Hace ya algunos años, Joaquín Núñez del Cuvillo, fundador de la ganadería que se ha lidiado esta tarde, dijo en una entrevista que pretendía criar toros para que disfrutaran los toreros. Uno de ellos ha salido hoy al ruedo de la plaza venteña: Ganador de nombre, colorado, número 80, de 552 kilos de peso. Bonito de cara, pero de hechuras impropias de este coso, como todos sus hermanos, que empujó en el primer envite con el caballo y se repuchó en el segundo; su comportamiento fue muy desigual en banderillas, pero se vino arriba en el tercio, y demostró que encerraba una calidad, una clase, un ritmo y la bondad propias de los animales criados con biberón y educados para el triunfo de otros.
El diestro extremeño le cortó dos generosas orejas a un toro de Núñez de Cuvillo de clase exquisita en la muleta al que se le concedió la vuelta al ruedo
Hace ya algunos años, Joaquín Núñez del Cuvillo, fundador de la ganadería que se ha lidiado esta tarde, dijo en una entrevista que pretendía criar toros para que disfrutaran los toreros. Uno de ellos ha salido hoy al ruedo de la plaza venteña: Ganador de nombre, colorado, número 80, de 552 kilos de peso. Bonito de cara, pero de hechuras impropias de este coso, como todos sus hermanos, que empujó en el primer envite con el caballo y se repuchó en el segundo; su comportamiento fue muy desigual en banderillas, pero se vino arriba en el tercio, y demostró que encerraba una calidad, una clase, un ritmo y la bondad propias de los animales criados con biberón y educados para el triunfo de otros.
Un toro de carril, un toro bandito, de embestida dulce como el almíbar, con el que se encontró un Alejandro Talavante, maduro y curtido, y lo aprovechó desde el primer muletazo hasta el final. Tanto es así que le cortó las dos orejas y salió a hombros por la Puerta Grande, la séptima en su ya larga carrera de 20 años como matador de toros.
Estuvo bien, claro. Cómo no iba a estarlo con un toro alegre, benévolo, con prontitud y fijeza en sus repetidas embestidas. Espectacular el inicio de faena: dos ayudados por alto, otro del desdén, un pase de la firma, una trincherilla y ligados todos con un largo pase de pecho. A esas alturas, el toro ya se había mostrado como un más que amistoso colaborador.
Y lo que siguió fue un vendaval de bonitos muletazos; una primera tanda con la mano derecha, cerrada con un natural casi circular a cámara superlenta; otra siguiente del mismo tenor y con un final similar; tres tandas más con la zurda en las que brotaron la largura de los muletazos, la clase del toro y la estética del matador. Aún hubo una tanda final con la derecha antes de cobrar una estocada algo caída.
Al toro se le dio una generosa vuelta al ruedo y las dos orejas del mismo tenor paseó Talavante por el ruedo de Las Ventas.
Había brotado la estética, por momentos en grado sumo, pero no apareció por ningún lado la emoción del toro bravo, fiero y encastado. Talavante disfrutó como si estuviera en el patio de su casa, y salió a hombros en la primera corrida de feria, como ya sucediera con este torero el año pasado en el festejo que abrió el ciclo isidril. Y disfrutaron los tendidos, que parecía que no habían ido nunca a un tentadero.
Así se vino arriba el festejo que había comenzado regular; primero, por la deficiente presentación de los toros, astifinos, pero sin la estampa propia de la categoría de esta plaza, y, después, porque Tristán Barroso, que confirmó la alternativa, no acabó de calentar el ambiente con un primer toro bravo en el caballo, que embistió con fijeza y humillación en los primeros compases de la faena de muleta antes de que evidenciara su falta de vida. Tiene buenas maneras Barroso, demostró elegantes y finas maneras con la muleta en la mano izquierda, pero no entusiasmó como se esperaba, si bien su oponente se apagó antes de lo previsto.
Ante el sexto, después del triunfo de Talavante -quien no puso mucho empeño con el molesto animal que le tocó en primer lugar-, el confirmante salió enrabietado; se lució con las banderillas Mathieu Guillon, y Barroso se plantó de rodillas en los medios para recibir al toro con dos pases cambiados por la espada que le costaron una voltereta sin consecuencias, pero dejó claro que tiene arrojo. Lo intentó con decidida entrega, incluso dibujó algunos naturales de categoría, pero la faena resultó embarullada, quizá por la escasa clase de su oponente, y falló con la espada.
Y estuvo por allí Juan Ortega. Nada pudo hacer ante su primero, sin fuelle en las entrañas y que llegó a desplomarse en plena faena, pero se le vio muy por debajo del encastado quinto, noble, y con ciertas dosis de fiereza. No era un toro de carril, ciertamente, y exigía un mando que Ortega no le ofreció. En fin, que la tarea acabó deshilachada, muy desigual y con mal sabor de boca.
El que estará contento será Talavante; por su séptima Puerta Grande y por el almíbar que derramó en su embestida el toro Ganador.
Núñez del Cuvillo / Talavante, Ortega, Barroso
Toros de Núñez del Cuvillo, muy justos de presencia; primero, bravo en el caballo y escasa vida en la muleta; al segundo, desigual y molesto; al tercero no lo picaron y se desplomó en el tercio final; manso el cuarto en varas, vulgar en banderillas y de exquisita clase y bondad en la muleta (se le concedió el honor de la vuelta al ruedo). Encastado y codicioso el quinto tras mansear en varas; manso el sexto y dificultoso en la muleta.
Alejandro Talavante: estocada atravesada (silencio) -aviso- estocada algo caída (dos orejas). Salió a hombros por la Puerta Grande.
Juan Ortega: tres pinchazos y estocada (silencio); pinchazo y estocada -aviso- (silencio).
Tristán Barroso, que confirmó la alternativa: -aviso- pinchazo, estocada perpendicular y baja -segundo aviso- y cuatro descabellos (silencio); dos pinchazos y estocada (silencio).
Plaza de toros de Las Ventas. 8 de mayo. Primer festejo de la Feria de San Isidro. Lleno de no hay billetes (22.964 espectadores, según la empresa).
EL PAÍS
