Bruce Dern está recostado en el sofá de la suite de su hotel de lujo en la Croisette, en Cannes, con las cortinas filtrando una luz lechosa y un gran ventanal abierto sobre el Mediterráneo, que esta mañana luce un color muy parecido al de sus ojos. Tiene una nube de pelo blanco flotando alrededor de la cabeza y una mirada que, a punto de cumplir 90 años —su cumpleaños es el 4 de junio—, conserva la curiosidad y cierta insolencia juvenil. Es una leyenda viva de Hollywood y piensa morir con las botas puestas: hace tres años sufrió un infarto, pero el año pasado rodó cinco películas y la serie Palm Royale. “No tengo intención de parar”, jura.
El actor estadounidense presenta en Cannes un documental que pasa revista a sus siete décadas delante de la cámara, de Hitchcock a Tarantino, y a una forma de actuar guiada por el instinto
Bruce Dern está recostado en el sofá de la suite de su hotel de lujo en la Croisette, en Cannes, con las cortinas filtrando una luz lechosa y un gran ventanal abierto sobre el Mediterráneo, que esta mañana luce un color muy parecido al de sus ojos. Tiene una nube de pelo blanco flotando alrededor de la cabeza y una mirada que, a punto de cumplir 90 años —su cumpleaños es el 4 de junio—, conserva la curiosidad y cierta insolencia juvenil. Es una leyenda viva de Hollywood y piensa morir con las botas puestas: hace tres años sufrió un infarto, pero el año pasado rodó cinco películas y la serie Palm Royale. “No tengo intención de parar”, jura.
A punto de empezar la entrevista, aparece Laura Dern acompañada de sus dos hijos y pide con infinita amabilidad que esperemos unos minutos mientras saluda a su padre. Durante media hora, del otro lado de la puerta saldrán risotadas, chistes y un debate sobre la inteligencia artificial. “¿Cómo podría una máquina sustituir a un actor?”, se oye decir a la actriz. Antes de marcharse, la hija de Bruce Dern, que está en Cannes rodando la nueva entrega de la serie The White Lotus, acepta responder a unas preguntas. ¿Cuál es la gran lección que le enseñó su padre? “¿Ha visto su carrera? Desde luego, la tenacidad”, responde. Su hija veinteañera interviene desde el fondo de la habitación: “¡Y a hacer dernsies!”. “Eso es”, se carcajea Laura. “Intento aprender a hacer dernsies para mantener vivo su legado. Pero le dejo con el maestro…”.
Dernsie: dícese del diálogo, gesto o giro no incluido en el guion que Bruce Dern introduce en una escena para darle más brillo. El neologismo fue acuñado por Jack Nicholson y da título al documental que el actor ha venido a presentar a Cannes, dirigido por Mike Mendez, inspirado en sus memorias y programado en la sección dedicada al cine clásico. El resultado es una larga conversación con un actor que recuerda su vida como una sucesión inagotable de escenas de cine, entre los comentarios de Quentin Tarantino, Billy Bob Thornton, Alexander Payne, Joe Dante, Walter Hill, su exmujer Diane Ladd y su hija Laura.
Como demuestra el documental, Dern es un narrador nato. Cada anécdota, y serán unas cuantas, contiene personajes, diálogos trepidantes, pausas dramáticas, golpes de efecto y un remate final que lanza incorporándose en el sofá, inclinándose hacia su interlocutor y apuntándole con el dedo, como si tuviera una cámara delante. Dern ha trabajado con Alfred Hitchcock, Francis Ford Coppola, Hal Ashby, Sydney Pollack, John Frankenheimer y tres veces con Tarantino, pero resume su trayectoria con modestia: “Durante muchos años fui solo el quinto cowboy por la derecha”. Nunca fue una gran estrella en el sentido industrial del término. “Para mí, una estrella es alguien capaz de abrir una película y hacer cincuenta millones el primer fin de semana. Yo nunca fui eso. Yo soy otra cosa”.

