
No sé cuántos años hace. Nunca recuerdo cuándo sucedieron las cosas. Mi aversión por los números —esas letras raras— se extiende a fechas, números de pisos, casas y sucesos históricos. Lo único que permanece imborrable son las cantidades monetarias. Aquel verano cobré 500 euros por ser camarera en un chiringuito durante las fiestas del Orgullo en Chueca. ¡Y me parecía mucho dinero! (Preveo bastantes exclamaciones escandalizadas en este texto).
A veces me dan ganas de lanzar un quejido largo y profundo. Y que una voz, jovencísima y absurda, que brote de la nada, me pregunte: “¿Estás bien?” 
No sé cuántos años hace. Nunca recuerdo cuándo sucedieron las cosas. Mi aversión por los números —esas letras raras— se extiende a fechas, números de pisos, casas y sucesos históricos. Lo único que permanece imborrable son las cantidades monetarias. Aquel verano cobré 500 euros por ser camarera en un chiringuito durante las fiestas del Orgullo en Chueca. ¡Y me parecía mucho dinero! (Preveo bastantes exclamaciones escandalizadas en este texto).
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