Dos inventos que cambiaron la forma de manejar el dinero

En 1977 aparecieron por primera vez en EL PAÍS dos palabras unidas como un solo concepto: cajero automático. El titular de la información, Servicio bancario automatizado permanente, era toda una declaración de intenciones: se anunciaba la llegada a España de unos aparatos que, empotrados en la pared de bancos y cajas, rompían con horarios y hábitos hasta entonces casi sagrados, como el de esperar una larga cola para sacar dinero ante una ventanilla con la cartilla de ahorros en mano y siempre de lunes a viernes antes de las dos de la tarde, hora de cierre de las sucursales. De pronto, comenzaba lo que, poco después, sería una rutina: disponibilidad total para realizar casi cualquier operación financiera doméstica, las 24 horas de los 365 días del año. Algo de novedad bancaria sabían ya los españoles por entonces: desde 1971, las tarjetas comenzaron a desplazar a los fajos de billetes apretados en la cartera y a las monedas desperdigadas por el bolso.

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 En 1977 aparecieron por primera vez en EL PAÍS dos palabras unidas como un solo concepto: cajero automático. El titular de la información, Servicio bancario automatizado permanente, era toda una declaración de intenciones: se anunciaba la llegada a España de unos aparatos que, empotrados en la pared de bancos y cajas, rompían con horarios y hábitos hasta entonces casi sagrados, como el de esperar una larga cola para sacar dinero ante una ventanilla con la cartilla de ahorros en mano y siempre de lunes a viernes antes de las dos de la tarde, hora de cierre de las sucursales. De pronto, comenzaba lo que, poco después, sería una rutina: disponibilidad total para realizar casi cualquier operación financiera doméstica, las 24 horas de los 365 días del año. Algo de novedad bancaria sabían ya los españoles por entonces: desde 1971, las tarjetas comenzaron a desplazar a los fajos de billetes apretados en la cartera y a las monedas desperdigadas por el bolso. Seguir leyendo  

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En 1977 aparecieron por primera vez en EL PAÍS dos palabras unidas como un solo concepto: cajero automático. El titular de la información, Servicio bancario automatizado permanente, era toda una declaración de intenciones: se anunciaba la llegada a España de unos aparatos que, empotrados en la pared de bancos y cajas, rompían con horarios y hábitos hasta entonces casi sagrados, como el de esperar una larga cola para sacar dinero ante una ventanilla con la cartilla de ahorros en mano y siempre de lunes a viernes antes de las dos de la tarde, hora de cierre de las sucursales. De pronto, comenzaba lo que, poco después, sería una rutina: disponibilidad total para realizar casi cualquier operación financiera doméstica, las 24 horas de los 365 días del año. Algo de novedad bancaria sabían ya los españoles por entonces: desde 1971, las tarjetas comenzaron a desplazar a los fajos de billetes apretados en la cartera y a las monedas desperdigadas por el bolso.

El cambio fue progresivo, pero un par de datos permiten comprobar la transformación en casi 50 años: en 1977, según la noticia mencionada, había solo 27 cajeros en toda España; hoy, es uno de los países de la UE con mayor densidad y cantidad. Mientras, las tarjetas físicas comienzan a desaparecer por las que se guardan en los terminales móviles. Una evolución económica, de costumbres, pero también del consumo. En el caso de las entidades, el mayor cambio devino en la relación con sus clientes.

El presidente de CaixaBank, Tomás Muniesa, ha vivido la evolución a lo largo de 50 años en diferentes puestos dentro de la entidad. “La banca se ha integrado de forma natural en la vida de las personas, facilitándola”, asegura. CaixaBank, que incluyó sus primeros cajeros en 1979 y que hoy dispone de la mayor red en España, apostó por la tecnología para simplificar procesos. “Hoy, gestionar las finanzas es mucho más sencillo, rápido y accesible, lo que permite a las personas ahorrar tiempo, reducir preocupaciones y tomar decisiones con mayor seguridad”, describe.

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Cinco hitos que transformaron la forma de manejar el dinero

La publicidad, aliada de las tarjetas

La Tarjeta 6000 fue la primera, y se llamó así en referencia al número oficinas que tenían las cajas entonces, en 1973. Era novedosa, y la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA) inició una campaña publicitaria para animar a sus socios a adoptarla. CaixaBank respondió dándole la cobertura necesaria: envió 50.000 cartas a locales de Barcelona para anunciar la visita de un empleado que les presentaría este nuevo producto.

Un manual de instrucciones en prensa

La primera serie de cajeros automáticos permitirían la realización de todo tipo de operaciones: ingresos, reintegros, transferencias… Un artículo de EL PAÍS de 1977 informaba de los detalles, entonces desconocidos: para la utilización del cajero bastaba con la tarjeta de crédito del banco, las órdenes se hacían a través de un teclado y unos formularios y se prestaba sin ningún coste suplementario.

