En estos días pródigos en farsas, parodias, sátiras y documentales, algo nos dice que Una buena vida, de Carolina África, es una función diferente. La recoleta Sala de la Princesa, del Teatro María Guerrero, se ha transformado en una habitación hospitalaria. En una de sus camas hay una joven, con cara de circunstancias. En la otra, dormita una octogenaria. Estamos en plena Filomena, en enero de 2021.
En estos días pródigos en farsas, parodias, sátiras y documentales, algo nos dice que Una buena vida, de Carolina África, es una función diferente. La recoleta Sala de la Princesa, del Teatro María Guerrero, se ha transformado en una habitación hospitalaria. En una de sus camas hay una joven, con cara de circunstancias. En la otra, dormita una octogenaria. Estamos en plena Filomena, en enero de 2021. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
La autora, directora e intérprete madrileña Carolina África conmueve al público con un diagnóstico preciso de las carencias de la sanidad pública, servido con sentido del humor y envuelto en un naturalismo equivalente por momentos al que empleó Romeo Castellucci en ‘Sul concetto di volto nel figlio di Dio’


En estos días pródigos en farsas, parodias, sátiras y documentales, algo nos dice que Una buena vida, de Carolina África, es una función diferente. La recoleta Sala de la Princesa, del Teatro María Guerrero, se ha transformado en una habitación hospitalaria. En una de sus camas hay una joven, con cara de circunstancias. En la otra, dormita una octogenaria. Estamos en plena Filomena, en enero de 2021.
En el devenir del roce que mantienen ambas pacientes y un enfermero celador (representados los tres con un naturalismo que resulta sorpresivo para una audiencia acostumbrada a la simulación), quedan reflejadas claramente las circunstancias adversas que atraviesa la sanidad pública, el ímpetu de quienes vienen incrementando su pedazo de pastel en el negocio de la salud y la merma en la calidad de las prestaciones, provocada por la privatización de los servicios de cocina, limpieza y lencería.
Hablando de manera fidedigna de lo particular, de lo que le aconteció tras dar a luz a su segundo hijo, África pone sobre la mesa una cartografía precisa de los afectos de los protagonistas de su comedia, pero también hace un diagnóstico del estado de la sanidad que resulta más elocuente, sensitivo y conmovedor que cualquier reportaje. Y nos lo sirve con gran sentido del humor.
Una buena vida no parte de la cultura libresca ni de un acopio documental pormenorizado. Tampoco es autoficción, sino un trozo de realidad, reelaborado con pericia, como Madame Bovary, que es novela y documento preciso de los males de su tiempo. La autora y directora madrileña podría discursear, pero prefiere aterrizar asuntos de interés general a través de tres personajes que reflejan su propia experiencia. Ella misma interpreta con encanto y vivacidad a la joven hospitalizada. Ahimsa le imprime a la anciana Teresa una mezcla de humanidad, desvalimiento y ternura que cala en el espectador como lluvia fina. Jorge Kent contornea con precisión un personaje de una empatía, una entrega y una mano izquierda absolutas. Forman un trío (violín, viola y clave) perfectamente afinado. El aplauso colectivo en pie que se les brindó fue tan sincero como las lágrimas que buena parte del público se enjugaba a la salida. Algún modo debe de haber para que esta producción del Centro Dramático Nacional no se muera el 21 de junio.
Texto y dirección: Carolina África
Reparto: Carolina África, Ahimsa y Jorge Kent.
Centro Dramático Nacional. Teatro María Guerrero. Sala Princesa. Madrid.
Hasta el 21 de junio.
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