Las Variaciones Goldberg de Bach son una de las partituras musicales más coreografiadas en la historia de la danza. Desde la versión que hizo en 1971 Jerome Robbins para el New Yorck City Ballet hasta el fabuloso solo de dos horas de Anne Teresa de Keersmaeker de 2020 o, ya más cerca en el mapa, el Gilded Golbergs de Nacho Duato en 2006, cuando dirigía la Compañía Nacional de Danza, o la obra On Goldberg Variations/Variations, de la compañía Mal Pelo, estrenada en 2019. Unas y otras parten de la partitura del músico alemán o versiones más contemporáneas desarrolladas a partir del original.
Las Variaciones Goldberg de Bach son una de las partituras musicales más coreografiadas en la historia de la danza. Desde la versión que hizo en 1971 Jerome Robbins para el New Yorck City Ballet hasta el fabuloso solo de dos horas de Anne Teresa de Keersmaeker de 2020 o, ya más cerca en el mapa, el Gilded Golbergs de Nacho Duato en 2006, cuando dirigía la Compañía Nacional de Danza, o la obra On Goldberg Variations/Variations, de la compañía Mal Pelo, estrenada en 2019. Unas y otras parten de la partitura del músico alemán o versiones más contemporáneas desarrolladas a partir del original. Seguir leyendo
Las Variaciones Goldberg de Bach son una de las partituras musicales más coreografiadas en la historia de la danza. Desde la versión que hizo en 1971 Jerome Robbins para el New Yorck City Ballet hasta el fabuloso solo de dos horas de Anne Teresa de Keersmaeker de 2020 o, ya más cerca en el mapa, el Gilded Golbergs de Nacho Duato en 2006, cuando dirigía la Compañía Nacional de Danza, o la obra On Goldberg Variations/Variations, de la compañía Mal Pelo, estrenada en 2019. Unas y otras parten de la partitura del músico alemán o versiones más contemporáneas desarrolladas a partir del original.
De una mezcla de ambas, de las variaciones estrenadas por Bach en 1741 y de la composición actual a partir de aquella que ha desarrollado el músico Owen Belton, se nutre Goldberg, la obra programada en el Centro de Danza Matadero de Madrid esta semana, con las entradas agotadas. Se presenta como la “obra maestra” de Goyo Montero al frente del Staatsballett de Hannover, dos palabras peligrosas por las expectativas que arroja y porque parece responder más a una estrategia de marketing que a una verdad. Al menos, situada en el contexto general de la danza, de la coreografía. Ahí, Goldberg queda muy lejos de expresiones grandilocuentes.
La primera carencia que se revela es que el espacio del Centro de Danza Matadero no parecía ser el adecuado para los 28 bailarines de esta pieza. Al menos, no bajo una propuesta formada para lucimiento de los intérpretes y con una escenografía que, aunque muy interesante, reduce aún más el cuadrilátero. Esta primera apreciación se confirma al final cuando los bailarines, colocados en línea para recibir los aplausos, a duras penas caben en el escenario. Se trata de un gesto pequeño, aparentemente insignificante y ya fuera de la obra, pero que certifica lo que pasa en ella.
Otras cosas que pasan es que se echa mucho en falta la composición musical de Bach. Las variaciones originales se escuchan en escenas que se alternan con otras donde suena la composición de Owen Belton. El intento de la propuesta parece ser mostrar lo que las une, pasando de una a otra, buscando equilibrio y contraste, pero lo cierto es que las músicas se van alejando de la convivencia armónica según avanza el motaje. Hacia el final acaba imponiéndose la composición del canadiense y se echa (mucho) en falta la original de Bach. Las Variaciones Goldberg, como en todas las propuestas coreografiadas que se han hecho de ellas, son absolutamente protagonistas y marcan de una manera manifiesta el movimiento y sus acentos. Cuando en esta obra de Montero se baila bajo su sonido, algo revive en la coreografía y rompe con la planicie que sobrevuela los otros momentos del espectáculo.
La obra está dividida en dos partes, abiertamente marcadas por un oscuro, que se produce a la media hora de empezar, y que arranca aplausos pero también desconcierto y ruptura. A partir de ahí, llega un cambio de vestuario y el tono abstracto de la propuesta se mancha con un tono más narrativo, aunque no se entienda del todo lo que se quiere contar. Aparecen los gestos de manos en la garganta para mostrar asfixia, las luces giran al rojo para hablar de sangre y violencia y se escuchan gritos en escena que los bailarines emiten. Demasiados lugares comunes.
Hay otros, aunque menos evidentes para quienes no ven mucha danza. Estos lugares comunes se sitúan en lo coreográfico, donde se reconocen, de manera demasiado obvia a veces, lenguajes ajenos como los de Forsythe, Kylián, Balanchine o incluso Hofesh Shefter, coreógrafo israelí muy influido por el también israelí Ohad Naharin, y que a su vez esparce un manto de contagio coreográfico por toda Europa. Es fácil, desde hace años, adivinar el momentum Schefter en no pocas obras de danza.
Los 28 bailarines, muy jóvenes, destacan en dinamismo y saltos casi acrobáticos, pero adolecen de la musicalidad necesaria para vivir lo que se baila. Aun así, el conjunto también es irregular en cuanto a interpretaciones: las buenas, de cuatro o cinco bailarines, son buenísimas, y las demás, lo intentan. Goyo Montero solo lleva año y medio dirigiendo esta compañía de Hannover. Antes pasó 17 años al frente del Ballet de Núremberg. No pisaba escenarios españoles desde 2013, cuando estrenó una personal versión de Romeo y Julieta en la Compañía Nacional de Danza, invitado por José Carlos Martínez, que dirigía entonces la agrupación. Cuando salió a saludar la pasada noche, Montero se vio reconocido con una gran ovación que parecía querer arropar la ausencia del coreógrafo en su propio país.
Coreografía: Goyo Montero
Staatsballett Hannover
Centro Danza Matadero. Madrid
Hasta el 9 de mayo
EL PAÍS
