Pocas canciones de los ochenta han trascendido tanto dentro y fuera de la industria musical como Goodbye Horses. Su historia es singular desde el origen, pero todo lo que la envuelve parece generar más misterio con el paso del tiempo, empezando por Q Lazzarus, nombre artístico de Diane Luckey, la mujer que grabó en 1986 este single compuesto por William Garvey.
En 1986, Diane Luckey, una taxista con ambiciones musicales, grabó un ‘single’ que se convirtió en icono gracias a ‘El silencio de los corderos’ y versiones de medio centenar de artistas. Nunca cobró un céntimo por el éxito de la canción y se le perdió la pista durante 25 años, hasta que la cineasta Eva Aridjis Fuentes dio con ella en 2019
Pocas canciones de los ochenta han trascendido tanto dentro y fuera de la industria musical como Goodbye Horses. Su historia es singular desde el origen, pero todo lo que la envuelve parece generar más misterio con el paso del tiempo, empezando por Q Lazzarus, nombre artístico de Diane Luckey, la mujer que grabó en 1986 este single compuesto por William Garvey.
Luckey era por aquella época una joven de 26 años que trabajaba como taxista en Nueva York. Una noche, su amigo Bill Garvey le dijo que necesitaba ayuda con una canción que había escrito. Luckey llegó, puso la música, la voz y añadió un sonido repetitivo, inspirado en el pitido de su Casio, con el que grabaron el título. Aquello se habría quedado ahí de no ser porque el cineasta Jonathan Demme, que ya había dirigido Melvin y Howard (1980) y Chicas en pie de guerra (1984), se montó un día en el taxi de Luckey y la escuchó cantar. “¿Qué canción es esa?”, le preguntó. Demme le dio su tarjeta y recibió la grabación unos días más tarde. La utilizó en 1988 en Casada con todos, protagonizada por Michelle Pfeiffer y Matthew Modine, y volvió a recurrir a ella para El silencio de los corderos (1991), cuando el antagonista Buffalo Bill la baila delante de una cámara mientras se graba, travistiéndose. De ahí, salto a la fama.
A la canción le siguieron las covers, empezando por la del grupo de synth-pop canadiense Psyche, pasando por MGMT, Crosses, además de apariciones en películas como Maniac, Clerks II y hasta el videojuego Grand Theft Auto IV. “No puedo pensar en otra canción de los ochenta que tenga tantas covers. Una canción con la que todos sus fans tienen una relación especial, como si la hubieran descubierto ellos. Es un fenómeno muy curioso, pero Diane Luckey no sabía nada de ese éxito”, cuenta a EL PAÍS la directora mexicana Eva Aridjis Fuentes, realizadora del documental Goodbye Horses: las muchas vidas de Q Lazzarus.
En paralelo a su carrera en el cine, Aridjis había trabajado como DJ. No había fiesta en la que no pinchara Goodbye Horses ni año en el que no buscara en internet: “¿Qué fue de Q Lazzarus?”. No era la única que se lo preguntaba. La cantante desapareció en los años noventa sin dejar rastro y ni los integrantes del grupo de música que formó en Londres sabían dónde se encontraba. Es más, la creían muerta.
En 2019, Aridjis cogió un taxi en Nueva York y empezó a hablar con la conductora. “Estaba escuchando a Neil Young y tenía una colección de discos encima del asiento, parecía una mujer a la que le importaba la música. Era afroamericana, tendría unos 50 años y me sorprendió que, cuando le pregunté si había visto a Neil Young en concierto, me dijo: ‘Mis días de conciertos ya pasaron”, cuenta la cineasta por videoconferencia desde su apartamento neoyorquino. Aquel encuentro podría haberse quedado ahí, pero Fuentes le preguntó si había oído hablar de Q Lazzarus. Hubo un silencio. La conductora la miró de reojo por el retrovisor y le dijo: “He oído hablar de ella”. Cuando el vehículo se detuvo, la taxista se volvió, le tendió la mano y le dijo: “Encantada, Eva. Soy Q Lazzarus”.
Diane Luckey había enterrado a Q Lazzarus durante más de 25 años, pero tardó meses en contarle a Aridjis sus razones. Fue mucho después de que la cineasta empezara a grabar un documental sobre ella para el que recuperó las grabaciones que la hermana de Luckey, Abbie, había conservado durante todos esos años.
