Ronda se reencontró con una corrida Goyesca vacía de contenido

La LXVII Corrida Goyesca de Ronda, que abarrotó la plaza de la Real Maestranza, se saldó ayer con la salida a hombros del rejoneador Diego Ventura y los diestros José María Manzanares y Juan Ortega que fue, a la postre, el autor del toreo de mayores quilates de un festejo en el que había brillado el aura previa de Morante de la Puebla, informa Álvaro Rodríguez del Moral.

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 La LXVII Corrida Goyesca de Ronda, que abarrotó la plaza de la Real Maestranza, se saldó ayer con la salida a hombros del rejoneador Diego Ventura y los diestros José María Manzanares y Juan Ortega que fue, a la postre, el autor del toreo de mayores quilates de un festejo en el que había brillado el aura previa de Morante de la Puebla, informa Álvaro Rodríguez del Moral. Seguir leyendo  

La LXVII Corrida Goyesca de Ronda, que abarrotó la plaza de la Real Maestranza, se saldó ayer con la salida a hombros del rejoneador Diego Ventura y los diestros José María Manzanares y Juan Ortega que fue, a la postre, el autor del toreo de mayores quilates de un festejo en el que había brillado el aura previa de Morante de la Puebla, informa Álvaro Rodríguez del Moral.

Con este acontecimiento, que había agotado todo el billetaje disponible a las pocas horas de ponerse a la venta —hace ya cinco meses— se reanudaba el normal desarrollo de esta corrida anual que había dejado de celebrarse en 2024 y 2025 mientras se culminaban las obras de consolidación estructural de las arcadas de piedra que han legado, además de un recinto más seguro, una nueva policromía de los tendidos que ahora se presentan en rojo almagra.

La máxima atención gravitaba en torno a la presencia de Morante de la Puebla, que había escogido un peculiar terno azulón, más romántico que goyesco, para comparecer en esta Goyesca recuperada en la que hizo el paseíllo envuelto en un inmenso capote grana, galoneado de oro, y tocado con una montera decimonónica que sujetaba con un añejo barbuquejo.

Su primero apenas se empleó en el capote y echó la cara arriba en el único puyazo que tomó. El público se puso a la contra mientras el diestro de La Puebla comprobó que estaba vacío de todo gas. No se dio coba y se marchó pronto a por la espada.

Morante meció todo el cuerpo al recibir al cuarto. Una bellísima larga cordobesa dejó colocado al toro ante el caballo, pero el animal salió del peto pegando frenazos. Con la muleta en la mano, su matador volvió a desengañarse ante una embestida rebrincada y corta, sin entrega alguna, trasteada por Morante con el compromiso habitual en una labor reunida y de mérito sordo en la que no hubo enemigo posible.

Manzanares, uno de los toreros que más se han prodigado en la Goyesca rondeña, se gustó en el variado recibo capotero al segundo, de esmirriada presentación. Pero el toro se partió un pitón en el peto lo que ensombreció aún más la paupérrima presencia que ya había puesto en guardia al público.

El torero alicantino intentó hilvanar el trasteo con la gente a la contra, y el animal, con su sosa nobleza, embistió desordenado a la muleta.

Manzanares mantuvo la compostura en un trasteo de meras apariencias en el que pareció torear de salón a un carro renqueante al que despenó de un feo espadazo al encuentro, refrendado con el descabello. Con el quinto, que gateó en el capote, no iba a mejorar demasiado la decoración. Manzanares se empleó en una labor larga y tesonera, compuesta en la forma, para aprovechar la potable embestida de un animal que, aunque amagó con rajarse, derrochó nobleza en la muleta. Lo cazó de un espadazo recibiendo y cortó dos orejas tan generosas como olvidables.

Juan Ortega acudía por segunda vez en su vida torera a este festejo. Lo hizo ataviado con el traje más genuinamente goyesco, cortado en la madrileña sastrería Santos, como colofón de un concienzudo trabajo de investigación histórica que alumbró un auténtico viaje en el tiempo, reforzado por la fuerza del escenario rondeño.

El diestro sevillano ligó un puñado de verónicas estimables antes de gallear por chicuelinas. Abrió con ayudados, más hondos por bajo que por alto. Y la faena comenzó a fluir por el lado diestro y se animó en un airoso molinete antes de trazar un puñado de naturales que acabaron resolviendo las deficiencias de la embestida de su enemigo.

Ortega se acompasó con el pasodoble La Concha Flamenca en una arrebatada tanda con la diestra antes de volver a ceñirse por la otra mano en el confín de una faena, hilvanada con excelentes pases de pecho, y rematada de estocada y descabello para pasear una oreja de peso.

Con el sexto dibujó, uno a uno, varios lances de los suyos rematados con una airosa larga. Ortega brindó a José Miguel Arroyo, al que le unen lazos de amistad y admiración, antes de ponerse a torear con sencilla belleza, sublimada en un lentísimo cambio de manos. El diestro sevillano mantuvo ese empaque natural y dibujó excelentes naturales antes de volver a la diestra.

Pero un cartucho de ‘pescao’ abrió la puerta de un nuevo tramo de excelentes naturales que precedieron a la estocada que cerró la faena, y una actuación global, la de mayor contenido artístico de una Goyesca que devolvía la continuidad al festejo. Paseó dos orejas que tenían otra entidad.

Había abierto plaza el rejoneador Diego Ventura después de salir por la puerta grande con autoridad en la corrida ecuestre de la mañana. Despachó un ejemplar de Ribeiro Telles, remiso de comportamiento, con el que volvió a ponerlo todo gracias a una monta precisa en la que no faltaron los alardes, como prescindir de la cabezada en un par a dos manos que coronó una labor entregada y bien rematada con el acero, que le sirvió para volver a salir a hombros.

Ribeiro Telles, Garcigrande/Ventura, Morante, Manzanares, Ortega

Un toro de Ribeiro Telles, para el toreo a caballo, tardo y remiso. Y seis de Garcigrande, muy desiguales de presentación. El primero estuvo vacío de todo; el segundo, impresentable, fue sosísimo; el tercero, con sus defectos, se dejó; deslucido el cuarto; noble y rajado el quinto, y noble el sexto.

Diego Ventura: dos orejas.

Morante de la Puebla: silencio y palmas.

José María Manzanares: silencio y dos orejas.

Juan Ortega: oreja y dos orejas

Plaza de toros de Ronda, 5 de septiembre. LXVII Corrida Goyesca. Lleno de ‘no hay billetes’ en tarde veraniega. La plaza de la Real Maestranza reabría sus puertas tras dos años de obras de consolidación de sus arcadas de piedra.

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