Jordi Amat: “A los independentistas les ponen muy nerviosos mis libros porque construyen un relato de modernidad catalana que les es ajeno”

En Barcelona hay quien se dedica a pasear enamorado en medio de la explosión azul de las jacarandas, quien acude al Primavera Sound o al Sónar, quien baja a las playas, quien se limita a sobrevivir, angustiado por si encontrará piso o cómo llegará a fin de mes… Pero también hay quien se dedica a pensar la ciudad, a mirar más allá de lo cotidiano, del día a día, de las dádivas y los dramas inmediatos de la urbe, para escudriñar su historia y descubrir en ella mecanismos, procesos, desarrollos y evoluciones, y acaso hasta lecciones.

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 El escritor y periodista publica en castellano su aplaudido ensayo de historia cultural ‘Las batallas de Barcelona’  

En Barcelona hay quien se dedica a pasear enamorado en medio de la explosión azul de las jacarandas, quien acude al Primavera Sound o al Sónar, quien baja a las playas, quien se limita a sobrevivir, angustiado por si encontrará piso o cómo llegará a fin de mes… Pero también hay quien se dedica a pensar la ciudad, a mirar más allá de lo cotidiano, del día a día, de las dádivas y los dramas inmediatos de la urbe, para escudriñar su historia y descubrir en ella mecanismos, procesos, desarrollos y evoluciones, y acaso hasta lecciones.

Una de esas personas capaces de mirar bajo el velo de Maya (por citar a su estimado Marià Manent) de la pura facticidad, el presentismo y la apremiante actualidad es el escritor, filólogo y periodista, Jordi Amat, coordinador de Babelia y columnista de EL PAÍS. Tusquets publica ahora en castellano su ensayo Las batallas de Barcelona, imaginarios culturales de una ciudad en disputa (1975-2025), cuya edición original en catalán (Edicions 62, 2025) recibió excelentes críticas tras alzarse con el V Premi Bones Lletres de ensayo humanístico, otorgado por un jurado compuesto por Judit Carrera, Martí Domínguez, Marta Segarra, Margalida Tomàs y Borja de Riquer.

Uno de los atractivos del libro, además de su pormenorizada documentación, su discurso de desmontaje de mitos y la irrupción a ratos de una subjetividad que le da un raro plus emotivo a la argumentación (el cacaolat de Petritxol como la magdalena proustiana), es que invita a ponerse a pensar y a debatir sobre la ciudad con el autor, añadiendo las propias vivencias y recuerdos a su relato: una derivada consustancial a uno de los leit motiv de Las batallas de Barcelona, la idea de que «la ciudad es la gente».

Amat recuerda que Pasqual Maragall, con el que se asocia la frase, la tomó del arquitecto Josep Lluís Sert y señala que ya el propio alcalde apuntó que es en realidad de Shakespeare, de Coriolano. Sonríe a su pícara manera cuando se le dice que el personaje de la tragedia no es precisamente un ejemplo de civismo.

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La edición en castellano del libro cuenta con una nota recordando que la catalana provocó “una cierta discusión” y subrayando que pese a tratar en particular sobre Barcelona, la capital catalana “es un caso prototípico para explicar uno de los temas de nuestro tiempo: la cara y la cruz de las urbes globales, la pérdida del bienestar de las clases medias frente a las élites cosmopolitas”.

Amat ha incorporado para la ocasión algunos nuevos episodios culturales “con el propósito de mostrar otras dimensiones del largo proceso de construcción, crisis y demolición de buena parte del imaginario de la ciudad democrática”. Porque de eso va el libro, de ciudad y democracia, con la pregunta ferozmente actual de si es democrática “una ciudad en la que no pueden vivir los que han nacido en ella”.

Jordi Amat (Barcelona, 47 años), que fue el responsable del suplemento catalán Quadern de EL PAÍS antes de ponerse al frente del suplemento literario del periódico, declina quedar para hablar de Las batallas de Barcelona en un bar —será porque no hay bastantes bares en la ciudad— y prefiere hacerlo en la sala de reuniones de la redacción de Cataluña, rodeados por páginas enmarcadas de la edición local del diario, en las que aparecen las firmas de cronistas del momento como Joan de Sagarra, Guillem Martínez, Josep Ramoneda, Margarita Riviere o Mercedes Abad.

