
Fue ingeniero antes que escritor, aunque es escritor antes que ingeniero. El mexicano David Toscana trabajó durante diez años en la industria, en empresas como General Motors, Mattel (“Fabricando muñecas Barbies”, dice) o Coca-Cola. Se desempeñó en las maquiladoras, esas fábricas en la frontera norte mexicana donde son ensambladas por mano de obra local piezas que se reciben de otras partes del mundo. El costoso laberinto de la producción globalizada.
El autor, que comenzó su vida laboral como ingeniero en las maquiladoras mexicanas, ha ganado el premio Alfaguara con ‘El ejército ciego’, donde fabula con fantasía y humor negro sobre un hecho histórico
Fue ingeniero antes que escritor, aunque es escritor antes que ingeniero. El mexicano David Toscana trabajó durante diez años en la industria, en empresas como General Motors, Mattel (“Fabricando muñecas Barbies”, dice) o Coca-Cola. Se desempeñó en las maquiladoras, esas fábricas en la frontera norte mexicana donde son ensambladas por mano de obra local piezas que se reciben de otras partes del mundo. El costoso laberinto de la producción globalizada.
Dice que su trabajo como ingeniero no le ayudó a ensamblar novelas. “En ingeniería hay esa cosa tan japonesa de hacer las cosas bien a la primera, los diseños que no fallen… En la escritura más bien funciono por prueba y error. Aunque creo en el concepto de eficiencia: decir el significado con las palabras justas”, cuenta. Aunque aquellos trabajos sí que le llevaron a estar cerca de la gloria: “Lo más cerca que estuve del Nobel fue trabajando en una empresa de nailon y poliéster que era socia de la química Nobel”, bromea. Ahora ya solo se dedica a escribir. El Nobel todavía no ha caído, pero, por lo pronto, es el actual Premio Alfaguara de Novela por El ejército ciego.
Toscana, sonriente y de voz calmada, no sabe muy bien dónde vive, porque vive en muchos sitios. En México, porque es mexicano; en Cracovia, porque su mujer es polaca; y en Madrid, porque le gusta mucho: “Paso aquí todo el tiempo que la ley me permite”. Lo dice en el clásico café Manuela, en el barrio de Malasaña, donde ha sopesado la hora (es la una de la tarde) antes de decidirse a pedir una cerveza. En el momento del encuentro está a punto de comenzar la extensa gira de presentaciones asociada al premio, primero por algunas ciudades de España, luego por algunos países de Latinoamérica. Lo de la promoción lo lleva bien. “Yo creo que a todos los escritores les gusta, pero algunos lo niegan en las entrevistas, por animar la conversación”, dice. “¡Pero más se lamentan cuando no tienen promoción!“.
El ejército ciego parte de un hecho insólito. En el año 1014, el emperador bizantino Basilio II (conocido como Basilio Matabúlgaros), después de vencer en la batalla de Klyuch, manda sacar los ojos a 15.000 soldados búlgaros. En una especie de acto de ingeniería de la crueldad, deja tuerto a uno de cada cien, para que guíe al resto camino a casa. Cuando la tropa de ciegos desarrapados llega a la capital búlgara, el zar Samuel sufre tal impacto que fallece a los pocos días de la humillación y la pena. Su hijo Gavril, heredero del trono, se ve en el trance de elevar la moral de la tropa y gestionar a aquella multitud de vencidos, porque nunca ha sido fácil encontrar acomodo a los que vuelven de las guerras con lesiones y traumas.
La historia se cuenta en el códice bizantino del siglo XII, el Skylitzes Matritensis, una especie de cómic medieval con miniaturas en oro y lapislázuli que se encuentra, precisamente, en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid: la idea del encuentro con Toscana era visitar el manuscrito, pero como la Biblioteca está en obras, la cosa derivó en unas cañas. Aunque parezca una historia legendaria, los historiadores la consideran veraz, aunque puede que exagerada en la cifra de cegados.
Algunos historiadores, además, lo consideran material novelesco, y como nadie en Bulgaria ha abordado el tema, Toscana vio hueco y se lanzó. “Tuve en la cabeza durante años la historia de los 15.000 ciegos volviendo a casa, pero no sabía cómo contarla”, dice. A pesar de lo trágico del suceso, lo trata con cierto humor, dándole a la narración un aire de cuento popular, de relato fantástico, de leyenda: “Es casi como una narración infantil, pero que no tiene mucho de juego de niños”.

