De momento, María José

Siento que acabo de alcanzar la mayoría de edad como columnista: esta semana este periódico recibió una extensa y muy bien formulada queja en relación a uno de mis textos recientes. En 24 mentiras por segundo enumeré algunos ejemplos de percepciones comunes que parecen nacer de la experiencia compartida, pero en realidad tienen su origen en la ficción. La última de todas señalaba el arquetipo del mentor, los Merlin, Gandalf, Obi Wan-Kenobi y demás, una figura que los relatos parecen obligados a representar como el personaje de más edad del reparto, como si la diferencia de edad fuese imprescindible a la hora de impartir sabiduría. El fragmento más agresivo de todos, el que me ha puesto en un brete, es este: «Todos sabemos que a partir de los 50 tendemos a ser menos curiosos y flexibles. Nos atascamos intelectualmente y sustituimos la reflexión por las emociones, volviéndonos más difíciles de convencer y más fáciles de manipular».

 Si uno es afortunado acaba dándose cuenta de que la inteligencia y sensibilidad cinceladas en nuestra juventud necesitan ser ejercitadas y puestas a prueba con regularidad o se atrofian  

Siento que acabo de alcanzar la mayoría de edad como columnista: esta semana este periódico recibió una extensa y muy bien formulada queja en relación a uno de mis textos recientes. En 24 mentiras por segundo enumeré algunos ejemplos de percepciones comunes que parecen nacer de la experiencia compartida, pero en realidad tienen su origen en la ficción. La última de todas señalaba el arquetipo del mentor, los Merlin, Gandalf, Obi Wan-Kenobi y demás, una figura que los relatos parecen obligados a representar como el personaje de más edad del reparto, como si la diferencia de edad fuese imprescindible a la hora de impartir sabiduría. El fragmento más agresivo de todos, el que me ha puesto en un brete, es este: «Todos sabemos que a partir de los 50 tendemos a ser menos curiosos y flexibles. Nos atascamos intelectualmente y sustituimos la reflexión por las emociones, volviéndonos más difíciles de convencer y más fáciles de manipular».

La carta de María José P. O. me acusa de hacer «una apología a favor del edadismo que resulta ofensiva y preocupante» y no encuentro una manera convincente de defenderme. De hecho creo que se me puede acusar de algo más grave, haber instrumentalizado esta columna como pieza de un conjuro privado, expresando en público algo que en realidad estoy recitando frente al espejo. Sí, mis 50 están a la vuelta de la esquina y esta es mi forma de mantenerme alerta. Subrayando en el mapa las trampas que ya me acechan. También poniendo en bandeja los tomates que mereceré que me tiren a la cara si en un futuro caigo en los mismos errores que señalo ahora. Tomates contundentes como el que me llevo hoy.

«La tendencia al rechazo al aprendizaje y la falta de flexibilidad mental no tienen una edad fija», dice María José con razón. Aunque sigo preguntándome por qué para la ficción no es así. Y por qué cuando un producto se define como educativo asumimos que se dirige exclusivamente a un público infantil o juvenil. En el momento en que entramos en el mercado laboral la presión por descubrir qué somos y para qué servimos desaparece hasta de nuestro vocabulario. Si uno es afortunado acaba dándose cuenta de que la inteligencia y sensibilidad cinceladas en nuestra juventud necesitan ser ejercitadas y puestas a prueba con regularidad o se atrofian. Un desaprendizaje que es como el mal aliento, somos los últimos en enterarnos de que lo sufrimos. Por si fuera poco, las redes sociales y los buffets algorítmicos de actualidad y entretenimiento multiplican el riesgo de hacernos más inertes y vulnerables con los años. Más predecibles, aburridos, intolerantes e incapaces de recibir ninguna lección. Con todo esto, por coherencia, pido disculpas por mi forma de expresarme y te doy las gracias, María José.

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