Alexandra Jiménez, actriz: “Lo importante hoy no es ser, sino parecer”

La actriz Alexandra Jiménez, en el hotel Emperador, Madrid, el 21 de octubre de 2026.

Hay papeles que son una gran oportunidad. En la delirante serie Grande de España (Netflix), de Álvaro Fernández Armero y Juan Cavestany, la actriz Alexandra Jiménez (Zaragoza, 46 años) tiene la oportunidad de mostrar su poderío interpretativo convirtiendo a Conchi, una currela de una tintorería periférica, en la distinguida y misteriosa (y algo sospechosa) millonaria Sofía Carrington, que trata de engatusar al personaje de Antonio de la Torre, un aristócrata venido a menos, patético, pero entrañable.

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 La aragonesa afronta un papel bicéfalo en la serie satírica ‘Grande de España’, sobre las ganas de medrar y la aristocracia venida a menos, en una racha de trabajo que hila con otras producciones como ‘53 domingos’, ‘Gracias, equipo’ o ‘En nombre de otro’  

Hay papeles que son una gran oportunidad. En la delirante serie Grande de España (Netflix), de Álvaro Fernández Armero y Juan Cavestany, la actriz Alexandra Jiménez (Zaragoza, 46 años) tiene la oportunidad de mostrar su poderío interpretativo convirtiendo a Conchi, una currela de una tintorería periférica, en la distinguida y misteriosa (y algo sospechosa) millonaria Sofía Carrington, que trata de engatusar al personaje de Antonio de la Torre, un aristócrata venido a menos, patético, pero entrañable.

Jiménez, además, ha tenido este año papeles protagonistas en 53 domingos, de Cesc Gay, y Gracias, equipo, de Diego Núñez Irigoyen. Todavía le queda por estrenar, en diciembre, En nombre de otro, de Oriol Paulo. A tope.

Pregunta. Es muchísimo trabajo.

Respuesta. Sí, están siendo unos años de muchísimo trabajo. Y estoy agradecida.

P. ¿Por qué hace tanta comedia?

R. Pues no era algo planeado, pero ha sucedido. Yo pensaba que tenía un registro muy dramático… En realidad, hago de todo, pero lo que más hago, o lo que más repercusión tiene, es la comedia. Un género, por lo demás, inabarcable.

P. Es cierto que no es usted una actriz de comedia al uso, tiene una comicidad más bien sobria.

R. Es que la comedia tiene una faceta muy dramática: hace sufrir a los personajes tanto como una tragedia o un thriller. El conflicto es el conflicto, y el personaje tiene que atravesarlo. Yo también necesito transitar eso, y muchas veces no encuentro el espacio para hacer la gracia sin más.

P. Su variedad de registros se ve en Grande de España, donde pasa con facilidad pasmosa de la currela a la aristócrata.

R. Es uno de los trabajos que más he disfrutado. Hace mucha gracia ver a alguien que miente hasta un punto de trastorno delirante, pero también da mucha ternura ver a alguien tratando de escapar de una realidad que no soporta.

P. ¿Cómo hace para pasar de una a otra?

R. Con mucha ayuda de los directores. Intenté sujetar los caballos y no ser dos personajes totalmente distintos, sino intentar que la mujer de barrio, Conchi, estuviera siempre presente. Y luego entra la ingenuidad del personaje de Antonio [de la Torre]: no sabes cuándo se están viendo realmente el uno al otro, pero quieren creer que lo que están viviendo es cierto.

P. La vida de las élites, especialmente la de esos los aristócratas venidos a menos, resulta muy cómica. No sé si es por una especie de venganza social.

R. Es cómico porque es un mundo muy desfasado. La familia aristocrática de la serie tiene un tufillo tan rancio que parece atrapada en el pasado. Y ese intento desesperado de mantener las apariencias resulta entre fascinante, divertido y patético.

P. Hoy mucha gente desea aparentar riqueza. Vivimos una pijificación.

R. Mucha gente trata de parecer lo que no es. Está en el ambiente, te muevas por donde te muevas. Lo importante hoy no es ser, sino parecer. Y eso que cada vez estamos lejos de ser algo…

P. En la película Gracias, equipo se relata una sesión de una reunión de estrategias en la que los empleados de una empresa sacan lo peor de sí mismos para evitar el despido. ¿Es así de competitivo el mundo de la interpretación?

R. No, porque somos gente contratada que durante unas semanas tenemos trabajo y luego nos vamos al paro hasta el siguiente. No hay una jerarquía empresarial por la que ascender. Cuando el trabajo viene otra vez vuelves a ser por un rato como la nueva de la oficina.