Los ojos, su manipulación, su ausencia, son centrales en la novela. Uno de los particulares personajes es maese Zósimo, sacaojos de la corte de Constantinopla, que considera lo suyo un arte. “Lo de sacar ojos era un castigo habitual, aunque sobre todo para casos individuales, un traidor, un aspirante al trono”, dice el escritor. Da referencias: un zar búlgaro que dejó el trono a su hijo y, cuando este le decepcionó, regresó y le sacó los ojos. Una de las primeras referencias puede ser la Biblia, en la que a Sansón le arrancan los ojos. En alguna versión, Edipo se saca los ojos con los dedos. Y sí, tiene algo de arte: según refiere Toscana, hay crónicas de extracciones de ojos muy torpes que causaron infecciones, hemorragias y hasta una muerte entre tormentos. Para evitar escabechinas el uso de los dedos siempre es más adecuado que el de los instrumentos punzantes y cortantes. Pero no se apuren: en la novela Toscana se ahorra los detalles más gore. El Nobel Ismaíl Kadaré, por cierto, tiene una novela difícil de hallar, El firmán de la ceguera (Anaya & Mario Muchnik), donde se hace un buen repaso a las técnicas de extracción de globos oculares. No lo intenten en casa.
Era aquella una época cruel. “Aunque habría que juzgar si es más cruel sacar los ojos o bombardear una escuela”, dice el escritor, “estamos menos acostumbrados a las crueldades del pasado, que muchas veces se achacaban a castigos divinos, pero no creo que hayamos progresado demasiado”. Cita el sitio de la Babilonia rebelde por Darío, que relata Heródoto: los babilonios mataron a sus mujeres —“excepto a algunas pocas, para cocinar”, dice el autor— y cuando Darío entró en la ciudad, empaló a 3.000. O la crucifixión de los 6.000 esclavos liderados por Espartaco, en el camino entre Capua y Roma. “No quiero imaginar lo que es eso”, dice el autor, “pero hace solo 80 años tuvimos cámaras de gas y campos de exterminio”. La guerra nunca ha cesado, pero ahora repunta especialmente, por eso Toscana admira a la Unión Europea: “Supone el entendimiento de gente que se había peleado. En esa misma generación se hizo una unión, se compartieron fronteras y la moneda. Ojalá hubiera algo así en Latinoamérica”, opina.
Lo que sí tiene El ejército ciego es cierta épica de la derrota: los que vuelven a casa, aun derrotados y cegados, conservan su dignidad, su postura, su reivindicación, su camino a recorrer. Y Toscana imagina una peripecia sobre lo que no está escrito en las crónicas. Vemos cómo es el reencuentro con su ciudad y su familia, cómo algunos —un ceramista, un carpintero, un criador de cerdos, un panadero— tratan de retomar su cotidianidad e incluso encontrar nuevos nichos de mercado. O qué puede aportar uno de ellos, Kozaro, el copista, imaginando historias, a la nueva situación. “En realidad, la novela trata sobre la literatura. La literatura no se lee con los ojos sino con el entendimiento. Siempre me he preguntado cuál es la mejor novela para un ciego, qué novela llega a la esencia de la percepción”.
Toscana huye de los temas de actualidad, del realismo contemporáneo, aunque no es que le disgusten: “No hago una bandera de ello: es necesario, por ejemplo, gente que escriba en México sobre los feminicidios, el narcotráfico o la corrupción. Hay que ventilar eso”, dice. Pero prefiere que su escritura sea una “aventura” que le introduzca en nuevos mundos. Sus novelas suelen tener un punto de partida imaginativo, otra vuelta de tuerca: si aquí se habla de un ejército de 15.000 ciegos, en Evangelia (Alfaguara, 2016) se imagina qué hubiera pasado si la virgen María hubiera tenido una hija mujer, en Santa María del Circo (Plaza & Janes, 1998; ahora en Candaya) describe a una extraña sociedad formada por artistas de circo en El peso de vivir en la tierra(Candaya, 2024)imagina a una especie de Quijote mexicano que, en vez de intentar recrear novelas de caballerías, hace lo propio con los novelones rusos. “Hablar de mí mismo me aburre, porque ya me conozco. No me importa leer sobre el yo de los otros. Pero prefiero dedicar dos años a descubrir un mundo: leer evangelios, textos medievales, estrategias militares, arqueología, teología, alfabetos… Escribir para mí es una aventura”.
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