¿Por qué se ríen de ‘La odisea’ de Christopher Nolan?

1. Lo que más teme un autor, en cualquier campo de la creatividad, es que la obra que produce se convierta en objeto de burla. El capital de ridículo que puede acarrear un libro, una obra de teatro, una pintura o una película equivale a la amenaza de la ruina. Por lo tanto, afrontar las carcajadas públicas requiere valentía y una gran capacidad de adaptación. En este momento, Christopher Nolan, sin embargo, estará sin duda protegido de tales ataques por el triunfo en la taquilla de La Odisea, por las proezas que se cuentan en torno a su producción, los salarios millonarios, los trucos, los episodios entre bastidores, toda esa abundancia de curiosidades y rarezas que espolean la imaginación de los amantes de las grandes producciones.

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 Estamos siendo asaltados por un gran caballo de Troya que alcanza pueblos y países pacíficos sin que podamos hacer nada  

1. Lo que más teme un autor, en cualquier campo de la creatividad, es que la obra que produce se convierta en objeto de burla. El capital de ridículo que puede acarrear un libro, una obra de teatro, una pintura o una película equivale a la amenaza de la ruina. Por lo tanto, afrontar las carcajadas públicas requiere valentía y una gran capacidad de adaptación. En este momento, Christopher Nolan, sin embargo, estará sin duda protegido de tales ataques por el triunfo en la taquilla de La Odisea, por las proezas que se cuentan en torno a su producción, los salarios millonarios, los trucos, los episodios entre bastidores, toda esa abundancia de curiosidades y rarezas que espolean la imaginación de los amantes de las grandes producciones.

Pero si Nolan ha aprendido algo del modelo de conciencia moderna que plasmó en su Ulises, sabrá muy bien que ha rozado el umbral de una obra mayor, sin llegar a alcanzarla, y se sentirá sereno con la distancia a la que se ha quedado. No creo que alguien que haya izado esas magníficas velas rojas sobre el Mediterráneo o haya enterrado al mítico caballo en la arena, no vislumbre que una obra maestra podía estar a su alcance. Si se desvió de ese camino, fue o bien porque el autor de Oppenheimer no consiguió transitar del gran documental biográfico a la poesía, o bien porque prefirió someterse a las leyes comunes del éxito de taquilla, combinando la generosidad de los medios a su disposición con la grandeza que propone la narrativa homérica.

2. Ulises y Jesucristo son las dos figuras míticas que mayores desafíos han presentado a los creadores occidentales. Sus nombres e imágenes impregnan la ficción y nuestro imaginario desde que empezaron a contarse sus historias. Ni siquiera en los albores del positivismo más radical llegó a desaparecer nunca Cristo del horizonte como referencia y personaje. Dostoievski, Kazantzakis o Saramago son solo algunos de los cientos de autores relevantes que lo han abordado en la modernidad. Aunque solo sea para negarlo, Cristo emerge como un ser humano que encarna el modelo de altruismo, el hijo de un dios que se confunde con el propio Dios. Pero en el pecho de Ulises late un corazón humano como cualquier otro que se trasciende a sí mismo mediante la astucia y la ferocidad, sin acceder a ningún tipo de divinidad. Simboliza a todos aquellos que fueron a la guerra, vencieron acabando con sus enemigos, pero regresan a casa conscientes de que toda batalla es una derrota y toda victoria una ilusión. Aparece en la historia 12 siglos antes de Cristo y es contemporáneo del fin de la Edad de Bronce. El director le presta una conciencia melancólica, recalcando la idea de que matar a otros hombres es una ruptura del pacto con Zeus y que tal ferocidad anuncia el fin de una era. Muchos se han reído de Nolan por la melancolía psicótica interpretada por Matt Damon. Desde este punto de vista, creo que toda ironía es injusta.

3. Incluso bajo el enorme paraguas de las grandes producciones, parece como si Nolan concibiera algunas de sus películas como actos de advertencia. Oppenheimer ponía en guardia sobre la inminencia de una guerra nuclear que se cierne sobre nosotros. La Odisea le sirve a Nolan para hablar de los sentimientos perversos de los grandes capitanes de la violencia actual, para mostrar que el desastre final resulta probable si el corazón humano permanece envuelto en la mezquindad de la conquista homérica. El caballo de Troya, que en la película no parece ser de madera sino de metal, tiene un eco futurista que no debe subestimarse. Aun así, está muy lejos del espécimen actual que baliza nuestros días.

