Diez estupendas películas para cinéfilos escondidas en Netflix

Al algoritmo, como a los niños malos, también se le puede educar. Solo hace falta un poco de tacto, cierto criterio y constancia en la selección de las películas. Si es usted uno de esos cinéfilos que cada noche no sabe qué ver, aquí tiene una posible solución.

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 ‘El aire de París’, de Marcel Carné; ‘El paciente inglés’, de Anthony Minghella, y ‘El expreso de medianoche’, de Alan Parker, son algunos filmes ocultos en la plataforma  

Al algoritmo, como a los niños malos, también se le puede educar. Solo hace falta un poco de tacto, cierto criterio y constancia en la selección de las películas. Si es usted uno de esos cinéfilos que cada noche no sabe qué ver, aquí tiene una posible solución.

Detrás de la imagen de cada una de las marcas, la que seguramente la propia empresa quiere dar sobre sí misma y sobre sus productos, se esconden sorpresas. Por eso nos hemos propuesto rebuscar entre la oferta cinematográfica e ir recomendando películas más o menos escondidas. Semiolvidadas por el tiempo, o directamente desconocidas para las nuevas generaciones y para el gran público. Trabajos de épocas diversas y estilos distintos, desde el clasicismo hasta la modernidad, unidos solo por la calidad.

‘Postales desde el filo’ (1990), de Mike Nichols

No son pocas las historias reales de amor y odio entre madres e hijas estrellas de Hollywood, pero la de Debbie Reynolds, la simpática chica de Cantando bajo la lluvia, y Carrie Fisher, la princesa Leia de Star Wars, quizá se lleve el premio a la complejidad, amparada por la adicción al alcohol de la madre y a las drogas de la hija. Basada en la novela homónima y semiautobiográfica de Fisher,Postales desde el filo está constituida, sin embargo, desde el cariño, la esperanza y la luminosidad. Nichols, el insigne director de El graduado, dirige de un modo más convencional de lo habitual en él, pero remata su película con una irresistible canción country y un emocionante travelling con grúa que te planta una sonrisa para varios días. Meryl Streep y Shirley MacLaine, ambas formidables, cantan sus propios temas; la película ilustra, a través de trucos, transparencias y falsos decorados, la maravillosa mentira del cine y, de paso, Nichols reclutó para los papeles secundarios a gente con experiencia: Dennis Quaid empezaba a querer salir de la coca, y Richard Dreyfuss acababa de escapar de ella. Y a este, como médico en la ficción, le endilga una frase que roza lo impudoroso: “Nunca se dejan de tener ganas de drogarse”.

‘La ley del silencio’ (1954), de Elia Kazan

El director Elia Kazan y el guionista Budd Schulberg, cortejadores del comunismo en su juventud, habían sido dos de los chivatos de sus antiguos compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas, en tiempos de la caza de brujas del senador McCarthy. Así que, entre el arrepentimiento, la desolación, el orgullo y hasta la soberbia, decidieron hacer una película en la que se reflexionase sobre el concepto de la delación. Eso sí, qué película. La ley del silencio, ambientada en los muelles del puerto de Nueva York, con una mafia sindical que mucho más tarde recuperaría David Simon en la segunda temporada de la serie The Wire, es un tratado de una complejidad admirable y de una expresividad visual apabullante. Con Marlon Brando al mando interpretativo y la rabia desbocada del ilustre secundario Lee J. Cobb, Kazan compuso una obra maestra sobre los dilemas morales y políticos. “La conciencia. Eso te puede volver loco”, dice Terry Malloy, el personaje de Brando. Kazan nunca se arrepintió de aquello e incluso en sus memorias disfruta de aquel éxito (ocho premios Oscar, incluidos los de película y dirección), como choque frontal por haberse convertido en un paria en ciertos círculos. De ahí, a otro dilema moral: el del espectador. Ahora bien, qué película.