Sagarra, precisamente, no sale en el libro, ¿qué le parecería? “¿Qué le parecería?”, repregunta retóricamente Amat para a continuación declararse fan de las rumbas del cronista —sus famosas columnas—, o de su sección La horma de mi sombrero, una de las razones de que la entonces novia de Amat y hoy su mujer, Lluïsa, le regalara a este una suscripción a EL PAÍS. “Me encantaba la figura del tipo culto que pasea por la ciudad. Sagarra era un gran cronista barcelonés, aunque nos podemos preguntar si su Barcelona existió de verdad. Lo que le molaba era el mito francés, la Barcelona de Jean Genet, del Barrio Chino y la Rambla, pese a que él al final acabó como patriota del Eixample”.

Por las páginas de Las batallas de Barcelona desfilan episodios como la campaña “Barcelona, posa’t guapa”, la Olimpiada Cultural, la inauguración de los Juegos Olímpicos, el pregón de la Mercè de Pérez Andújar, el atentado terrorista de la Rambla, el desalojo del cine Princesa, el rechazo al Ermitage, el estreno de El 47… E infinidad de personajes retratados por Amat, desde Freddy Mercury o Woody Allen (“he hecho todo lo posible por odiar Vicky Cristina Barcelona pero no lo consigo”, se sincera Amat) a Félix de Azúa y su “tramposo” Titanic, Montserrat Roig, Ocaña, Vázquez Montalbán, Oriol Bohigas, Zafón y su “disneyficación gótica” de la ciudad, Arcadi Espada o Cobi, pasando por el alcalde Joan Clos, al que el autor describe en la sonrojante rúa carnabalona del Fòrum Internacional de las Culturas, una de sus bestias negras (“apoteosis del buenismo”, “paradigma de la impostura neoliberal sincronizado con la demagogia del movimiento antiglobalización”).

Puede sorprender la inclusión del yo y el relato personal en un libro de reflexión e ideas. “Me pareció que en una obra crítica sobre el desarrollo de la ciudad no contar quién soy yo era muy tramposo”, señala Amat. “Una forma de legitimar la crítica es mostrar quién la hace: yo soy un pequeñoburgués y no quiero dejar de serlo. Cuando todo el mundo reivindica la periferia, yo soy consciente de que estoy en el centro de la ciudad, lo que probablemente tiene poco glamur”. En el relato de Amat aparece también su relación personal con la música, especialmente el pop y el rock.

En el origen de Las batallas de Barcelona, explica su autor, está el plantearse cómo contar cincuenta años de cultura democrática. “No tenemos tantos libros que expliquen qué ha sido la cultura en ese medio siglo de proceso democratizador. Barcelona es mi ciudad, una ciudad con problemas globales reales que me preocupa. No hemos contado la mutación que la ha convertido en una ciudad tan distinta. El cómo hemos llegado a lo de ahora, una ciudad clickbait. Ponerla en el centro me permitía contar esos cincuenta años con un relato atractivo en el que la cultura ilumina ese proceso histórico, desde el Raval de los años setenta hasta el de hoy, desde la protodemocracia y el inicio de la Transición y la Normalización hasta la ciudad del problema del acceso a la vivienda y del malestar por el turismo y los expats, pasando por la explosión de autoconfianza de ese otro momentum barcelonés, los Juegos Olímpicos, la paradoja del éxito, el Mito del 92”. Amat reflexiona que lo apasionante de ese proceso histórico es que es a la vez tu vida. “Esa tensión es mi ciudad”, dice.

Suena una nota de fatalismo en el libro, ¿hay algo desolador en la gran encisera, la gran hechicera como la bautizó Robert Hughes? “No imaginábamos que media Barcelona llegaría a sentirse víctima de la globalización, no es fatalismo, simplemente aquí no podemos ser distintos, creer que podríamos permanecer ajenos a las dinámicas del resto del mundo. Es jodido aceptar que has de despertar de la utopía. ¿Hubieran sido distintas las cosas sin los JJ OO? En todo caso, ver como una fatalidad este final de la transformación democrática de la ciudad no debería ser la interpretación de mi libro”. ¿Optimista pues? “Mi visión es que en una perspectiva global Barcelona vive un momento muy significativo. Y de decisiones relevantes. Están pendientes los nombramientos de directores de instituciones tan importantes como la Fundación Miró, el TNC, etcétera, y se acaba de decidir el del Macba…”.