P. Me refería más bien a que es difícil vivir de la interpretación y fácil acabar poniendo copas, como dice el cliché.

R. Sí, claro, es una profesión muy complicada y soy consciente de que tengo una posición de absoluto privilegio. Y no lo doy por hecho: desde pequeña aprendí que todo puede cambiar en cualquier momento. Que lleguen los trabajos no garantiza que vayan a seguir llegando. De hecho, siempre tengo la sensación de que estoy haciendo el último.

P. En Gracias, equipo también se trata la conciliación laboral con la familia, a la que usted, por cierto, le da importancia. En la peli se dice: “¡La conciliación son los abuelos!”

R. ¡Pues estoy de acuerdo en que son los abuelos! (risas). Nosotros lo llevamos como podemos, poniendo parches. Nuestra hija tiene cinco años y todavía no tenemos la solución definitiva, además con un trabajo tan variable… Vamos parcheando. Por ahora, como es pequeña, nos la hemos ido llevando a todas partes. Ha salido viajera, ¡qué remedio!

P. Usted iba para bailarina. Y llegó a meritoria en el Ballet Nacional de Cuba.

R. Sí… eso fue casi en una vida anterior. A los seis meses volví, en parte por una lesión. Dejarlo fue una decisión importante, fueron muchos años en los que todo era por y para la danza y tenía miedo a decepcionar a los que me había apoyado. Pero no quería continuar. Y estudié interpretación.

P. ¿Sacó algo en claro de todo aquello?

R. Como actriz, todo lo que he aprendido de la danza me ha servido y me sigue sirviendo. Algunas cosas muy técnicas, de control del espacio, de escucha, de ritmo… Un actor se parece mucho a un bailarín. La capacidad de concentración, la disciplina… Siempre dicen “mira esta, que va con todo el texto subrayado”. Eso se te queda para siempre: no hacer nada si no está trabajadísimo, buscar la tranquilidad de saber que has puesto todo de tu parte, esa cosa un poco agónica…

P. Si uno pone su nombre en Google, lo que más sale es que tiene una sinestesia tacto-espejo. ¿Eso qué es?

R. Es porque en El hormiguero te intentan sacar cosas curiosas y conté eso. En internet la cosa se descontroló, en plan “la actriz sufre una tremenda enfermedad” (risas). Es una chorrada, le pasa a mucha gente. Simplemente, es que, por ejemplo, si veo una herida abierta me da una sensación… No es un dolor, es un escalofrío, te pega una corriente, como si el cerebro lo trasladara a tu propio cuerpo. No puedo ver una operación, aunque sea en una película y sepa cómo se simula.

P. Volviendo a la comedia: siempre se dice que no tiene el prestigio que tiene el drama, y que eso es injusto.

R. No tiene el mismo prestigio que el drama, es cierto, pero tampoco lo considero una injusticia. Por alguna razón, las cosas nos parecen más importantes si nos hacen sufrir, el mundo es así y así será siempre. Por lo demás, yo me enfrento con el mismo respeto a una comedia que a un drama, porque sé lo difícil que es. Es más difícil de esconder si no sale bien, o funciona o no funciona, no tiene mucho arreglo en el montaje. Está o no está.

P. ¿Rodar comedias es divertido? Lo parece.

R. No siempre. He rodado comedias en las que me lo he pasado muy bien, pero otras han sido un infierno. También he rodado cosas muy trágicas en las que me lo he pasado pipa. Cuando ruedas algo muy tremebundo la tendencia del equipo es aflojar y buscar una energía más liviana. Y en algunas comedias se genera mucho estrés.

P. Usted se dio a conocer en Los Serrano y otras series míticas. ¿Cómo ha cambiado ese mundo?

R. Radicalmente. Antes había que esperar al capítulo semanal, se sentaba toda la familia, veías el capítulo con miles de anuncios… Ahora hay un océano de posibilidades. Antes te veía mucha gente; ahora hay grandes éxitos que duran dos semanas y después se pasa a otra cosa. A nivel laboral hay más oportunidades. Pero esto pasa en la vida en general, todo va rápido, todo se devora, es muy difícil que algo permanezca.

P. Usted pasa un poco de esta aceleración. En concreto, de las redes sociales.

R. Es el mundo de las apariencias, no me interesa, no me apetece alimentar ese mundo que no existe. Me parece muy estresante. En cuanto a la exposición pública, yo acudo a las cosas cuando estoy de promoción, porque es mi trabajo, y no me disgusta. Lo que no me gusta tanto es tener lucir el modelito. Procuro blindar mi vida privada, me parece sano, al menos a mí me funciona así.

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