Juan Luis Arsuaga, codirector del Equipo Investigador de Atapuerca, le aconsejó a Enrique Lanz, director de Títeres Etcétera, que visitase la galería del Hombre Bisonte, en la Cueva del Castillo, en Cantabria. Allí hay una estalagmita con una figura de 73 centímetros, tallada, grabada y pintada, que representa una persona cubierta con la piel y la cabeza de un bisonte. El coronamiento de dicha columna, levemente retocado por manos paleolíticas, se asemeja a una testa de bisonte con un cuerno formidable que, si lo iluminas frontalmente, proyecta la silueta del torso del animal sobre unas patas pintadas en la pared del fondo. “Al mover la luz, la sombra del rumiante avanza”. Todo ello lo cuenta Yanisbel Martínez, directora de producción de Títeres Etcétera, durante una visita guiada a la fantástica exposición De la caverna al cine, inaugurada la semana pasada en el segoviano Torreón de Lozoya, dentro del Festival Titirimundi. Abierta hasta el 24 de agosto, en ella puede rastrearse la historia del teatro de títeres, sombras y objetos desde la prehistoria hasta nuestros días.
Juan Luis Arsuaga, codirector del Equipo Investigador de Atapuerca, le aconsejó a Enrique Lanz, director de Títeres Etcétera, que visitase la galería del Hombre Bisonte, en la Cueva del Castillo, en Cantabria. Allí hay una estalagmita con una figura de 73 centímetros, tallada, grabada y pintada, que representa una persona cubierta con la piel y la cabeza de un bisonte. El coronamiento de dicha columna, levemente retocado por manos paleolíticas, se asemeja a una testa de bisonte con un cuerno formidable que, si lo iluminas frontalmente, proyecta la silueta del torso del animal sobre unas patas pintadas en la pared del fondo. “Al mover la luz, la sombra del rumiante avanza”. Todo ello lo cuenta Yanisbel Martínez, directora de producción de Títeres Etcétera, durante una visita guiada a la fantástica exposición De la caverna al cine, inaugurada la semana pasada en el segoviano Torreón de Lozoya, dentro del Festival Titirimundi. Abierta hasta el 24 de agosto, en ella puede rastrearse la historia del teatro de títeres, sombras y objetos desde la prehistoria hasta nuestros días. Seguir leyendo
Juan Luis Arsuaga, codirector del Equipo Investigador de Atapuerca, le aconsejó a Enrique Lanz, director de Títeres Etcétera, que visitase la galería del Hombre Bisonte, en la Cueva del Castillo, en Cantabria. Allí hay una estalagmita con una figura de 73 centímetros, tallada, grabada y pintada, que representa una persona cubierta con la piel y la cabeza de un bisonte. El coronamiento de dicha columna, levemente retocado por manos paleolíticas, se asemeja a una testa de bisonte con un cuerno formidable que, si lo iluminas frontalmente, proyecta la silueta del torso del animal sobre unas patas pintadas en la pared del fondo. “Al mover la luz, la sombra del rumiante avanza”. Todo ello lo cuenta Yanisbel Martínez, directora de producción de Títeres Etcétera, durante una visita guiada a la fantástica exposición De la caverna al cine, inaugurada la semana pasada en el segoviano Torreón de Lozoya, dentro del Festival Titirimundi. Abierta hasta el 24 de agosto, en ella puede rastrearse la historia del teatro de títeres, sombras y objetos desde la prehistoria hasta nuestros días.
Esta muestra de centenares de marionetas, títeres, máscaras y otras figuras recolectadas durante los viajes de la compañía granadina por medio mundo, proporciona una idea cabal sobre la riqueza, la pluralidad y el arraigo de un teatro telúrico y para adultos que solo en la Europa del romanticismo en adelante ha tendido a ser encasillada como un género para público infantil, como bien explica Martínez.
Con el acopio histórico y conceptual recogido en dicha exposición, Saeta, el excepcional espectáculo de Javier Aranda que cerró el domingo pasado la 40 edición de Titirimundi (hoy se representa en el Teatro Olimpia de Huesca, mañana en el Festival Mitjó de Sant Pere de Riudebitlles, la semana próxima en el Teatro de Barakaldo…) se enmarca mucho mejor. Sus prolegómenos, en un espacio escénico tan desordenado como los mostradores de prendas de vestir económicas de cualesquiera grandes almacenes al final del primer día de rebajas, resultan desconcertantes, arbitrarios y poco prometedores. En medio de ese revoltijo, el titiritero evoca la muerte de su padre, lo invoca y se pone a hablar con él, sin gran provecho para el público hasta que, ¡ale hop!, el progenitor se encarna en una marioneta cuya cabeza queda a la altura de la tripa del manipulador, que de súbito ha desaparecido de la vista. O eso es lo que parece, porque, en realidad, las piernas del muñeco son las de su creador, mientras que el busto y las espaldas de este quedan embutidos en un fardo negro enorme, que el muñeco carga pesadamente sobre sus espaldas. He aquí un ejemplo prístino de una máscara de vientre, como las que se ven en la exposición de Etcétera. Repentinamente, el espectáculo ha cobrado interés.
