De qué está hecho un accidente: cómo una catástrofe de 1977 vuelve a hablar del presente

¿Qué es un accidente? ¿De qué está hecho? Se lo preguntan como leitmotiv los distintos personajes de Take off, la obra de teatro escrita y dirigida por Jose Padilla que desmenuza los motivos del accidente de Los Rodeos en 1977, cuando dos Boeing 747 chocaron en la pista del aeropuerto de Tenerife dejando 583 muertos: el accidente aéreo más grande en la historia de la aviación civil. “Toda la gente de mi generación ha oído hablar de él casi como una leyenda. Pero casi nadie se ha parado a pensar en todos los componentes que hay, atendiendo a ese factor mítico que existía. Yo pensé: ‘Aquí hay una historia”, explica el director tinerfeño antes de un ensayo.

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 ¿Qué es un accidente? ¿De qué está hecho? Se lo preguntan como leitmotiv los distintos personajes de Take off, la obra de teatro escrita y dirigida por Jose Padilla que desmenuza los motivos del accidente de Los Rodeos en 1977, cuando dos Boeing 747 chocaron en la pista del aeropuerto de Tenerife dejando 583 muertos: el accidente aéreo más grande en la historia de la aviación civil. “Toda la gente de mi generación ha oído hablar de él casi como una leyenda. Pero casi nadie se ha parado a pensar en todos los componentes que hay, atendiendo a ese factor mítico que existía. Yo pensé: ‘Aquí hay una historia”, explica el director tinerfeño antes de un ensayo. Seguir leyendo  

¿Qué es un accidente? ¿De qué está hecho? Se lo preguntan como leitmotiv los distintos personajes de Take off, la obra de teatro escrita y dirigida por Jose Padilla que desmenuza los motivos del accidente de Los Rodeos en 1977, cuando dos Boeing 747 chocaron en la pista del aeropuerto de Tenerife dejando 583 muertos: el accidente aéreo más grande en la historia de la aviación civil. “Toda la gente de mi generación ha oído hablar de él casi como una leyenda. Pero casi nadie se ha parado a pensar en todos los componentes que hay, atendiendo a ese factor mítico que existía. Yo pensé: ‘Aquí hay una historia”, explica el director tinerfeño antes de un ensayo.

No esperaba que, una semana antes de su estreno en Nave 10 Matadero este jueves en Madrid, el accidente ferroviario de Urda le entregara, de golpe, la validación más explícita de la vigencia de su espectáculo. Pero tampoco que acortara su distancia con la conmoción social que genera una catástrofe de estas dimensiones.

“Fue tremendo cuando nos enteramos”, cuenta Carlota Gaviño, actriz de la obra. “En el ensayo de la tarde del accidente no sabíamos desde dónde abordar la función. Con qué responsabilidad. José propuso hacerlo de un modo más humano, porque estábamos todos muy cerca de la catástrofe. Pero no funcionaba. No fuimos capaces. Es imposible y sería una falta de respeto por nuestra parte acercarnos al dolor de las víctimas de este accidente ahora”, dice. Hay en la función un distanciamiento brechtiano, según Gaviño, “necesario para tratar un tema tan doloroso”, del que han decidido no salir.

El espectáculo es un ágil artefacto que combina una sólida base documental con comedia y un toque de thriller. Por el escenario pasan personajes reales —controladores, pasajeros, pilotos, periodistas— que, a veces rozando la caricatura, juegan constantemente con el humor y la ironía. Una herramienta, para el director, “como mínimo, tremendamente práctica” para construir “un viaje que sea susceptible de determinar los distintos pasos que llevan a un desastre”. “Esta obra funciona por contrastes. Evidentemente, con el ojo puesto en el hecho en sí, tan trágico, no se puede utilizar la comedia, pero en un periodo de tiempo tan extenso la vida te devuelve otras cosas: una ironía trágica que abordamos desde el humor”, explica Padilla.

La historia de Los Rodeos empezó en otro aeropuerto, el de Gando, en Gran Canaria. Los aviones que la tarde de aquel 27 de marzo tenían previsto aterrizar allí fueron redirigidos para hacer una escala en Tenerife, después de que una bomba, aparentemente puesta por el MPAIAC (Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario), estallara en una floristería de la terminal. Con la infraestructura desbordada, una cadena de errores, fallos técnicos, decisiones humanas equivocadas y condiciones meteorológicas adversas se concatenaron para acabar en el brutal choque de un avión de la línea holandesa KLM, a punto de despegar con los depósitos repletos de combustible, y de otro de PanAm, que rodaba por la pista de despegue.

