Si cada niño cuyo padre asegura que su hijo «tiene altas capacidades» de verdad las tuviera, serían más inteligentes que la media el 70% de los chavales lo cual es, como incluso alguien con bajas capacidades entenderá, matemáticamente imposible. No hay más niños listos, hay más padres flipados. Mi infierno sería un patio de colegio plagado de adultos buscando validación a través de sus hijos. Varios de ellos, con patinete. O, lo que es lo mismo, cualquier patio de colegio.
Si las tuviera cada niño cuyo padre lo afirma, serían más inteligentes que la media el 70% de los chavales lo cual es, como incluso alguien con bajas capacidades entenderá, imposible
Si cada niño cuyo padre asegura que su hijo «tiene altas capacidades» de verdad las tuviera, serían más inteligentes que la media el 70% de los chavales lo cual es, como incluso alguien con bajas capacidades entenderá, matemáticamente imposible. No hay más niños listos, hay más padres flipados. Mi infierno sería un patio de colegio plagado de adultos buscando validación a través de sus hijos. Varios de ellos, con patinete. O, lo que es lo mismo, cualquier patio de colegio.
No, si tu hijo se ata los zapatos con soltura, no tiene altas capacidades. Si le ha dicho algo muy gracioso al vecino, tampoco. Ni si se ha leído Harry Potter un poco más rápido que su amigo o ha hecho un dibujo de un pato que, si guiñas mucho los ojos, casi parece un pato. Y, por supuesto, no tiene altas capacidades porque quiera ser médico o astronauta en vez de futbolista o paseador de perros. Tu hijo sólo es un niño feliz y con la vida entera sin escribir por delante. Como el resto.
Y no hay nada mejor, pero a muchos padres actuales no les basta. Tienen a los niños para presumir como hace 10 años fardaban de coche mientras los demás pensábamos que hay que ser tolai o coleccionar complejos para gastarse el dinero en un BMW pudiendo tener cualquier otro, llegar a los mismos sitios y salir a cenar sin racanear al pedir raciones. Ponen a los hijos a competir como si fueran galgos y no hay frase que se repita más: «El mío tiene altas capacidades». Se les hincha el pecho, como si fuera mérito suyo. Si les quedara dinero tras lo del BMW, imprimirían camisetas.
Hace poco, mi hijo Javi acabó rápido un examen, sus compañeros lo contaron y me vi sometido a un consejo de guerra antes de extraescolares: «Tienes que hacerle las pruebas». ¿Para qué? Déjenme al niño en paz. No necesito un certificado de listo, para eso están las notas. Además, si fuera tan inteligente, habría aprendido a echar la ropa sucia al cubo, el pequeño delincuente.
Empieza a pasar con las altas capacidades como con los problemas de salud mental: todo el mundo quiere el suyo. Y si además eres famoso, ir a contarlo a la tele y escribir un libro equiparando una mala racha con una depresión severa o una resaca larga con una adicción propiciada por traumas reales. Yo, yo, yo… La frivolización es repugnante y perjudica, como siempre, a quienes de verdad responden a la etiqueta y requieren de esa diferenciación para ajustar su vida a un hecho. No a un sueño aspiracional o una pose.
Me descubro cada vez más cerca de saltar: «Sinceramente, no sé si tu hijo será muy inteligente, pero puedo afirmar sin género de dudas que tú eres gilipollas». Pero no lo hago porque sé que algún día necesitaré que recojan a Javi. Soy listo. Tal vez tenga altas capacidades.
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