Una exposición de pura magia, como cabía esperar de unos brillantes escenógrafos convocados bajo la advocación del maestro Fabià Puigserver. El Palau Robert de Barcelona acoge hasta el 17 de enero la que puede considerarse la iniciativa estrella del 50º aniversario del Teatre Lliure, que se cumple este 2 de diciembre y que ya ha empezado a celebrarse. Se trata de Un teatre Lliure, una muestra que es una invitación a adentrarse en la ingente labor creativa del colectivo por la puerta de los sueños: a través de cinco escenografías ideadas por otros tantos escenógrafos y que representan el universo del Lliure y la esencia de su método y su programa.
El Palau Robert de Barcelona acoge creaciones para el aniversario de Frederic Amat, Montse Amenós, Max Glaenzel, Lluc Castells y Silvia Delagneu
Una exposición de pura magia, como cabía esperar de unos brillantes escenógrafos convocados bajo la advocación del maestro Fabià Puigserver. El Palau Robert de Barcelona acoge hasta el 17 de enero la que puede considerarse la iniciativa estrella del 50º aniversario del Teatre Lliure, que se cumple este 2 de diciembre y que ya ha empezado a celebrarse. Se trata de Un teatre Lliure, una muestra que es una invitación a adentrarse en la ingente labor creativa del colectivo por la puerta de los sueños: a través de cinco escenografías ideadas por otros tantos escenógrafos y que representan el universo del Lliure y la esencia de su método y su programa.
Comisariada por Tània Balló y el propio Lliure y con diseño expositivo de Anna Alcubierre, la exposición ha reunido a esos cinco escenógrafos que representan diferentes etapas del teatro —Frederic Amat, Montse Amenós, Max Glaenzel, Lluc Castells y Silvia Delagneu— y les ha confiado la creación de sendos espacios por los que el visitante puede transitar sintiendo el espíritu del Lliure. El resultado es espléndido y te sumerge por la vía de la experiencia, el sentimiento y la imaginación en uno de los mundos más influyentes y fecundos de la escena de nuestro país, un teatro sinónimo de libertad y de conquista democrática.
Los cinco espacios escenográficos, a los que se va accediendo por un recorrido laberíntico en la primera planta del Palau Robert mientras se escuchan sonidos evocadores como los timbrazos característicos con los acordes de La flauta mágica o el ruido de los pasos de los espectadores accediendo a la sala, cuentan además con una serie de “entreactos” que los hilan y aportan información adicional sobre diferentes aspectos de la historia del Lliure. Están colocados bajo las etiquetas Comunidad (simbolizada en las fotos de Ros Ribas, que formó parte del Lliure desde su fundación y que muestran actores y actrices, directores y espectáculos), Identidad (a través de la icónica imagen gráfica obra de Francesc Espluga y la cartelería: ¡cuántas, cuántas obras!), Espacio (la gran aventura que lleva desde el local de la cooperativa la Lleialtat hasta la nueva sede de Montjuïc, pasando por el intento fallido de ubicar el Lliure en la plaza de toros Las Arenas) y Público.
Este último ámbito intermedio entre escenografías ofrece una experiencia sensacional y conmovedora en la que es imposible no quedarse enganchado largo rato y que ya solo por ella merece la pena la visita: la proyección de imágenes del público entrando en la neonata sala de Gràcia que se iba a inaugurar con Camí de Nit, de Lluís Pasqual, aquel 2 de diciembre de 1976, y luego, con los espectadores ya sentados, el largo aplauso espontáneo de todos ellos antes de que comenzara la función. La grabación, hecha con el equipo del Cipla —el entonces pionero programa de formación audiovisual del Institut del Teatre— bajo dirección de Antoni Chic, es en blanco y negro y borrosa, casi fantasmagórica, pero es maravilloso y entrañable ver cómo eran (éramos) la gente de aquellos años, mediados de los setentas, tan cargados de ilusiones y proyectos.
Es un juego emocionante ir reconociendo a los espectadores, entonces asombrosamente jóvenes, que atraviesan iniciáticamente la puerta del Lliure (la vieja entrada por la calle de Leopoldo Alas) y enfilan las icónicas escaleras. Por la pantalla pasan tantos rostros hoy desaparecidos: Coralina Colom, Yago Pericot, Papitu Benet i Jornet, Antoni Dalmau, Ángel Alonso… Todos con una gran sonrisa, ávidos de vida y de teatro.
