Oriol Genís, actor: “Tengo fama de desnudarme muy fácilmente”

Estamos en una mesa del Aula 13, que era el nombre oficioso del baqueteado bar Masía, al lado del antiguo Institut del Teatre de Barcelona donde Oriol Genís estudiaba interpretación en 1977, y el actor se emociona y rompe a llorar. Ha recordado cuando consiguió pasar las difíciles pruebas de acceso a esa escuela oficial de arte dramático: llamó orgulloso a su padre para decírselo y este, que quería que su hijo fuera abogado, le contestó “vale”, y le colgó. Genís (Badalona, 76 años desde el pasado día 2) ha tenido muchos sinsabores en una esforzada carrera artística de 120 espectáculos que ha progresado lentamente a base de grandes dosis de disciplina y perseverancia (y talento), y que toca ahora cielo al hacer papeles de los que dejan huella, rifárselo teatros y directores y dedicarle un ciclo la Sala Beckett.

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 El intérprete catalán, paradigma del actor de carácter, alcanza a los 76 años la excelencia teatral y el estrellato tras toda una carrera de disciplina y perseverancia  

Estamos en una mesa del Aula 13, que era el nombre oficioso del baqueteado bar Masía, al lado del antiguo Institut del Teatre de Barcelona donde Oriol Genís estudiaba interpretación en 1977, y el actor se emociona y rompe a llorar. Ha recordado cuando consiguió pasar las difíciles pruebas de acceso a esa escuela oficial de arte dramático: llamó orgulloso a su padre para decírselo y este, que quería que su hijo fuera abogado, le contestó “vale”, y le colgó. Genís (Badalona, 76 años desde el pasado día 2) ha tenido muchos sinsabores en una esforzada carrera artística de 120 espectáculos que ha progresado lentamente a base de grandes dosis de disciplina y perseverancia (y talento), y que toca ahora cielo al hacer papeles de los que dejan huella, rifárselo teatros y directores y dedicarle un ciclo la Sala Beckett.

Pregunta. Un momento dulce.

Respuesta. No me’n sé avenir, no salgo de mi asombro. Mi mujer me dice que ya me tocaba.

P. Durante años se lo ha currado y ha sido un secundario de lujo.

R. Lo que se denomina un actor de carácter. He avanzado muy despacio, soy una persona muy complicada e insegura, tímido y problematizado. Sin tradición familiar artística excepto el que mi madre, modista, hizo teatro de aficionados. Me costó mucho meterme en la profesión, me paralizaban el miedo y la inseguridad.

P. Pues como para subirse a un escenario.

R. En el Institut del Teatre descubrí que era feliz con las tablas. Fue una eclosión, un renacimiento. Pero me ha requerido todo un proceso, con avances y retrocesos. Me he equivocado muchas veces, ¡dije que no a Cómeme el coco, negro, de La Cubana! Me han menospreciado y no se han fiado de mí a veces. En fin, la vida te educa con éxitos y fracasos.

P. Xavier Albertí, un poco su Pigmalion, con el que ha hecho 20 espectáculos, le hizo encarnar al Néstor de Troilo y Cresida vestido de Guardia Civil con tutú.

R. Una de mis virtudes es que no digo que no a nada y me mojo en todo. Soy muy versátil. Canto, bailo, recito, he hecho cabaré, teatro de calle y de pista…

P. Y cosas muy dramáticas, Shakespeare, Chéjov, Tenneessee Williams, Lorca, Brecht, Genet… En Vespres de la Beata Verge interpretaba a un padre ante el cuerpo de su hijo suicida —un hijo incomprendido, precisamente—, a la espera de la autopsia; brutal.

R. Me sentí muy identificado con esa obra, fue un punto de inflexión. Al principio me saltaban las lágrimas, pero el director, Jordi Prat i Coll, me dijo: “No quiero que llores”.

P. En el escenario le han pasado cosas de aquellas que dan terror.

R. En el monólogo Compto cada passa meva sobre la terra, que tuve el privilegio de que Lluïssa Cunillé escribiera pensando en mí, una función no pude seguir; faltaban 15 minutos para acabar y me resultó imposible, se lo dije a los espectadores y me fui. Aplaudieron. Ahora que hago Factory, de Àlex Rigola, el otro día una mujer se me acercó y me dijo: “Estuve aquel día que no pudiste seguir, soy enfermera, si necesitas algo…”.

P. Otra vez unos fachas interrumpieron la representación con usted en el escenario.

R. Hacíamos en el Teatre Nacional de Catalunya Gang Bang, una obra hoy muy actual en la que una torre de la Sagrada Familia se desplomaba sobre un antro de sadomaso gay durante una visita del Papa. Dos tipos indignados subieron al escenario gritando “¡viva Cristo Rey!” y uno esgrimió un taburete como arma.

P. Le vi, estuvo usted sensacional, ni se inmutó y les espetó: “Eso sí que es teatro”; hacía falta valor y más como iba, medio en pelotas, solo con un suspensorio y un arnés de cuero.

R. No fue nada del otro mundo.

P. Hombre, ir así no favorece el heroísmo a no ser que uno encarne a Leónidas.

R. Tengo fama de desnudarme muy fácilmente. La imagen de Compto cada passa meva sobre la terra es un retrato mío con la bata de hospital abierta por detrás enseñando el culo. La verdad es que no me importa. Me gusta ir al límite en el registro actoral, y transgredir. Es un tributo a mi timidez. Y parte de mi concepto de la interpretación: no pongo pegas a nada, me dejo hacer de todo, los actores estamos para que nos dirijan. No he entendido nunca a los que se niegan a hacer cosas. Eso de “mi personaje no lo haría” no lo suscribo.

P. Su hija Júlia es también actriz, y muy buena.

R. Sí, por vocación, estoy muy contento de que lo sea; hemos trabajado ya juntos y lo haremos en el ciclo que me dedica la Beckett

P. Ahora que es ya una estrella, ¿qué personaje le gustaría hacer?

R. Macbeth, pero igual me pilla muy mayor. Siempre me queda el rey Lear… De momento voy a hacer el año que viene de Von Aschenbach en una versión intimista de La muerte en Venecia.

P. Aquí estamos medio siglo después en el Aula 13, como si hiciéramos tiempo para volver a clase de pantomima; afortunadamente no llevamos mallas, con este calor.

R. A ninguno de los dos nos quedaban muy bien ya entonces.

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