‘Reprise’ (2006), de Joachim Trier

El ahora en la cumbre Joachim Trier, después de los merecidos éxitos de crítica y público en todo el mundo de las magníficas La peor persona del mundo y Valor sentimental, inició su carrera como director de largos con esta parábola sobre el triunfo, la ambición artística y la amistad. Dos amigos con aspiraciones literarias mandan al alimón a las editoriales sus primeras novelas. Naturalmente, uno se hace un hueco como nueva estrella de la escritura y el otro sigue en el pozo de la indiferencia. Trier despliega su relato con esos montajes tan atractivos que resumen vidas, emociones y rupturas a partir de espacios físicos y objetos sentimentales, más tarde habituales en el resto de su filmografía. Y, como en Oslo, 31 de agosto (quizá su mejor película entre todas las mejores, porque las seis lo son), temas como la drogadicción, la desesperación juvenil, el desencanto vital y los destrozos del amor van surgiendo entre el colorismo y la belleza formal de un debut deslumbrante.

‘The Winslow Boy’ (1948), de Anthony Asquith

Titulada en España, y en algunas bases de datos, como Pleito de honor, la película de Anthony Asquith está basada en una de las más famosas obras de Terence Rattigan, autor también de la excelente La versión Browning, y dramaturgo fundamental del teatro británico del siglo XX. En la Inglaterra de 1912, un chaval interno en un rancio colegio privado es expulsado por haber robado un giro postal de apenas cinco chelines. Pero, con la rabia y la nobleza de un padre confiado en la honorabilidad y en la inocencia de su hijo, y de una hermana mayor a punto del matrimonio, también incondicional, la familia inicia una batalla legendaria por la justicia verdadera. Una contienda convertida en guerra a través de los años, que llega incluso a la política y al parlamento, y explora con convencimiento los desastres de la burocracia y la ética de la justicia, además de los costes personal y social de intentar derribar los muros del atropello. David Mamet realizó en 1999 una segunda versión (El caso Winslow), también magnífica.

‘Calle Cloverfield 10′ (2016), de Dan Trachtenberg

El divertimento perfecto, con los temas más desoladores: el desamor y la huida; la violencia de género; la conspiranoia política y social, y el encierro físico y mental. No es nada fácil construir una película efervescente y, a la vez, seria acerca de todo esto. Que al mismo tiempo tenga pinta de blockbuster y de narración íntima. Que posea chispazos de humor y cierta capacidad crítica. Con Damien Chazelle entre sus guionistas y J. J. Abrams en la producción, Calle Cloverfield 10 atesora el peso y el poso de las películas que no te dejan parpadear desde su espectacular primera secuencia (en lo visual y lo sonoro), ataviada con unos estilosos títulos de crédito. Dan Trachtenberg, que venía de la televisión y después volvió a la televisión, dirige con garra, y John Goodman ofrece un curso de villanía tranquila en lo interpretativo, jugando en todo momento con su corpachón, y ayudado por la planificación (casi de comedia) del director. Una gozada, o cómo fusionar dos historias tan distintas como Take Shelter, de Jeff Nichols, yLa habitación, de Lenny Abrahamson, en torno a un refugio nuclear.

‘El expreso de medianoche’ (1978), de Alan Parker

La película que marcó a toda una generación: la de los jóvenes y adolescentes de finales de los setenta y principios de los ochenta. Tal fue su influencia que otro título mítico de dos años después, Aterriza como puedas, radicalmente opuesto en género y estilo, se atrevió a hacer un sutil y celebrado chiste metalingüístico sobre ella, hoy directamente impensable en cualquier película, con un toque absurdo, incómodo y hasta pedófilo: “Joey, ¿has estado alguna vez en una prisión turca?”. Pero, bueno, esa es otra historia. La de El expreso de medianoche, la odisea de un joven estadounidense cazado al pie del avión de vuelta desde Estambul con varias tabletas de hachís pegadas a su cuerpo, estaba dirigida por Parker con sabiduría comercial y de autor. El pulso con el montaje, el sonido del corazón del protagonista y los ambientes turcos durante los primeros 25 minutos (antes de la entrada en prisión) son extraordinarios. Luego, violencia cruda y explícita, amor por sus personajes y un matiz de delicadeza en torno al precioso rol de John Hurt. Premio Oscar al mejor guion adaptado para Oliver Stone, y a la música de Giorgio Moroder.