La primera instalación, un espacio de fecundidad oscura y dramática, invocador de fantasmas, con autómatas kantorianos, un muñeco y suelo de cenizas, la ha creado Frederic Amat y juega con El público, de Lorca, el montaje de 1986 que dirigió Pasqual y en el que Amat colaboró en la escenografía de Puigserver. Evoca también a Beckett, cuyo Esperant Godot montó en 1999 Pasqual con Anna Lizaran y Eduard Fernández y escenografía de Amat. La segunda instalación es la de Montse Amenós, también historia viva del Lliure, que, en una preciosa e inspirada acción, ha colgado como si fueran telones diferentes suelos de espectáculos del Lliure (las alfombras de Fulgor i mort de Joaquin Murieta, la hierba artificial de Leonci i Lena), añadiendo un juego de espejos que introduce al visitante en la mágica vieja sala de Gràcia. Se humedecen los ojos al reencontrarte con el suelo de flores que pintó en 1990 el propio Puigserver para Capvespre al jardí y recordar a Fabià estirado cuan largo era con los pinceles en la mano llenando el mundo de flores. Max Glaenzel propone visitar las entrañas del teatro, la caja negra, los telares, mostrando la esencia emotiva de los mecanismos de la escena, sus tripas. En un momento mágico, se descorren cortinas y entra la luz como una metáfora de la gran experiencia de la representación. Imposible no suspirar.

Lluc Castells nos lleva a otra intimidad del Lliure, una maqueta del escenario ocupada por objetos que constituyen la cotidianeidad de los trabajadores del teatro: guiones, presupuestos, herramientas, cables, micros, soportes de pelucas, lápices y bolis, iboprufenos, un cúter, y el indispensable café. Todo lo cual representa personas y oficios. Un backstage onírico que recalca la continuidad y el esfuerzo de todo el equipo humano que hace posible la magia del teatro.
El último espacio lo firma Sílvi Ddelagneu y consiste en un almacén o cueva de maravillas repleto de figurines auténticos de obras representadas en el Lliure. Los personajes hablan literalmente a través de ellos. Y crees oírlos: en realidad los oyes, es una grabación con palabras de dos históricos del Lliure, Imma Colomer y Toni Sevilla. Entre los maniquíes, los hay de Ubú, de María Estuardo, de la Olga de Les tres germanes, y uno estremecedor de payaso blanco, con moho, del homenaje a Monti que le tributaron sus colegas en Rhum.
En la memoria, tras el intenso viaje, Pep Montanyès abriendo las puertas del nuevo Lliure, Xavi Clot ante la mesa de luces, Lluís Homar jovencísimo clavando un clavo de una escenografía, Fermi Reixach pintando, Pasqual dirigiendo con un jersey que le podría haber tejido su tía…

“Está pasando lo que queríamos que pasara, y más”, dijo el actual director del Lliure, Julio Manrique en la inauguración de la exposición a propósito de la cascada de actividades con que ha arrancado la celebración del aniversario. Recalcó lo importante de haber “tomado” un sitio como el Palau Robert, tan central y por el que pasa toda Barcelona, recordó, para mostrar a todo el mundo lo que es el Teatre Lliure. Manrique subrayó que en la muestra el Lliure no solo se explica sino que se experimenta, en un relato de una gran capacidad de emocionar y que huye de la narrativa convencional, como no podría ser de otra manera tratándose de un colectivo como el que se refleja. “Evocamos desde lo artístico, para lo que hemos invitado a los escenógrafos a un gran acto de libertad creativa”.
El director del Lliure rememoró, y pareció invocar a lo Próspero, la energía de aquel grupo de gente fundadora, “los francotiradores”, y a los que han ido recogiendo el testigo, y especialmente a Puigserver, la persona que imaginó el Teatre Lliure y que era a la vez un gran escenógrafo. En ese sentido, apuntó, la exposición puede verse también como un homenaje al director desaparecido.
Para Manrique, las cinco escenografías son mucho más que eso: una invitación al juego y a la memoria y a la reflexión sobre la alta naturaleza poética del teatro. Se trata, como resumió la comisaria Tània Balló, de que el visitante salga de la visita “con más ganas de teatro, y más libre”.
EL PAÍS
