Martín Rodrigo Alharilla, historiador: “Las familias catalanas esclavistas que se conocen son solo la punta del iceberg”

Martín Rodrigo Alharilla, profesor de la Pompeu Fabra, delante del Palau Marc, en Las Ramblas de Barcelona.

“Mira, esos dos edificios eran de negreros”, indica a vuelapluma el historiador Martín Rodrigo Alharilla (57 años, Sabadell) mientras pasea por la zona del puerto de Barcelona. Prosigue la ruta por la Rambla y señala un bajorrelieve en el que se aprecian cadenas, sogas, cañas de azúcar y una chimenea. El edificio que lo luce en el frontispicio es la sede del Departamento de Cultura de la Generalitat. “Se construyó a finales del siglo XVIII y después lo compró Tomás Ribalta i Serra, un indiano (español emigrado a América) con negocios en Cuba y que probablemente tenía una factoría negrera en la actual Nigeria. Un hombre tremendamente rico que aquí se dedicó a vivir de rentas”, ilustra el profesor, que documentó la exposición La infamia, la participación catalana en la esclavitud colonial, que se pudo visitar en el Museo Marítimo de la ciudad y que ahora está alojada en internet para su consulta.

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Bajorrelieve en la fachada del Palau Marc de Barcelona, en el que se aprecian las iniciales  T. R. (Tomas Ribalta) y cadenas, sogas, cañas de azúcar y una chimenea. 
CARLES RIBAS El experto estudia los beneficios económicos que dejó la trata de africanos en Cataluña durante dos siglos  

“Mira, esos dos edificios eran de negreros”, indica a vuelapluma el historiador Martín Rodrigo Alharilla (57 años, Sabadell) mientras pasea por la zona del puerto de Barcelona. Prosigue la ruta por la Rambla y señala un bajorrelieve en el que se aprecian cadenas, sogas, cañas de azúcar y una chimenea. El edificio que lo luce en el frontispicio es la sede del Departamento de Cultura de la Generalitat. “Se construyó a finales del siglo XVIII y después lo compró Tomás Ribalta i Serra, un indiano (español emigrado a América) con negocios en Cuba y que probablemente tenía una factoría negrera en la actual Nigeria. Un hombre tremendamente rico que aquí se dedicó a vivir de rentas”, ilustra el profesor, que documentó la exposición La infamia, la participación catalana en la esclavitud colonial, que se pudo visitar en el Museo Marítimo de la ciudad y que ahora está alojada en internet para su consulta.

En su recorrido pasa frente al pedestal ya sin escultura de Antonio López y López, el marqués de Comillas: “La única estatua retirada en toda España por su condición de traficante de esclavos”. Y cruza la esquina de la casa de quien ha reconocido como otro traficante que promovió dos expediciones de bergantines de esclavos africanos a América. “Aquí vivía Pedro Gil Babot, que fue fundador de la antigua Sociedad Catalana para el Alumbrado por Gas, hoy Naturgy. Tres de los siete fundadores de esa entidad eran esclavistas”, asegura. Y así, paso a paso, radiografía la ciudad con infinidad de apellidos, fechas, cifras y matrimonios que según sus investigaciones promovieron fortunas en Cataluña y España a costa de la libertad, el dolor y el trabajo forzado de miles de africanos de los siglos XVIII y XIX. Hace dos años lanzó el proyecto España Esclavista, una página web en la que explica que tiene geolocalizados junto a un equipo 220 puntos tangibles de este pasado, que apenas se estudia en los libros de texto pero que marcó el devenir del país y del continente africano. Esta iniciativa ha sido seleccionada también para el mapa de Europa occidental sobre la memoria colonial que se muestra en la exposición Postcolonialism de la Casa de la Historia Europea de Bruselas.

“Ahora hay migrantes que en la actualidad tienen menos oportunidades, pero hay que entender que la riqueza occidental se explica en buena medida por el esclavismo y el colonialismo. Son actividades extractivistas. El capitalismo en muchos territorios se desarrolla por la esclavitud”, declara en el Museo Marítimo de Barcelona tras explicar la exposición. Cuenta que ningún político de ningún partido fue a la inauguración, pero se congratula de que la Diputación de Barcelona tuviera la iniciativa de promoverla. “Lo importante es abrir el debate. Este tipo de trabajos alimentan la reflexión e invitan a pensar que hay diferencias sociales que se construyen por este pasado. Y ahora queda el racismo y la desigualdad”, considera.

