Ambrozio y otros esclavos de Brasil que ahorraron para comprar su libertad

Sabemos que se llamaba Ambrozio, que era esclavo y que en 1887 firmó de su puño y letra la documentación con la que abrió una cuenta de ahorros a su nombre en un banco público de Brasil: la Caixa Econômica Federal. En esa época, el debate sobre la abolición de la esclavitud —un hito que llegaría al año siguiente— estaba vivísimo en este país porque, en el resto de América, los hijos del tráfico negrero ya eran hombres y mujeres libres.

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 El hallazgo de 158 cuentas en el banco estatal Caixa Econômica, gracias al trabajo de historiadores y Ministerio Público, activa una investigación para aclarar dónde acabó el dinero e impulsa el debate sobre el legado de desigualdad en el país  

Sabemos que se llamaba Ambrozio, que era esclavo y que en 1887 firmó de su puño y letra la documentación con la que abrió una cuenta de ahorros a su nombre en un banco público de Brasil: la Caixa Econômica Federal. En esa época, el debate sobre la abolición de la esclavitud —un hito que llegaría al año siguiente— estaba vivísimo en este país porque, en el resto de América, los hijos del tráfico negrero ya eran hombres y mujeres libres.

Como tantos, Ambrozio soñaba con comprar algún día su libertad. Para lograrlo, muchos esclavos ahorraban real a real. Pero a él no le hizo falta esperar demasiado. A los pocos meses, la princesa imperial Isabel firmó la ley Áurea, que concedió la libertad a los cientos de miles de personas que, como venía sucediendo desde hacía más de tres siglos, eran mera mercancía que se podía comprar, vender, alquilar o heredar.

Ambrozio regresó al banco como hombre libre, retiró los 50.000 reales de su único depósito y cerró la cuenta. Otros, como Lidia, una lavandera en Río de Janeiro, “esclava de Maria Carlota Fortuna”, según su libreta, nunca recuperaron aquel dinero ganado con su esfuerzo y que iba, casi todo, al bolsillo de los amos.

Promulgada la abolición en 1888, Lidia dejó de hacer ingresos en la Caixa Econômica Federal. Sus dineros permanecieron en el banco, engordando gracias a un interés del 6% semestral. Entrado el siglo XX, la cuenta atesoraba 300.000 reales, que para 1931 se habían triplicado, según las investigaciones de la historiadora Keila Grinberg, de la Universidad Federal de Río y de la de Pittsburgh, que rescato las historias de Ambrozio y Lidia de los archivos de la entidad bancaria.

Casi siglo y medio después, el Ministerio Público de Río de Janeiro (organismo con competencias similares a las que tienen las fiscalías en otros países) quiere saber qué ocurrió con los ahorros de los esclavizados. “Conocer el paradero de esas cuentas es una demanda histórica, un asunto que fue silenciado, y queremos que sea una prioridad para la Caixa Econômica Federal y para el Estado brasileño”, explica el fiscal Julio Araújo, por teléfono, desde Río. Brasil conmemoró esta semana el 138º aniversario de la abolición de la esclavitud.

Los primeros pasos han servido para localizar 158 cuentas de esclavos en los archivos de ese banco público, que fue creado en 1861 para los trabajadores más pobres y que todavía es una de las entidades más importantes de Brasil. La investigación del Ministerio Fiscal arrancó a partir de la denuncia de Quilombo, Raza y Clase, una organización que demanda reparaciones para los descendientes de los cinco millones de africanos que arribaron a Brasil a partir del XVI, más que a ningún otro país, tras sobrevivir a la travesía del Atlántico.

El asunto es actual porque ahí germinó la actual desigualdad que aún impera en el gigante sudamericano y porque de esos esclavos descienden más de la mitad de los brasileños, según se deduce del censo porque el 55% son mestizos o negros. Conquistada la libertad, los esclavos quedaron absolutamente desamparados, sin empleo, educación ni tierras, mientras las autoridades incentivaban la inmigración de europeos, asiáticos y árabes a los que ofrecían terrenos de cultivo. Un dos por uno: suplían la mano de obra perdida con la abolición y, de paso, blanqueaban la población. Los afrobrasileños siguen siendo, hoy en día, más pobres, tienen peores empleos y mueren antes que sus compatriotas blancos.

