El cine retrata la ansiedad por la vivienda: “Es un sistema muy jodido y muy perverso donde todo el mundo está intentando sobrevivir”

La nuda propiedad consiste en ser propietario legal de un bien que usa otra persona. En las procelosas aguas del mercado inmobiliario sirve para comprar un piso ocupado por una persona esperando a que fallezca para tomar completa posesión. Es una fórmula lúgubre, pero tiene ventajas: permite al ocupante disfrutar en vida del dinero de la venta y al comprador disfrutar de un precio más bajo. Nuda propiedad es también la nueva película de Alberto Utrera, una comedia triste que relata la ansiedad y el abatimiento de una pareja normal y corriente que se ve perdida en los laberintos de la búsqueda de vivienda.

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 La comedia triste ‘Nuda propiedad’, de Alberto Utrera, retrata la peripecia de una pareja que se queda atrapada en el laberinto sin salida del mercado inmobiliario. Se une a una tradición del cine español preocupada por las injusticias del ladrillo  

La nuda propiedad consiste en ser propietario legal de un bien que usa otra persona. En las procelosas aguas del mercado inmobiliario sirve para comprar un piso ocupado por una persona esperando a que fallezca para tomar completa posesión. Es una fórmula lúgubre, pero tiene ventajas: permite al ocupante disfrutar en vida del dinero de la venta y al comprador disfrutar de un precio más bajo. Nuda propiedad es también la nueva película de Alberto Utrera, una comedia triste que relata la ansiedad y el abatimiento de una pareja normal y corriente que se ve perdida en los laberintos de la búsqueda de vivienda.

Aunque la producción comenzó hace dos años, la suerte ha querido que su estreno coincida con el desahucio de Maricarmen Abascal, la subsiguiente acampada en la Puerta del Sol de Madrid y, en general, el terremoto social y político en torno a la extrema dificultad para acceder a un hogar. “Cuando empezamos pensábamos que el problema de la vivienda estaba llegando a topes, ya estaba muy tensionado: dos años después ha ido a peor” dice el director.

“El guionista, Carlos Soria, me dijo que quería hacer una película de una pareja que se compra un piso. Le dije: bien, me encanta la ciencia ficción”, bromea Utrera. Esa pareja, Vera (Susana Abaitua) y Lucas (Maxi Iglesias), compran un inmueble, enfrente de su casa, en nuda propiedad. El piso es increíble, espacioso, con balcones a la calle y techos altos, y no llega a los 300.000 euros. El actual ocupante tiene un cáncer grave y, según parece, morirá pronto. El primer problema moral al que se enfrenta a la pareja es si debe alegrarse o no de la enfermedad —sí, se alegran—. Pero las cosas no son como parecen, y resulta que obtener el piso no será tan fácil, el moribundo no acaba de morir o no es quién creían, lo que les deja en un extraño limbo del mercado inmobiliario cuando su actual casero les pide amablemente que dejen el piso para una hipotética hija que regresa del extranjero.

El asunto del ladrillo ha sido tradicional en el cine español. Una de las referencias clásicas es El pisito, de Marco Ferreri e Isidoro M. Ferry, con guion de Rafael Azcona. Ya en 1958 la pareja protagonista tiene grandes dificultades para encontrar una vivienda. En 2011, Cinco metros cuadrados, de Max Lemcke, narra la desesperación de los compradores de una promoción de vivienda cuya construcción se detiene radicalmente. Totalmente imbuida de la lucha contra los desahucios está En los márgenes, de 2022, el debut en la dirección de Juan Diego Botto que retrató la vida de aquellos que luchan por conservar su casa y la ansiedad existencial en la que sobreviven. Este mismo año, la frenética serie Ravalear, de Pol Rodríguez, narra la peripecia de la familia propietaria del restaurante tradicional Can Mosques, en el barcelonés barrio del Raval, en su lucha contra un desahucio provocado por la especulación basada en la fiebre turística.