‘El aire de París’(1954), de Marcel Carné

En los estertores del realismo poético francés, habitante del cine galo durante la preguerra, la Segunda Guerra y la posguerra mundial, y tras haber legado algunas de las obras fundamentales del movimiento (El muelle de las brumas, Amanece, Los niños del paraíso), Marcel Carné desarrolló esta historia de conflictos de clase con semejante fatalismo que en sus obras anteriores. El boxeo, siempre desolador y desesperanzador, ejerce de ambiente propicio para unos personajes abocados al abismo. Otra película urbana en la que la felicidad parece inalcanzable, pero que esta vez viene de la mano de un pálpito de redención en sus criaturas, gente del pueblo y para el pueblo. Cronista de una sociedad a la intemperie, Carné está acompañado una vez más por ese tótem interpretativo llamado Jean Gabin, ganador del premio al mejor actor en el festival de Venecia. Y el combate a tres asaltos, narrado por el cineasta casi en tiempo real, es también historia del cine deportivo.

‘El paciente inglés’ (1996), de Anthony Minghella

Una de esas películas más grandes que la vida, de las que definieron a Hollywood y a los premios Oscar durante tanto tiempo. Una de esas películas que ya no se hacen: quizá porque demasiada gente —ejecutivos, artistas y espectadores— dice que ya no están de moda. Una de esas películas que, si se plantean ahora, pocos saben hacerlas. Anthony Minghella, de entonces 45 años, venía de una corta y estimable carrera, que sin embargo no auguraba semejante espectáculo emocional. Pero se hizo con nueve estatuillas, incluyendo las de película y dirección, con esta historia en tiempos de guerra, de muertos en vida, repleta de paisajes, exotismo, historia de la humanidad, espionaje, amor y pasión, basada en una novela de Michael Ondaatje. Uniendo varios tiempos con un exquisito montaje formal del maestro Walter Murch (La conversación, Apocalypse Now), el director fascina con su historia de deseo adúltero y con unos personajes felizmente contradictorios en tiempos complejos: “En la guerra hay traiciones que, comparadas con nuestras traiciones humanas en época de paz, resultan infantiles”. No mucho después de El talento de Mr. Ripley, otro peliculón, Minghella murió a los 54 años, en 2008.

‘La tapadera’ (1993), de Sydney Pollack

La delincuencia organizada no se sostiene solo con las pistolas. Como en los tiempos de Al Capone, y como seguimos viendo cada día de Chicago a Marbella, son los contables y, aún más, los abogados, los que permiten que los criminales puedan seguir amasando dinero y poder. Y hasta uno de esos reductos mafiosos llega el joven y brillante recién licenciado en Harvard que interpreta Tom Cruise. De nuevo, la ética de la justicia, en este caso de su defensa, en torno a un thriller de aroma clásico e imponente ritmo cardiaco, que un veterano como Sydney Pollack guía a la perfección. Las notas de piano de la banda sonora de Dave Grusin repiquetean sin cesar, alojándose en la mente de un espectador atónito ante el agujero negro en el que se está metiendo el novel letrado. Lo mejor, de todos modos, junto a la bestial presencia de Gene Hackman, es el retrato del dilema moral al que deben enfrentarse tantos profesionales cuando el dinero y el lujo llaman a su puerta.

‘Ad Astra’ (2019), de James Gray

El cine de James Gray nunca ha sido de mayorías. Ni en España, ni tampoco en Estados Unidos, ese país forjado en torno a la inmigración, que el director lleva analizando con sus películas de tonalidades oscuras desde su poderoso debut, Little Odessa. Pero ese incomprensible ninguneo de su cine y de su persona, y los reiterados olvidos en las nominaciones a los premios Oscar, no son óbice para que algunos lo tengamos como el mejor director desconocido del mundo. En Ad Astra, obra de ciencia ficción adulta, protagonizada por Brad Pitt y Tommy Lee Jones, regresa al gran tema de su carrera, las relaciones paterno-filiales, dentro de un relato general de búsqueda de inteligencia extraterrestre que casi es lo de menos. Y como ya hiciese en una persecución automovilística bajo la lluvia en La noche es nuestra, Gray articula una secuencia de acción lunar que se aparta totalmente de los cánones de ritmo, montaje y tono del cine contemporáneo. Una película sobre lo infinito —el espacio y el amor de un hijo por su padre—, de una hermosa intimidad.

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