La diferencia entre el caballo que Ulises concibió para franquear las murallas de la ciudad sitiada y el caballo que hoy irrumpe en las ciudades en guerra, es que este último ensombrece la Tierra entera y no tiene el vientre cerrado. Las tripas del caballo que nos asalta día tras día no tienen límites, están abiertas de par en par, y de su interior salen misiles balísticos intercontinentales, no soldados que empuñan hachas. El caballo de hoy apoya sus pezuñas en muchos lugares y avanza por todo el globo, sin silencio ni secretismo, desorientando al planeta. Todos sabemos que estamos siendo asaltados por un gran caballo de Troya que alcanza pueblos y países pacíficos sin que podamos hacer absolutamente nada. Permanecemos dentro de las murallas de nuestras ciudades, con las puertas abiertas de par en par, impotentes, esperando el asalto. Las frases que elige Nolan, muchas de las cuales vuelven ampuloso el texto original, son mensajes dirigidos a la arbitrariedad del mal que nos aqueja. La intención correctiva de Nolan resulta también de lo más evidente en su manera de abordar la xenofobia al dotar a Helena del papel simbólico de una mujer negra en cuyo rostro la guerra de Agamenón ha dejado una profunda cicatriz. Personalmente, la figura de Lupita Nyong’o destruye la imagen que he construido de Helena a lo largo de mi vida, pero entiendo a quién va dirigido el mensaje y la advertencia que implica.

Del mismo modo que me tomo en serio y observo con emoción la imagen de los muertos que se levantan del infierno para acusar y perseguir a Ulises. No sé en qué estaría pensando Nolan, pero sé lo en lo que me hace pensar a mí: a los violentos de hoy, cuyos nombres lucen bien visibles en los rótulos de los conflictos armados en diversas regiones del planeta, no les vendría mal una visita al infierno. Ante ellos se levantarían no cientos ni miles, sino millones de espectros errantes, lamentando haber sacrificado sus vidas en vano. No hay pantalla que pueda contener el número de sus víctimas. Pero puesto que conocemos los rostros de quienes lo ordenaron, no parece que ninguno de ellos tenga la dignidad de este Ulises para declararse culpable.

4. No deja de ser cierto que Nolan podría haber evitado algunos motivos de repulsión que ofenden incluso al espectador común. El choteo que provoca el pobre Argos, convertido en un perro sarnoso —y luego en un podenco portugués—, le resta gravedad a la película. Hay una clara concesión al gusto del espectador adicto a la histeria visual para saciar la garganta profunda de un público masivo, que solo se consuela con escenarios dignos de las pinturas del Bosco. ¿Y el sonido?

Al principio, nos advierten de que el cine de nuestra ciudad no está preparado para el IMAX. La banda sonora se vuelve entonces ensordecedora y atronadora. Cuando por fin hay una pausa, en la penumbra de la sala, se oye a los roedores de palomitas mientras las devoran frenéticamente. Es una pena, una verdadera pena, y lo digo sin ironía, que Nolan y otros grandes directores, con tanto talento en la cabeza como dinero en el bolsillo, se dejen llevar por la tentación de hacer películas para los devoradores de palomitas en lugar de mantener el nivel que anuncian sus mejores momentos poéticos.

5. Aun así, a pesar de estos deslices, volveré a esta película. La suma que me ofrece es mucho mayor que la valoración de sus partes. Olvidaré que los actores tienen los contoneos de pistoleros del Oeste, y haré caso omiso a que las expresiones faciales de los mediterráneos siguen siendo contenidas hoy en día, y de que su mirada penetrante no parpadea, se mantiene fija. Disculparé, sobre todo, que no se haya comprendido que la vocinglera inmersión estereofónica no corresponde a una virtud. El arte es representación y requiere distancia del objeto. Mientras que la inmersión invita al combate, el arte invita a lo sublime, lo que implica contemplación. Volveré a ver La Odisea de Nolan. Lo haré por el valor de su totalidad, siguiendo el consejo que da George Steiner en relación con los libros: el de entrar en ellos como se hace en casa de un amigo. Respetando la perfección y la imperfección, comprendiendo lo que se ha logrado y olvidando lo que quedó por el camino.

 EL PAÍS

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