Furia: lo que Carmen Maura, Ana Torrent y Cecilia Suárez han hecho para merecerse esto

Algunas de las series más vistas son virtualmente indistinguibles unas de otras. Pocas producciones escapan de esta peligrosa homogeneización visual. Furia es una de ellas. La serie de Félix Sabroso para HBO Max es diferente. Solo por eso ya vale la pena.

 Félix Sabroso ofrece una comedia hecha sobre tragedias, una farsa brutalmente realista y un ejercicio de estilo lleno de verdad  

Algunas de las series más vistas son virtualmente indistinguibles unas de otras. Pocas producciones escapan de esta peligrosa homogeneización visual. Furia es una de ellas. La serie de Félix Sabroso para HBO Max es diferente. Solo por eso ya vale la pena.

Furia es una comedia construida sobre tragedias, una farsa dolorosamente realista y un ejercicio de estilo al que la verdad se le escapa por las costuras multicolores. Su segunda temporada, estrenada hace unas semanas, refina su propio experimento. La nueva entrega no solo renueva parcialmente su elenco estelar, también lo interconecta de maneras mucho más perversas. Y divertidas. Viendo la serie no puedo evitar acordarme de Carmen Maura molesta porque la gente se reía durante una proyección de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?. ¿Cómo podían pasarlo bien viendo la vida de mierda de esa mujer en pantalla?

Maura también está en Furia. Su personaje tiene cáncer pero, en vez de ponerse en tratamiento, se encomienda a una gurú. Esa gurú es Cecilia Suárez. Y la hija de Maura es Ana Torrent, a la que ya vimos en la primera temporada. La vimos en chándal, concretamente. Sabroso sabe que sacar a Torrent (perdón: La Torrent) de esa guisa es en sí mismo comentable. Furia se sabe artefacto y artificio, pero eso no significa que renuncie a decir la verdad. Con frecuencia confundimos las formas del cine y la TV costumbristas con su potencia narrativa. Lo que más se parece a la realidad no es necesariamente lo que mejor la cuenta. Furia, huyendo de la realidad, encuentra lo real. Cuando retrata entornos miserables, se cuida mucho de no fetichizar la pobreza recreándose en sus detalles. En cambio sí parodia, vulgarizándolo, lo que entendemos por riqueza, belleza o estilo. Ahí no hay intención documental, sino tesis de ficción.

La estética de Furia podrá gustar más o menos, pero desde luego es suya y de nadie más. A mí me gusta mucho. Porque aquí uno es fan de Bryan Fuller, de Noah Hawley y de cualquier creador televisivo que sepa hablar en términos de color, textura y brillo. También soy fan de las comedias oscuras, de las tragedias desternillantes y, en general, de la ficción que sabe que es ficción para funcionar así como complemento y comentario de la realidad. En su segunda temporada Furia plantea un juego de espejos extremo, explotando, literalmente, a la primera.

Furia nos presenta a un grupo de mujeres frustradas, cabreadas y hartas. Furiosas, vamos. Interpretadas por actrices de carismas salvajes, pierden el control de sus vidas intentando mantener el de la situación. Es, insisto, divertidísimo. Divertidísima una maternidad subrogada con visos de estafa, divertidísimo creer que eres una persona que no eres y divertidísimo que todo eso termine siendo una serie. Divertidísimo y, sobre todo, muy bueno como estrategia de guión. Es difícil conseguir que el espectador se identifique con las virtudes y los éxitos de personajes ficticios. Pero si consigues que lo haga con sus defectos, mezquindades y fracasos… ese espectador irá contigo al fin del mundo. Incluso si el mundo que le propones es la escenografía chirriante de un teatro de lo grotesco. Con las mejores estrellas, eso sí: Maura, Verdú, Torrent, Claudia Salas, Clara Sans, María León, Ana Mena, Alberto San Juan, Asier Etxerandia… En Furia todo está manufacturado. O, mejor dicho, todo está pensado, decidido, elegido. También convenientemente exagerado. «¡Me estás matando!», le grita Carmen Maura, enferma, a Cecilia Suárez. Y yo me meo de la risa.

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