinta”. Dicen que el cambio se debe a que la gente no quiere esforzarse, que el doblaje les permite escuchar mientras escrolean. El filósofo Byung-Chul Han decía: “Cuanto más iguales son las personas, más aumenta la producción; el capital necesita que todos seamos iguales (…) la comunicación global y de los likes solo consiente a los que son más iguales a uno. Lo igual no duele”. La idea de lo distinto resulta amenazante. El doblaje anestesia, protege de lo extraño. La voz ajena es la evidencia de que no podemos traducir sin pérdida, sin error, sin fricción. Quizás ya somos del todo una especie que sólo tolera la voz propia.
El doblaje cinematográfico protege de lo extraño, y evidencia que no podemos traducir sin pérdida, sin error, sin fricción
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El doblaje cinematográfico protege de lo extraño, y evidencia que no podemos traducir sin pérdida, sin error, sin fricción


Cuando aún no había descubierto las salas donde pasan filmes subtitulados, cada vez que estaba en España en los primeros 2000 me abstenía de ver películas extranjeras en el cine porque me resultaba incómodo no escuchar las voces originales. En mi país, la Argentina, nunca tuve ese problema porque, hasta hace unos años, el 70% de las películas extranjeras se exhibían subtituladas. Eso cambió: ahora, el 90% de las funciones tienen doblaje, y el 90% de las subtituladas sólo se ofrecen en Buenos Aires. En el interior, los subtítulos desaparecieron. La situación es similar en el resto de América Latina: la voz original se vuelve periférica, clandestina. No sé qué gana una persona perdiéndose la voz hipnótica de Bruno Ganz, los susurros tóxicos de Michelle Pfeiffer, el roce gélido de Isabelle Huppert, el fraseo tétrico de Christopher Walken, la entonación oscura de Cillian Murphy cuando dice “Now I am become Death, the destroyer of worlds”, la música del alemán, del árabe, del chino. Vi en diciembre pasado, en un avión, Sentimental Valueen noruego, subtitulada en francés: un idioma que ignoro, otro que entiendo con modestia, y disfruté incluso de las frases que se me escapaban. En La voz en el cine, Michel Chion dice: “El doblaje no es una simple traducción: es la sustitución de una voz por otra, es decir, de una presencia por otra presencia distinta”. Dicen que el cambio se debe a que la gente no quiere esforzarse, que el doblaje les permite escuchar mientras escrolean. El filósofo Byung-Chul Han decía: “Cuanto más iguales son las personas, más aumenta la producción; el capital necesita que todos seamos iguales (…) la comunicación global y de los likes solo consiente a los que son más iguales a uno. Lo igual no duele”. La idea de lo distinto resulta amenazante. El doblaje anestesia, protege de lo extraño. La voz ajena es la evidencia de que no podemos traducir sin pérdida, sin error, sin fricción. Quizás ya somos del todo una especie que sólo tolera la voz propia.
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