La lenta implantación

En 1978 el número de establecimientos adheridos a las tarjetas no era especialmente relevante: tan solo 110.000 en España. La Comisión de Organización, Automatización y Servicios (COAS), el grupo de trabajo clave de CECA que impulsaba el desarrollo tecnológico entre las cajas de ahorros españolas, empezaba a plantear algunas modificaciones de la tarjeta para homologarla de cara a su internacionalización.

Los cajeros se propagan

En 1977 había cuatro cajeros en Madrid, cinco en Bilbao, tres en Barcelona, dos en Valencia, Zaragoza, y uno en Málaga, Coruña, Las Palmas, Las Arenas, Oviedo, L’Hospitalet de Llobregat, Murcia, Sevilla, Palma, Valladolid y Vigo.

En 1982 se pusieron en servicio otros 800 cajeros, relata otra noticia del periódico. Tan solo un año después se instaló el primero con acceso a la libreta con banda magnética, y en 1986 ya se completó la sustitución de todos los cajeros que no tenían esta funcionalidad.

Una nueva relación con el cliente

Con el tiempo, las máquinas pasaron de ser simples dispensadores de efectivo a convertirse en canales estratégicos de relación con el cliente. Se integraron en su modelo de banca digital e incorporaron consultas como el saldo disponible, transferencias, pagos de recibos, recargas y donaciones.

Entre sus novedades, CaixaBank introdujo cajeros capaces de ingresar efectivo y cheques. También desplegó la plataforma ATMNow (que unifica la experiencia del cajero con la app y la web), la operativa sin tarjeta y el contactless.

El asunto de la “orientación al cliente” no fue fácil desde el principio. Para Muniesa, la innovación no se impone, se acompaña. Había que sembrar la confianza suficiente en la evolución de los métodos de pago y la gestión de las operaciones bancarias; las entidades debían conseguir que las máquinas y tarjetas no resultaran hostiles. Los usuarios tuvieron que, primero, aprender a encomendarse a las instituciones financieras para guardar su dinero, como afirma Joan Carles Maixé‑Altés en su texto 60 años de informatización y crecimiento, 19502011 para “la Caixa”. La banca se amoldó a los sistemas internacionales, pero era fundamental encajar con sus propios clientes.

Hubo asombro ante la celeridad de esas novedades. Generaban confusión incluso años después, como queda recogido en una noticia de hace 30 años de EL PAÍS, en la que una usuaria se quejaba de la manera en la que los cajeros alertaban cuando el usuario dudaba más de la cuenta en introducir su número de identificación personal, el famoso PIN: “Tardé un poco en teclear, y enseguida apareció esa voz”, explicaba esta mujer. “Me llevé un susto tremendo, porque no te imaginas que alguien pueda amenazarte con avisar a la policía si te retrasas un poco en sacar dinero con tu tarjeta…”.

Un avance rápido hacia el euro

Las tarjetas y los cajeros automáticos transformaron la manera de entender el dinero, pero a España llegaron algo tarde. Sin industria manufacturera propia, la instalación de los primeros cajeros se produjo con unos 15 años de retraso respecto a Europa. Hasta entonces, la economía española se basaba enteramente en el efectivo. El ahorro era físico, se empleaban libretas, los bancos eran espacios protocolarios y jerárquicos. En 1977 una noticia de EL PAÍS desvelaba que España también era uno de los países europeos con mayor demora de desarrollo de la tarjeta de crédito como fórmula de pago. Anunciaba que introducirla podía significar “un cambio en la forma de consumo” (como así fue).

Muy pronto los bancos y cajas españolas recuperaron el tiempo perdido respecto a Europa, gracias a las infraestructuras desarrolladas previamente y a su estrategia colaborativa en el seno la Confederación Española de Cajas de Ahorro (CECA). A principios de los 90 el sistema bancario español lideraba el mercado mundial en densidad de cajeros y terminales punto de venta por habitante. Hubo que agilizar la preparación del personal necesario en el sistema, poner en marcha de los nuevos sistemas operativos y las nuevas técnicas de programación interactiva.

Pero estas máquinas cobraron gran protagonismo con la introducción del euro. Se convirtieron en los preferidos por los consumidores para conseguir dinero en metálico. El 70% del efectivo se extraía de esa forma, en un país en el que apenas el 10% de las compras se pagaba con tarjeta de crédito o débito. Aun así, contaba con una de las redes de cajeros más pobladas de la Unión Europea por entonces (con unas 45.000 unidades).

Más de 100 años de estímulo al ahorro y la previsión

De la primera sucursal en Igualada…

La primera sucursal de lo que es hoy CaixaBank se inauguró en 1909 en Igualada (Barcelona). La entidad bancaria, fundada cinco años antes por el abogado catalán Francesc Moragas Barret, se conocía como CPVA (Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorros de Cataluña y Baleares). Se ideó para ofrecer seguros de jubilación y fomentar el ahorro. Con un sistema accesible para las clases trabajadoras, se convertiría en uno de los precursores de la previsión social, gran pilar del Estado del Bienestar.