La ONU aprobó este marzo una resolución para declarar la trata de africanos esclavizados y la esclavitud racializada de africanos como “el crimen de lesa humanidad más grave” de la historia, del que fueron víctimas millones de personas durante 400 años. El texto contó con el respaldo de 123 países, pero los de la Unión Europea se abstuvieron, y EE UU, Israel y Argentina votaron en contra. “Es una resolución muy trabajada y habla de justicia reparadora, de restitución, de imprescriptibilidad, de garantía de no repetición, de indemnizaciones… Eso puede explicar que España y otras potencias esclavistas se hayan abstenido. Pueden tener miedo de enfrentar este tipo de demandas”, considera.

Aunque el texto no sea vinculante, Rodrigo ve necesario este documento, que estima que puede guardar implicaciones jurídicas. “Es un paso más para buscar la validación de este pasado infame”, explica el profesor. Describe como “el infierno” las plantas en las que debieron trabajar miles y miles de africanos esclavizados en Cuba con el calor del trópico, las chimeneas y el esfuerzo físico. “Imagina cómo debió ser. Además, uno de los fenómenos más duros es que la mayoría eran hombres, por lo que apenas había crecimiento vegetativo. Esto era más parecido a un genocidio. Se morían y traían más de África”, explica Rodrigo frente a un lienzo que recrea estas instalaciones que permitían la riqueza desmedida de sus dueños.

En sus estudios encuentra como un legado todavía palpable las compras de ensanches, de edificios, de teatros; las fundaciones de bancos, de entidades de préstamos; las vidas de rentas, las herencias… “Las familias esclavistas más conocidas en Cataluña, como la del marqués de Comillas, la de Joan Güell, la de Vidal-Quadras o la de Miquel Biada, son solo la punta del iceberg”, asegura. Confiesa que tiene un empeño personal por que salgan muchos apellidos más. “Pero no es por señalar a nadie, es porque se tiene que entender que la esclavitud era una estructura entera que movió muchísima riqueza”, declara.

Y efectivamente, en la reciente exposición Museo Marítimo se detallaban retahílas de nombres y apellidos identificados como capitanes que pilotaron barcos negreros hasta América, armadores que organizaron expediciones de trata de personas de barcos negreros y muchos más implicados… “Fueron propietarios o administradores de factorías en la costa africana los traficantes catalanes José de Bérriz, Francesc Canela, Pau Freixas Ribalta, Pere Manegat, Domènech Mustich, Pere Sala, Francest Riera, Cristòfol Roig Vidal y Bonaventura Vidal Calzada”, describía uno de los letreros de la muestra.

Aunque la práctica estuvo avalada por las leyes, en Cuba dejó de considerarse legítima de facto en 1886. “Pero se continuó más tiempo con la actividad con cierta impunidad”, asegura. Ilustra este desempeño en el reciente libro titulado La bisabuelita. Género, esclavitud y finanzas entre Cuba y Barcelona, escrito junto a Lisa Surwillo, profesora de Literatura Ibérica en Stanford. La investigación está basada en el manuscrito inédito de Mercedes Llopart Xiqués en el que cuenta la vida de su madre, Manuela Xiqués Romagosa, casada con Roque Llopart Asúa. El libro narra que este catalán organizó expediciones negreras en el siglo XIX y amasó una fortuna con la que después su mujer compró propiedades en la ciudad. “Ha sido excepcional que pudiera hacerme con ese material familiar de primera mano. Normalmente no tengo ninguna relación con las sagas esclavistas. No suelen querer hablar”, destaca Rodrigo. “No diría que lo quieren ocultar, pero es un tema incómodo. La respuesta es intentar que no se conozca. Está claro que la responsabilidad es individual, pero el estatus y las oportunidades se heredan”, declara.

El profesor de la Universidad Pompeu Fabra echa de menos que España no asuma en alguna medida este pasado como ha hecho Países Bajos, cuyo Gobierno pidió disculpas en 2022 por esclavizar pueblos. O el Parlamento francés, que reconoció en 2001 como un “crimen contra la humanidad” la esclavitud y la trata de negros, en la ley llamada Taubira. “Además de incluirlo en el currículum de la enseñanza obligatoria, se puede empezar con una reparación en el plano simbólico. Y con un reconocimiento de responsabilidad de bancos o entidades que tuvieron relación directa con la esclavitud”, ejemplifica. Propone que se facilite material para becas, medidas que favorezcan la inserción social y facilidades para las personas racializadas. “Deberían financiarse programas de estudio, exposiciones, debates… Soy un militante de la verdad, de que se conozca esta verdad incómoda y dolorosa y de que se anime a la reflexión”, concluye.

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