Algunas notables batallas culturales recientes de Barcelona no aparecen, o lo hacen solo de refilón, en Las batallas de Barcelona, como la del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba). “El problema del Macba es que no tiene a nadie, la gente de esta ciudad no vamos al Macba. Barcelona es una capital cultural internacional y no lo es hoy por el Macba, que no es una estructura canónica de la ciudad, sino por Gaudí, un imán cultural enorme. La Sagrada Familia, nuestro Sacre Coeur, es la octava maravilla del mundo, y no se la cuestiona como al Macba, eso ha ocurrido y no nos hemos dado cuenta. Podría haberse desplegado otra alternativa, el atractivo de las vanguardias históricas, Picasso, Miró, Dalí, que era otra oportunidad, pero no ha habido ambición ni proyecto para ello”. Amat señala lo importante que fue para el destino de Barcelona la exposición El Quadrat d’Or, El cuadrado de oro, que reivindicó, con la ayuda del libro sobre la ciudad de Hugues, el patrimonio modernista y gaudiniano y “devolvió la dignidad a la ciudad”.

El autor destaca entre los intelectuales que han pensado Barcelona “como capital mundial moderna y no excluyente” a Josep Ramoneda, “que tiene una gran obra que es el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB)”, y sobre todo a Pep Subirós, al que reivindica casi con vehemencia. De hecho es uno de los personajes de la historia cultural barcelonesa que parece apreciar más junto con el Sinatra ravalesco de Alfredo Landa en la película de 1998 de Betriu y el anónimo perdedor de Cadillac solitario, de Loquillo.

“Subirós, que quiso ser nuestro Jack Lang o nuestro Malraux, defendió un proyecto cultural de ciudad muy sólido”. En cambio, Amat ningunea bastante a Ferran Mascarell, el otro delfín de Maragall, enfrentado a Subirós. “No digo que no fuera un buen gestor cultural, pero no es un intelectual de la Barcelona democrática, como sí lo es Subirós”.

Otra batalla ha sido la del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), de la que salió derrotado Manuel Borja-Villel en su pulso con Pepe Serra. “No me entraba por cronología. El MNAC tiene la singularidad de que el románico, aunque es fascinante, interesa a poca gente. La reforma del MNAC es el proyecto más importante de la cultura catalana posprocés, un desafío enorme —como lo es la reforma de la Rambla, esa arteria que tanto nos define y de la que fuimos desposeídos—. Pero no se concreta de manera exitosa: a día de hoy no sabemos en que consiste ese proyecto. La propuesta de Borja fue derrotada e ignoramos qué propuesta hay”.

Una batalla más de la que no se da cuenta en el libro es la del teatro, la del empecinamiento de Pujol por crear un teatro nacional ex nihilo frente al modelo del Teatre Lliure y las compañías independientes. “Vengo de donde vengo, y tengo la edad que tengo, no puedo haberlo vivido todo, ni tampoco me cabía todo en el libro”, argumenta Amat.

Uno de los temas más interesantes de Las batallas de Barcelona es el dedicado a la plasmación en la literatura y el cine de las distintas fases de la evolución de la ciudad, de la posindustrial a la ciudad de servicios de hoy reubicada en el mapa global con gran éxito aunque ese éxito “tenía un precio”. Otro asunto que inevitablemente trata Amat es el de la relación de Barcelona con el procés. “A los independentistas les ponen muy nerviosos mis libros porque construyen un relato de modernidad catalana que les es ajeno. Les cuesta asumir la centralidad de Barcelona. El procés, que generó mucha más militancia que cultura, no tenía capital, no tenía metrópoli”. Dicho esto, Amat sale pitando hacia un acto en el que le esperan, una mesa redonda en torno a Barcelona, los retos de ser una capital cultural internacional.

 EL PAÍS

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