Nació en New Jersey en 1960 en una familia numerosa, obrera, para la que la iglesia era el centro de la vida comunitaria. Desde pequeña formó parte del coro juvenil de la iglesia baptista donde aprendió a amar la música y el gospel. “Crecer en una casa tan espiritual era difícil porque todos éramos muy musicales, pero no queríamos cantar canciones espirituales, queríamos cantar R&B. Yo estaba en la onda de Dionne Warwick y Anita Baker, y tú querías ser Rod Stewart”, se escucha decir a Abbie en una conversación con su hermana, que acabó instalándose en Nueva York con el sueño de dedicarse a la música tras asistir al musical de Broadway Bubbling Brown Sugar.
“No sabemos cómo venderte”
Luckey ya estaba intentando hacerse un hueco bajo el nombre de Q Lazzarus cuando conoció a Demme, a quien en el documental describe como la única persona que trató de ayudarla en toda su carrera. “Jonathan me dio trabajo y me permitió conocer a mucha gente en la industria del cine, pero en lo que se refería a la industria del rock en Estados Unidos, no estaban preparados para una cantante femenina de rock n’ roll”, dice. Ella era difícil de catalogar para la industria: era una mujer negra que medía 1,80, corpulenta y con un estilo estrafalario, como se ve en el documental, donde aparece en entrevistas musicales de los años noventa con unos extravagantes sombreros de colores y vestidos voluminosos. Quería abrirse camino en el rock n’ roll y el new wave aunque, al mismo tiempo, su estilo bebía del gospel y del rhythm and blues. Su música gustaba, pero no sabían cómo venderla, a ella, como producto musical.
A principios de los noventa, se mudó a Londres convencida de que sería más fácil encajar allí como una afroamericana buscándose la vida. Montó un grupo de rock, compuso nuevas canciones y tuvo éxito en conciertos y programas musicales, pero nunca encontró un sello que le propusiera un acuerdo. Nunca firmó un contrato discográfico y, más allá del dinero que le pagó Demme, nunca recibió regalías por el éxito de Goodbye Horses, que Garvey registró únicamente a su nombre. Los derechos de la grabación, además, acabaron en manos de MGM, que absorbió el catálogo de Orion Pictures, la productora de Casada con todos: la propia Aridjis tuvo que pagar 20.000 dólares al estudio para poder utilizar la canción en su película.
La frustración artística de Luckey y una fallida relación romántica (atención, aquí vienen algunos spoilers del documental) la llevaron a caer en las drogas y, a su regreso a Estados Unidos, se vio involucrada en episodios menores de tráfico de estupefacientes que la dejaron sin hogar y prostituyéndose para sobrevivir y seguir consumiendo. Su desaparición fue en parte impuesta: entró en un centro de rehabilitación estando embarazada de su hijo James y estuvo encerrada hasta que este cumplió los seis años. Salió limpia y recuperó su vida familiar y su trabajo de taxista en Nueva York durante 20 años. Su marido, Bob, y especialmente su hijo, no supieron nada de su vida artística hasta que conocieron a Eva Aridjis y empezaron a rodar —hoy James es el encargado de gestionar la cuenta en Instagram que recuerda a su madre—. “Su hermana y su marido no sabían muchas de las cosas que ella me contó, y las descubrieron al ver el documental”, explica la cineasta. El proyecto tuvo varios giros de guion importantes, el más crucial sin duda se produjo en 2022 con la inesperada muerte de Luckey a raíz de una caída en la que se rompió la pierna y se infectó la herida.
“Desafortunadamente, el hecho de ser mujer afroamericana afectó mucho a la vida de Diane. Desde la falta de oportunidades hasta el trato que recibió en el sistema penal y su muerte en el sistema médico de Estados Unidos. En lo que fue su sentencia por estar vendiendo un pedacito de crack, como ella dice en el documental, su sentencia fue igual a la de un narco vendiendo millones de dólares de cocaína. Para mí fue un shock descubrir que aún en 2022, una mujer de 61 años puede morir en Estados Unidos por sepsis después de romperse la pierna”, denuncia la cineasta, en busca de plataformas que hagan llegar su documental a Europa después de su paso por varios festivales de España y Francia —sí se difunde en Prime Video y Criterion Channel, en el caso de Estados Unidos y Canadá—. La banda sonora, con canciones inéditas de Q Lazzarus, salió en febrero de 2025 bajo el sello Sacred Bones.
La familia de Luckey no ha logrado recuperar los derechos de Goodbye Horses, pero el documental ha permitido a sus fans conocer la historia de esta canción inclasificable, rara, como describe la directora, y con un significado incierto: ¿Es una canción de amor? ¿Espiritual? ¿Filosófica? Parte de su éxito reposa en ese misterio. Y en el de la magnética personalidad de la mujer que encarnó este hito de la música underground.
EL PAÍS