En cuanto a Nuda propiedad, “la película tiene de fondo el tema de la vivienda, pero habla de una crisis vital. Es que la vivienda no es solo una casa, es el sitio donde te sientes seguro, donde construir el futuro, un plan de vida, o simplemente, donde tumbarte en el sofá, cerrar las persianas y decir ‘hoy no quiero estar en ninguna otra parte”, explica Utrera.

Vera y Lucas son una pareja trabajadora (él es profesor de Matemáticas, ella empleada de Correos) que, aun así, no puede acceder una vivienda en propiedad ni formar una familia. La pareja de actores refleja perfectamente ese abatimiento incluso en su postura corporal y al decir unos diálogos que son completamente verosímiles en su cotidianidad. Estos dos podrían ser cualquiera. Y son cualquiera, porque los problemas que les atenazan son los que atenazan a una sociedad entera que, tras años de aguante, ahora presiona en las calles por un cambio. “Son personas que tratan de ir hacia delante en terreno muy pantanoso, sin nada a lo que agarrarse: toman medidas erróneas o precipitadas, porque nadie nos enseña cómo movernos en el mundo de la vivienda”, dice Iglesias.

El contrapunto a estos seres tristes, abatidos y normales y corrientes, son esos otros ciudadanos que pululan por las sombras del mercado inmobiliario, el agente y el notario, que a priori pueden parecer caricaturescos, pero que, afirman en el equipo, no lo son tanto.

El primero, interpretado por David Lorente, muestra una inusual picaresca a la hora de vender los pisos, que en momentos roza la cara dura. “Pues no me costó encontrar modelo para inspirarme”, bromea el actor, “me he comprado un solar en El Escorial —es lo que he podido acceder—, hemos estado por inmobiliarias… y no me he inventado nada”. A la hora de construir el personaje, cuentan, se inspiraron también en los agentes inmobiliarios que pululan en los vídeos de las redes sociales, algunos realmente estrambóticos, y aseguran que tuvieron que rebajar el tono para que no pareciera inverosímil. “Es un sistema muy jodido y muy perverso donde todo el mundo está intentando sobrevivir”, dice Utrera.

En el caso del notario, interpretado por Pepe Viyuela, nos encontramos con un hombre con poder —ese poder casi metafísico de los notarios—, pero amigo del compadreo, la chanza y los amiguetes, tan propio del ecosistema institucional español. “Forma parte de ese ejército de seres con el que nos tenemos que medir en el día a día, tiene una forma de tomarse a la ligera la vida mientras la gente que tiene alrededor sufre”, explica el actor. La cuestión escabrosa es que, en el filme, los propios compradores, tan inocentes, acaban contaminados por la desesperación y sálvese quien pueda, y actuando de manera inmoral para lograr su esperado piso.

Hay un monólogo de Vera, en la piel de Susana Abaitua, en los compases finales de la película, donde se plasma el desencanto de una generación (o varias): esa sensación de que en algún momento va a pasar algo bueno, de que las cosas se van a estabilizar, y se podrá tener casa, familia, seguridad vital… y que ese momento nunca llega. “Es que estoy cansada, no quiero tener esta sensación, no quiero aguantar más”, sentencia el personaje. “Es que no es solo una casa, es un hogar, es un sitio donde estar a salvo… Y no tiene que ver con la grandiosidad de la casa, sino con el derecho a tenerla”, añade la actriz.

“La acampada de la Puerta del Sol es un clamor que desde hace tiempo está sonando cada vez más fuerte y que ahora ha reventado. Y el cine es una forma de escuchar a la sociedad y de devolverle, a través de una historia, su visión de las cosas”, dice Pepe Viyuela. “Tienen mi apoyo absoluto, estuve en Sol y se me pusieron los pelos de punta: se está viendo que cuando la gente habla, pasan cosas”, dice Abaitua.

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