Dern habrá sido uno de esos actores robaplanos que se apoderan de cada escena, incluso cuando interpretaba a villanos, lunáticos, perdedores, tipos resentidos y secundarios que parecían llevar dentro otra película. Billy Bob Thornton dice en Dernsie que Dern “hizo que interpretar al malo fuera cool”. En Los cowboys se convirtió en el primer actor que mató a John Wayne en pantalla. “Durante meses me insultaron por la calle”, recuerda. Su primera vez en Cannes fue hace casi medio siglo. Vino con Hitchcock y La trama, la última película del director. Mientras lo recuerda, interrumpe la respuesta y le pide a su asistente que le traiga una fotografía. “Lisa, en mi mesa de ahí dentro está esa foto mía con Hitch, donde tengo las vitaminas. Tráela”. En la imagen aparece con Hitchcock, los dos riendo a carcajadas, con un gesto risueño poco visto en el director. “Era un encanto. Y yo siempre le hice mucha gracia”. La memoria del viejo Hollywood, escondida bajo un frasco de pastillas.
Todo son buenos recuerdos en este festival. La penúltima vez que pasó por Cannes fue en 2013, cuando ganó el premio al mejor actor por Nebraska. “Paramount no tenía ninguna fe en la película. Era en blanco y negro. Yo era el protagonista, y no soy una gran estrella. Will Forte y June Squibb no sabían ni quiénes eran”. La película le dio una nominación al Oscar y un nuevo repunte, tal vez el último, en una carrera hecha de varias desapariciones y regresos. Se considera un corredor de fondo, y no solo en sentido metafórico. Dern practica el atletismo desde los nueve años y asegura haber cronometrado cada carrera. “Lo bueno de correr es que no necesitas pareja”, sonríe. “He corrido 105.000 millas. Eso son cuatro vueltas al mundo”.
Tarantino dice en el documental que Dern pertenece a una tradición estadounidense de interpretación, lejos de “esos actores británicos que necesitan seis semanas de ensayos para encontrar la verdad de una escena”. En otras palabras, una forma de actuar de machote. Dern se reconoce en esa escuela. “En los últimos 30 años no he ensayado ni una sola vez. Me niego. Yo no interpreto: dejo que las cosas ocurran. Si empiezas desde un lugar falso, todo lo que venga después también será falso”. Su idea de la actuación proviene de sus años en el Actors Studio, donde estudió el método con Stella Adler y Lee Strasberg, aunque él no le dé ninguna solemnidad teórica. “Nunca le digas a un director ni a nadie lo que vas a hacer delante de la cámara”. Ese es su secreto: confiar siempre en su instinto.
Dern nació en 1936 en una familia ajena al mundo del cine. Creció en un entorno acomodado de Chicago, con criada y chófer, en un círculo de políticos e intelectuales acostumbrado a los salones del poder: su abuelo fue gobernador de Utah y secretario de Guerra con Franklin D. Roosevelt; Adlai Stevenson, dos veces candidato demócrata a la presidencia en los cincuenta, era socio de su padre y él lo llamaba “tío”. Su vocación no fue entendida. “Fui un problema para los míos”, dice en el documental. Cuando decidió hacerse actor, pasó a ser persona non grata: “Me dijeron que no hacía falta que volviera a casa por Navidad”.
Como alguien que ha vivido casi un siglo de ruido y furia, ¿cómo ve la situación en su país? “Lo que más me gusta de Estados Unidos es que es un país que ha resistido. Hemos superado guerras mundiales y grandes crisis. Lo que se ha perdido en los últimos años es el liderazgo. Ya no quedan muchos Roosevelts por aquí”. La publicista intenta poner fin a la entrevista, pero Dern no tiene prisa en terminar. “Quédate un rato más, muchacho”, dice. “Tú sigue preguntando”. Disparamos una última: ¿Morirá Hollywood algún día, ahora que tantos lo ven en decadencia? “La clave de Hollywood ahora mismo es el negocio inmobiliario. En el fondo, quieren el terreno sobre el que están los cines”. Eso explicaría sus primeros indicios de extinción, aunque Dern no crea en ella. “A mí no me da miedo la inteligencia artificial ni todas esas cosas. Hollywood no desaparecerá, porque es el lugar de los soñadores. Y soñar nunca pasará de moda. Yo sigo soñando a los 90 años”.
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