Es pura ironía, claro, que el padre de Aranda proclame que él hace teatro de verdad y su hijo teatro sin sustancia, durante un diálogo en el que el rostro del hijo y el sencillo truco de manipulación que utiliza quedan a la vista. Está ya el espectáculo cogiendo altura, cuando el demiurgo parece cansarse de su progenitor: lo abandona detrás de un baúl y hace salir de la nada una marioneta de tamaño humano, toda ella de papel y aire, ligera y volandera. “Je suis de papier (soy de papel)”, repite esta criatura, con voz atiplada. Parece una versión gigante de “Pepito, el muñeco que baila solo”, vendido por un simpático estafador callejero en el Madrid de los años setenta y movido con hilo invisible por un gancho suyo, camuflado entre un público escéptico. “Je suis performer”, declara insistentemente esta marioneta ingrávida, compuesta apenas por unas hojas plegadas y unos hilos, que se estira de manera tan inverosímil como El Hombre de Goma de Los 4 Fantásticos.
Feliz de conocerse, muy pagado de sí mismo, el performer autoproclamado halla un mechero en le bolsillo del titiritero, lo enciende y amenaza con pegarse fuego: “Je suis de papier, je suis performer”, insiste la creación por boca de su creador. Con estas palabras, invoca en el inconsciente del público determinadas acciones artísticas extremas de la serbia Marina Abramović, que en Ritmo 5 se tendió dentro de una estrella de petróleo de cinco puntas, a la que prendió fuego, y hubo de ser rescatada por un médico. Abramović es la artista más popular de una cofradía empeñada en poner en riesgo su autoestima, su salud y su propia vida. En ella, figura el bostoniano Chris Burden, quien en Shoot se hizo disparar en su brazo izquierdo, desde cinco metros de distancia. No murió de eso. Entre los jóvenes del club se cuenta el español Abel Azcona, que en Los nueve confinamientos quiso permanecer encerrado en una galería de arte en total oscuridad durante 60 días, casi sin comida, pero hubo de ser rescatado a las seis semanas, debido al quebranto de su salud. Caben en esta lista el alemán Uwe Laysiepen, que pactó con la Abramović besarse succionando el uno el aire del otro: en 17 minutos, se cayeron redondos; la francesa Orlan, sometida por voluntad propia a numerosas operaciones quirúrgicas arbitrarias y retransmitidas en vivo; o el portugués Francesc Oui, el epítome de todos ellos, que un día, decidido a darse a luz a sí mismo con cesárea, se hizo el hara kiri desde el ombligo hasta los genitales. Lo contó de milagro.
También la marioneta de nuestro cáustico Javier Aranda se libra por los pelos de un final trágico, pues en un instante se ve envuelta en llamaradas, con el teatro a oscuras y el público conteniendo el aliento. Hay apenas un breve momento sentimental entre el rescatado y su salvador, que de inmediato se cansa también de él y crea una figura nueva a partir de una mochila, de la que salen dos piernas. La palma de la mano de Aranda hace las veces de cabeza de la criatura, pero enseguida le pone una que tenía guardada, solo para sustituirla minutos después por la crisma de papel del muñeco suicida.
Saeta habla de la libertad con la que los títeres consiguen lo que para el actor es imposible: volar, prenderse fuego, perder un órgano sin quebranto para su salud, expresar lo inefable sin esfuerzo… Las marionetas pueden, incluso, convertirse en manipuladoras de otras marionetas, tal y como sucede aquí.
En el curso de la función estalla una controversia entre la criatura performática autoproclamada y la que representa al padre de Aranda, adalid de la obra bien hecha. “Yo hago teatro de verdad”, nos dice. “Mi teatro es social, documental, comunitario y de objetos”, le replica su contrapartida, enumerando géneros teatrales en boga gracias al empujón que reciben desde buena parte de las instituciones escénicas públicas europeas. El enfrentamiento de ambas marionetas (una de factura tradicional, que representa el pensamiento conservador, y la otra casi abstracta, que encarna lo tópico contemporáneo) muestra lo estéril y maniqueo de esta controversia, recurrente desde hace dos décadas. En el escenario debiera haber sitio para todos.
Hay en Saeta una capacidad de ideación y un vértigo en el uso de la marioneta que son equivalentes al desempeño virtuoso de Oriol Pla en esa comedia atlética radical que es Gula, gula, salvo que en la función de Aranda son los muñecos quienes corren riesgo físico, no el actor. Un humor próximo al sarcasmo lo atraviesa todo: “Esto no es teatro ni es nada”, dice el padre, siempre pertinaz. Al final, el público, todo él en pie, ovacionó al actor cuanto se merece y le obligó a seguir saliendo a saludar, cuando él ya no quería. En el coloquio posterior, al que se quedó más de medio aforo del abarrotado Teatro Juan Bravo, convertido en caverna mágica, Aranda contó cómo llegó a la marioneta, desde el teatro de actores. La elaboración de este espectáculo le ha llevado el tiempo que le quedó libre entre sus actuaciones, a lo largo de 5 años. El efecto de una inversión tan cuantiosa es palpable. Saeta obtuvo el premio Drac d’Or Julieta Agustí al mejor espectáculo y el premio Escorxador en la última edición de la Fira de Teatre de Titelles de Lleida.
Saeta
Texto, dirección e interpretación: Javier Aranda
Teatro Olimpia. Huesca. 22 de mayo
Festival Mitjó de St Pere de Riudebitlles (Barcelona). 29 de mayo
Teatro de Barakaldo (Bizkaia). 30 de mayo
Festival Imnaginaria. Binéfar (Huesca). 4 de junio
Festival Tast de Titelles. Sant Esteve de Palau Tordera (Barcelona) 5 de junio.
De la caverna al cine. Un viaje a través de los títeres
Torreón de Lozoya. Segovia. Hasta el 24 de agosto.
EL PAÍS
