Mientras espera para resolver trámites en un notario público, la señora Ivone Souza Silva, ojeras profundas, melena a dos aguas, 64 años, recuerda con una sonrisa aquel detalle de su infancia: “Uy, en la escuela, la mitad de la clase o casi la mitad éramos Silva, como yo… Y como Ayrton Senna”. Y así, de manera inesperada, esta ama de casa menciona un dato que muchos de sus compatriotas desconocen. Contaba el miércoles por la mañana que ella se enteró de que el campeón de la Fórmula 1 era Ayrton Senna da Silva en aquellos días de 1994 en que la muerte al volante del ídolo nacional en la cima de su carrera conmocionó al mundo del deporte.
El apellido más común del país, que viene de selva, se extendió tras la esclavitud y poco a poco pierde la fama de vulgar
Mientras espera para resolver trámites en un notario público, la señora Ivone Souza Silva, ojeras profundas, melena a dos aguas, 64 años, recuerda con una sonrisa aquel detalle de su infancia: “Uy, en la escuela, la mitad de la clase o casi la mitad éramos Silva, como yo… Y como Ayrton Senna”. Y así, de manera inesperada, esta ama de casa menciona un dato que muchos de sus compatriotas desconocen. Contaba el miércoles por la mañana que ella se enteró de que el campeón de la Fórmula 1 era Ayrton Senna da Silva en aquellos días de 1994 en que la muerte al volante del ídolo nacional en la cima de su carrera conmocionó al mundo del deporte.
Aunque en este país el segundo apellido, el paterno, es el principal, el piloto eligió, como tantos, usar el más singular, el de aroma italiano, en detrimento del apellido que más brasileños comparten. Nada menos que 34 millones, según el censo de 2022. Es decir, casi uno de cada seis ciudadanos lleva este sobrenombre, que significa selva.

Raro es el día que una no se cruza en la calle, o el noticiero, con varios de ellos. El más conocido sin duda, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de la república. Ninguna sorpresa, igualito que uno de cada tres vecinos en su estado natal, Pernambuco. El pernambucano todavía daba sus primeros pasos en política, en 1982, cuando, hábil, se plantó en el notario para incorporar su apodo de toda la vida al nombre oficial. Así el curtido sindicalista y político en ciernes garantizaba que en las papeletas apareciera como Lula, a secas. Esas cuatro letras, que significan calamar en portugués, y el meñique que le cercenó un torno a los 19 años son su marca electoral. Seis décadas después, confía en coronar su carrera política con un cuarto mandato presidencial.
También pertenece a la gran familia, y por nacimiento y matrimonio, su esposa, ahora Janja Lula da Silva. Y una de las ministras más emblemáticas. La ambientalista Marina Silva, que nació en una finca de caucho en la Amazonia, logró triunfar en política —incluso soñar la presidencia— sin desprenderse nunca de él, aunque en este país la conocen como Marina, con esa familiaridad tan brasileña. Otro miembro de este gran club, el futbolista más polémico y admirado que Brasil lleva al Mundial, Neymar da Silva Santos Júnior.

El apellido Silva llegó a Brasil a partir del 1500, de la mano de los colonizadores portugueses. Muchos lo adoptaron para enterrar el pasado. Entre los asentados en el interior, proliferaron los Silva. Los del litoral preferían Costa. Obligados al bautismo católico, los esclavos solo recibían nombre de pila. Pero, con la abolición, necesitaron apellido para la vida en libertad. Muchos recibieron los de sus amos. Frecuentemente, con preposición, Da Silva, De Souza, para dejar clara la propiedad.
Mientras algunos ensalzaron Silva como un apellido del pueblo, muchos de los que nacieron con él lo dejaban aparcado en el carné de identidad para brillar en la vida con un apelativo menos vulgar. “Sólo era un Silva más (…) una estrella que no brilla”, dice el estribillo de un rap de MC Bob Rum (o Moysés Osmar da Silva) que triunfó en los noventa. Contaba la historia de un pobre cualquiera, un padre de familia que va a un baile funk en una barriada y muere tiroteado sin explicación.

En los últimos años, igual que avanza el orgullo de crecer en una favela, más personas abrazan los apellidos del montón. En ese contexto, nació hace un par de años la serie televisiva No era solo un Silva más, con entrevistas a famosos y anónimos unidos por esas cinco letras. “Queremos resignificar el nombre, que muchos consideran de personas pobres, pero hoy es de gente potente”, decía en el estreno su presentador, otro Silva, de nombre René.
“Cuando éramos adolescentes, todos queríamos apellidos extranjeros”, rememora la clienta del notario, el centro de São Paulo. Su actitud cambió con la edad. Casada con un italiano, emprendió una vida en Palermo. Y decidió hacerlo con sus brasileñísimos apellidos. “No renuncié a mis apellidos, seguí siendo Souza Silva, aunque allí no era la costumbre. Infelizmente, cuando vivía en Italia no había opción de que los hijos llevaran el apellido materno. Me habría gustado”, confiesa. “Ahora se puede”, apunta con una sonrisa triunfal justo cuando su número aparece en la pantalla. Es su turno.
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