Miles Davis y John Coltrane marcan el jazz del verano

Es difícil saber cuántas veces han sonado Miles Davis o John Coltrane a lo largo de las 61 ediciones del Festival de Jazz de San Sebastián, pero a través de sus composiciones, y no digamos de su influencia, podemos conjeturar sin pudor que en todas ellas. En lo que se refiere a presencia, en carne y hueso, Coltrane no pudo llegar a tocar en el festival (murió antes de su segunda edición, en 1967), aunque Davis lo hizo hasta en tres ocasiones a lo largo de los 80. Este año, al calor del centenario del nacimiento de ambos músicos, el festival, que se desarrolló del 22 al 26 de julio, acogió varios proyectos únicos que están girando profusamente por Europa y EE UU para celebrar la efeméride.

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 El centenario del nacimiento de ambos iconos ha definido la programación del Festival Jazz de San Sebastián, con muy diferentes homenajes liderados por Marcus Miller, Antonio Lizana y Erik Trufazz, Charles Tolliver y Azar Lawrence  

Es difícil saber cuántas veces han sonado Miles Davis o John Coltrane a lo largo de las 61 ediciones del Festival de Jazz de San Sebastián, pero a través de sus composiciones, y no digamos de su influencia, podemos conjeturar sin pudor que en todas ellas. En lo que se refiere a presencia, en carne y hueso, Coltrane no pudo llegar a tocar en el festival (murió antes de su segunda edición, en 1967), aunque Davis lo hizo hasta en tres ocasiones a lo largo de los 80. Este año, al calor del centenario del nacimiento de ambos músicos, el festival, que se desarrolló del 22 al 26 de julio, acogió varios proyectos únicos que están girando profusamente por Europa y EE UU para celebrar la efeméride.

Los dos dedicados a Miles Davis eran los que más expectativas levantaban. Ambos estaban centrados en un disco y momento concretos de su ecléctica carrera: de forma más revisionista el grupo We Want Miles !, liderado por el bajista Marcus Miller para evocar aquel popular álbum de 1982; y con un talante más derivativo, uno en el que el saxofonista y cantante Antonio Lizana y el trompetista Erik Trufazz se apoyan en el mítico álbum Sketches Of Spain para homenajear a Davis desde otro lugar que no es el de la música del trompetista.

Lo mejor que podemos decir de este New Sketches of Spain de Lizana y Trufazz es que al menos hace lo único que el trompetista aceptaría conceptualmente: crear algo completamente diferente, en casi todos los aspectos, a la obra original. Las referencias al álbum eran esencialmente motivos, que Lizana y los suyos se llevaron a su terreno, para deleite del público, mientras Trufazz intentaba encajar aquí y allá. La música de Lizana necesita pasión y duende, dos cosas que al suizo, a pesar de sus muchas virtudes, no le salen.

El proyecto de Marcus Miller, contrariamente, sustenta su legitimidad replicando al 67% (cuatro de seis) la formación de Davis con la que tocó a principios de los años 80. Sobre el escenario estaban todos los músicos vivos que tocaron en el álbum We Want Miles: el saxofonista Bill Evans, el guitarrista Mike Stern, el percusionista Mino Cinelu y el propio Miller. En el lugar del baterista Al Foster, el estupendo Anwar Marshall; y con la difícil tarea de cubrir el puesto de Davis, Russell Gunn, cuya presencia es seguramente lo más interesante del invento: asume el rol con el equilibrio perfecto entre respeto y la personalidad propia que hubiese requerido el maestro.

En ese sentido, aunque el concepto del supergrupo de Miller es estupendo sobre el papel, en realidad pervierte todo lo que representaba Miles Davis y su música. Lo ilustra bien el comentario de un famosísimo músico que tocó asiduamente con Davis en los 80 cuando a la pregunta de su representante sobre si no querría participar este año en un proyecto para homenajear a Davis en esta misma línea. Lo rechazó taxativamente sentenciando: “Si Miles se enterase, saldría de su tumba y nos molería a hostias”.

Más allá de estas cuestiones, lo cierto es que ha pasado mucho tiempo desde 1981 y Miller, Stern, Evans y Cinelu están en otro momento creativo. El concierto que proponen carece de la frescura de la música que pretenden revivir; todo suena forzado, estéril, apelando a lo espectacular, pero sin nervio. El repertorio, que toca poco el del disco original, está enfocado a la comodidad de Miller, hasta incurrir en verdaderas aberraciones como las lecturas de In A Silent Wayy Bitches Brew, que lejos de honrar la música y el espíritu de Davis, la esquilman inclementemente para crear algo banal y ordinario. Miller y los suyos vienen a hablar de su libro, por mucho que pongan a Miles Davis en la portada.

Esa misma noche se abrió el programa en la Plaza de la Trinidad con algo completamente diferente que, a pesar de una premisa que se antojaba compleja, resultó muy satisfactorio. El legendario Charles Tolliver lideró uno de los homenajes a John Coltrane del festival, presentando una relectura del clásico álbum del saxofonista Africa/Brass. Una elección sorprendente: no es su disco más popular y sí uno de los que más desafíos supone, al apoyarse sobre una particular orquesta de metales que en Donostia interpretó magníficamente la Musikene Big Band, bajo la dirección de Tolliver.

En este caso lo que se escuchó fue una pura recreación de ese marco musical, y con la honestidad de la propuesta y unos excelentes músicos centrados en el éxito del conjunto, el resultado fue estupendo. La joven saxofonista Camille Thurman improvisó con fiereza, humildad y personalidad donde en su momento lo hizo Coltrane; el soberbio pianista italiano Antonio Faraò hizo lo propio con McCoy Tyner, y todo sonó vibrante y genuino, sintetizando inmejorablemente la música del saxofonista. Desde la literalidad, pero sin mimetismo.

Parecida fórmula siguió Azar Lawrence, un músico poco reconocido pero con gran pedigrí: en los años 70 tocó asiduamente con figuras como McCoy Tyner, Woody Shaw o Elvin Jones —e incluso con el propio Miles Davis en su álbum Dark Magus—, y desde entonces, poseedor de un lenguaje sólido y auténtico formado en aquella época, ha sido uno de los principales emisarios del jazz que acuñó Coltrane en los años 60.

El homenaje que presentó en el Jazzaldia aludía precisamente a la era Impulse! en la que Coltrane grabó obras maestras como A Love Supreme, que Lawrence interpretó con solvencia y credibilidad en directo. Con el apoyo de Benito Gonzalez, heredero directo de Tyner, el baterista Brandon Lee Lewis y el mítico contrabajista Essiet Essiet, Lawrence descerrajó un set intenso y profundamente arraigado en aquel jazz: sin sorpresas pero también sin concesiones, canalizando esa música con respeto, y sin caer en la tentación de convertirla en un producto ultraprocesado.

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