…a llegar a todos los rincones de España

CaixaBank dispone de más de 4.200 oficinas en España y las localidades con menos de 10.000 habitantes suman el 43% de su red (en 460 de ellas son el único banco con sucursal). Incluso se desplazan. Sus 32 oficinas móviles llegan a más de 1.400 poblaciones en riesgo de exclusión financiera y recorren 75.000 kilómetros al mes para acercar a más de 635.000 personas los servicios de oficinas y cajeros de CaixaBank. Todo ello, sin dejar de lado la evolución tecnológica: con 34,5 millones de tarjetas, es la entidad con el mayor número en España. Aun así, las tarjetas digitales para pagar vía móvil han ganado terreno: se usan en más del 40% de las compras.

El consentimiento del marido

Las tarjetas también han tenido su devenir propio. De hecho, hasta que se fusionaron en 2018, existían tres plataformas de gestión de pago con ellas. Servired, 4B, y Euro 6000. CaixaBank comenzó a operar con la Tarjeta 6000 siendo aún “la Caixa”, y le permitía hacer operaciones y sacar dinero en una red de cajeros gestionada, inicialmente, por la CECA. En sus inicios, cuando el cliente hacía una compra con esta tarjeta, el comerciante recibía un cheque garantizado por la CECA, que podía cobrar como efectivo en oficinas de las cajas de ahorro. No obstante, la implantación de la tarjeta entre las cajas y, especialmente, entre sus clientes, fue progresiva.

Aun así, la operatividad de las tarjetas no ha estado al alcance de todos en estos 50 años, y no solo por razones económicas o de ahorro. Aunque hoy parezca increíble, en 1983, una carta al director de una mujer daba cuenta de que, al solicitar los impresos para obtener una tarjeta de crédito Visa, descubrió una casilla en la que se le solicitaba, en caso de estar casada, la firma del marido. Respondió, sarcástica, que había estado atareada buscando la fórmula-consentimiento de la esposa. Así se quejaba en aquella carta: “Madrid, 1983. Gobierno socialista, sistema democrático reconocido por los demás países y una de las constituciones más recientes y modernas del mundo, donde se lee que todos los españoles tienen los mismos derechos y que no habrá discriminación de sexos…”.

Los cajeros automáticos, instrumentos de inclusión

El avance tecnológico ha ido en paralelo, en ocasiones, al inclusivo. Hoy, el avance tecnológico de CaixaBank se dirige, además, hacia la inclusión. Todos sus cajeros están adaptados para personas con discapacidad visual, auditiva y motora. Cumplen criterios de accesibilidad universal y normativa europea. Incorporan teclados en braille, guía por voz mediante auriculares, menús de alto contraste y con posibilidad de ampliar el tamaño de la letra; vídeos de ayuda en lengua de signos y opciones específicas de navegación reducida y táctil. Facilitan el uso a personas con dificultades cognitivas y a clientes sénior. Les otorga autonomía.

Hoy, esas tarjetas son ya una realidad digital: solo con acercar el móvil a un datáfono se desencadenan engranajes tecnológicos invisibles. La autenticación verifica la identidad del titular mediante un PIN; la autorización comprueba que la tarjeta está operativa, que hay fondos disponibles y que la operación no presenta indicios de fraude… La innovación puede resultar silenciosa pero, según el presidente de CaixaBank, supone un “impacto real en el bienestar de las personas”. En apenas un instante, en cualquier parte del mundo, se produce una conexión de emisores, adquirentes y procesadores en tiempo real. En ese proceso tan ágil, digitales o físicas, las tarjetas siguen siendo, junto a los cajeros automáticos, una columna vertebral: mantienen en marcha y a punto la vida económica.

La historia de un logo que es arte

La estrella azul inclinada del logotipo de CaixaBank es rápidamente reconocible. Pero hubo una época en la que la entidad llegó a utilizar diferentes al mismo tiempo, en un caos de símbolos e identificaciones. En 1980, la entonces caja buscaba una identidad gráfica contemporánea, adaptada al inicio de la democracia y que, a la vez, transmitiera los valores culturales y sociales que siempre han definido a la entidad. Para ello, recurrió al simbólico mundo artístico de Joan Miró.

El pintor, en vez de un simple logo, optó por crear un tapiz junto al artista textil Josep Royo. Conocido como la Estrella de Miró, mide 5 metros de largo por 2 de alto y se expone en la entrada del edificio corporativo de CaixaBank en Barcelona. En ese tapiz aparecía la estrella azul y los dos puntos que acabaron por convertirse en el famoso logo de la entidad.

 EL PAÍS

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