El texto no pretende profundizar en choque en sí. Es, más bien, un ejercicio para revelar su porqué. “Lo que sí que no se encuentra en el espectáculo es el morbo. Lo cruento, lo sanguinolento… fuera. Por respeto y porque no me interesaba para contar lo que quería”, dice el creador, que se fue varios meses a “vivir a una hemeroteca” para investigar, no solo este accidente, sino otros tantos importantes de la historia.

Allí se encontró con la teoría que el psicólogo británico James Reason formuló en 1990 para explicar cómo se producen los accidentes en sistemas complejos. La idea es esta: las catástrofes rara vez responden a un único error o responsable. Se producen cuando distintas barreras de seguridad, cada una con sus propias debilidades, fallan al mismo tiempo. Como si los agujeros de las lonchas de un queso suizo coincidieran. En eso, Padilla encontró “una metáfora muy potente a nivel teatral” y la inoculó en la obra.

El espectáculo se divide en capítulos que simbolizan las distintas lonchas del queso de Los Rodeos. Los cuatro actores —Gaviño, Almudena Puyo, Kevin de la Rosa y Lucía Trentini— intercambian personajes y alternan narraciones de los hechos reales, algunas de ellas técnicas, con la dramatización de momentos concretos. Escuchamos las conversaciones entre controladores y pilotos; pasamos de sonreír ante el engreimiento simpático del comandante holandés de KLM, Van Zanten —el rostro de los folletos promocionales de su compañía—, a indignarnos ante su arrogancia e imprudencia. O de las risas que provoca la dicharachera Robina van Lanschot, que se niega en redondo a regresar al avión tras la escala, a la conmoción al descubrir que, por cumplir su objetivo, fue la única superviviente de ese vuelo.

A pesar de su especificidad, es imposible no encontrar en lo que sucede un paralelismo con lo que se ha leído o escuchado tras el accidente de Urda. “Porque un solo accidente encierra dentro de sí una parte del relato de todos los accidentes”, dicen los personajes al inicio de la obra. ¿Qué nos cuenta el de Los Rodeos del de Toledo? “El accidente es la punta del iceberg. Aunque lo parezca, no es fortuito. En ese sentido todos son lo mismo, desde los grandes hasta los pequeños accidentes domésticos”, responde Padilla. Y si hay algo que su espectáculo destaca especialmente es la prisa.

Gaviño lo dice a su forma: “Como seres humanos construimos sistemas muy complejos, que nos dan muchas facilidades y nos hacen sentir dueños del territorio, pero nos ponen también en peligro. Hay algo que nos pasa en este turbocapitalismo en el que vivimos: ponemos tan por encima la rentabilidad económica ante cualquier otro factor, que perdemos de vista la vida misma”.

No lo piensan sin fundamento. El profesor de la Complutense de Madrid Rubén Díaz, especialista en Investigación Social Aplicada, dice algo parecido: “Todos los aprendizajes e investigaciones de cuestiones complejas y técnicas necesitan tiempo y dejar trabajar. Y nuestro mundo tan rápido y politizado no lo favorece”.

Después de Los Rodeos, la aviación civil en auge, con una presión cada vez mayor por llegar a tiempo —“de la gente que hizo posible la puntualidad” era el eslogan de KLM—, eliminó la jerarquía rígida en la cabina para que los copilotos pudieran cuestionar al capitán (método CRM); se impulsó la instalación y el uso generalizado de radares de tierra en los aeropuertos y se modernizaron los sistemas de guía y asistencia en condiciones de baja visibilidad. Además, se estandarizó el uso del inglés y se prohibió la palabra take-off (despegue) en las comunicaciones por radio para evitar cualquier malentendido lingüístico con la torre de control.

La obra denuncia, sin embargo, la intensa búsqueda de culpables después del accidente. Algo que la actriz extrapola a la actualidad: “En eso se basa la conversación, en lugar de en la previsión y las soluciones”. Una explicación que, según el profesor de Sociología, se debe a la “tendencia humana de simplificar la complejidad”. “Cuando el riesgo se materializa, simplificar nos permite explicar las cosas y cerrar duelos, incluso generar sentimientos compartidos de seguridad, pero es una sociedad compleja y nuestras acciones están atravesadas por sistemas muy complejos”, dice Díaz. “Tiene sentido entonces”, complementa la actriz, “preguntarse cómo cuidamos los sistemas que sostienen nuestra vida cotidiana”.

 EL PAÍS

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