Los historiadores que investigan cómo las instituciones brasileñas se lucraron con la esclavitud, un sistema imbricado en todas las estructuras, dice Grinberg, estiman que las cuentas bancarias descubiertas son solo una pequeña muestra de las existentes, porque muchas fueron abiertas en el interior, a miles de kilómetros de las ciudades con más población esclava, como Río o Salvador.

Por eso, el fiscal Araújo reclama a Caixa Econômica que emprenda una investigación sistematizada y en profundidad de los miles de documentos que posee en sus archivos y que los ponga a disposición del público. “El vínculo de esas cuentas con las generaciones pasadas, presentes y futuras de brasileños es evidente. Y muestra la importancia de debatir sobre reparaciones”, recalca el fiscal. La investigación no pretende sentar a nadie en el banquillo, sino arrojar luz sobre el pasado y hacer justicia histórica. El Congreso tramita desde 2024 una propuesta para crear un fondo de reparaciones.

El propio fiscal Araújo lideró otra demanda de trasfondo histórico que en 2023 culminó en un potente gesto público: el Banco de Brasil pidió perdón al pueblo negro por su complicidad con la esclavitud, que estuvo vigente tres siglos y medio.

“Es importante decir que el dinero que conseguían ahorrar era poquísimo comparado con lo que costaba la alforría [la carta de libertad que concedía el amo]. Lo ganaban vendiendo productos en mercados o como barberos, lavanderas, costureras… Entregaban la mayor parte del dinero al amo y, con lo poco que sobraba, ahorraban para comprar su propia libertad o la de sus familiares”, relata la historiadora en un intercambio de mensajes desde Senegal, donde realiza una investigación. Este movimiento de reivindicación y revisión histórica en el que está embarcado Brasil nació del impulso activista del movimiento negro al que se sumaron historiadores, como la profesora Grinberg.

Subraya la historiadora que “es importante saber lo que pasó, tras la abolición, con esos ahorros que daban un interés del 6% al semestre, y qué impacto tuvo en el capital del banco”. “También es importante para saber si sus familias tienen derecho a ser restituidas y para entender la relación de la Caixa Económica con la esclavitud”. Ella sostiene que todas las instituciones de la época se beneficiaron de un modo u otro del trabajo forzado.

La ONU aprobó el pasado abril, con el voto de 123 países, declarar el tráfico de africanos y la esclavitud como “el crimen más grave contra la humanidad”. Entre las 52 abstenciones que se produjeron en esa votación estaban todos los países de la Unión Europea. Los únicos noes fueron los de Estados Unidos, Israel y Argentina.

La esclavitud era una colosal industria que implicaba castigos inhumanos, pero también comprometía a instituciones como bancos, inversores o aseguradoras. Los traficantes reducían las raciones de comida durante la travesía transatlántica, para ahorrar y aligerar la carga. Quienes sucumbían eran arrojados por la borda, a los tiburones. Al aproximarse a la costa, los negreros mejoraban la alimentación porque los africanos sanos y robustos se vendían después a mejor precio.

La normalidad con la que se ofertaban seres humanos en la prensa brasileña del siglo XIX estremece. “Se vende una negra criolla, edad 25 años, parida hace diez meses, con leche, sin cría, cocina, hace dulces, plancha y cose”, decía en 1859 un anuncio del Diario de Pernambuco citado en la trilogía Escravidão, publicada en el último lustro.

Cuentan esos libros que, más allá del trabajo forzado, aquellos africanos y sus descendientes servían a sus amos de infinidad de maneras: como garantía hipotecaria, para saldar deudas, como dote para una hija, como regalo para amigos o instituciones… Y ellas, como concubinas cuando no eran directamente violadas. A la muerte del amo, formaban parte de la herencia, como cualquier otra propiedad.

Los expertos sostienen que la posibilidad de ganar algo de dinero y de ahorrar, con el anhelo de sufragarse la libertad, es uno de los motivos por los que la esclavitud duró tanto en Brasil, el último país occidental en abolirla. Mientras en Estados Unidos comprar la libertad era casi imposible, en Brasil ese sueño reducía el riesgo de rebeliones, dividió a los negros entre esclavos y libres y contribuyó a afianzar y normalizar este sistema inhumano.

 EL PAÍS

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