No hace tanto que la clase trabajadora le hablaba de usted a casi todo el mundo. Era algo que trascendía el respeto entre temeroso y reverencial que se le tenía a la autoridad, ya fuera del patrón o el médico, cuyos nombres iban precedidos de un “don” por lo común masculino, en el que también subyacía la impotencia ignorante y la sumisión obligada a un poder muchas veces abusivo. Si exceptuamos a los menores, la gente humilde no tuteaba a un desconocido, a un vecino con quien no tuviera confianza o a un simple compañero de oficio. Tampoco hacía falta ser aquel maestro de Albert Camus que convenció a su madre —una mujer de la limpieza sorda y analfabeta— con objeto de que el niño continuase los estudios, y a quien el autor de El hombre rebelde recordaría en una emocionante carta tras recibir el Premio Nobel, para que los padres mostraran una admiración, una gratitud y un respaldo incondicional hacia los profesores de sus hijos.
Además de echarnos a la calle a defender lo que es justo, quizás no estaría mal tomarse volver a la cortesía y la atención
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Además de echarnos a la calle a defender lo que es justo, quizás no estaría mal tomarse volver a la cortesía y la atención


No hace tanto que la clase trabajadora le hablaba de usted a casi todo el mundo. Era algo que trascendía el respeto entre temeroso y reverencial que se le tenía a la autoridad, ya fuera del patrón o el médico, cuyos nombres iban precedidos de un “don” por lo común masculino, en el que también subyacía la impotencia ignorante y la sumisión obligada a un poder muchas veces abusivo. Si exceptuamos a los menores, la gente humilde no tuteaba a un desconocido, a un vecino con quien no tuviera confianza o a un simple compañero de oficio. Tampoco hacía falta ser aquel maestro de Albert Camus que convenció a su madre —una mujer de la limpieza sorda y analfabeta— con objeto de que el niño continuase los estudios, y a quien el autor de El hombre rebelde recordaría en una emocionante carta tras recibir el Premio Nobel, para que los padres mostraran una admiración, una gratitud y un respaldo incondicional hacia los profesores de sus hijos.
La mala educación parecía relegada a cierto lumpemproletariado marginal o a los estratos más favorecidos, que aun hablando también de usted apenas ocultaban la hipocresía berlanguiana en su trato con el pobre y la falta de respeto por el prójimo que se antoja como una marca imperecedera del clasismo. No es solo cuestión de guardar las formas. A veces, ni resulta necesario, como sigue ocurriendo con el sarcasmo y la burla contra el débil de Isabel Díaz Ayuso y su entorno. Sin embargo, más allá de la vulgar marrullería digital de la derecha, la desconsideración se ha extendido, como signo notorio del presente, a cualquier segmento social: se revelan unos audios de Florentino Pérez y resulta que, en privado, el adalid del señorío habla con la zafiedad de los delincuentes de Sherwood; un político de izquierdas duplica en cada comparecencia el género de todos los sustantivos y adjetivos, y luego escribe unos whatsapps rancios, chabacanos y machistas; un profesor le pide por favor a un alumno en clase que tire el chicle y este le responde que a él qué le importa, si no molesta a nadie; una pareja entra en el ascensor de un supermercado y, aunque ven que detrás llega una mujer cargada y con el carrito de un bebé, no hacen nada para evitar que se le cierre la puerta; en una rotonda con mucho tráfico, nadie cede el paso voluntariamente; tras la charla de un reputado catedrático, un universitario levanta la mano y, antes de formular su pregunta, dice sin conocerlo de nada: “Felicidades por tu conferencia”; uno se atreve a consultarle algo a alguien y es difícil que le contesten con cordialidad pero, sobre todo, mirándole a los ojos, porque lo más común es que ese alguien no desvíe la vista de la pantalla del móvil.
Si hoy las generaciones más jóvenes no saben hablar de usted ni conjugar los verbos en esa persona, no solo se debe a que sus padres hayan dejado de hacerlo y nunca les hayan enseñado, sino también a que la mayoría de progenitores han vedado la alternativa de que cualquier otro adulto pueda corregir a sus hijos en público. En la sociedad española, la cortesía cada vez va quedando más reducida a los inmigrantes latinoamericanos. Pero no se trata únicamente de afear el tuteo: hay respuestas dignas que justifican la insolencia de defender un derecho conquistado, que revelan la valentía insumisa de no transigir con la condescendencia o el exceso de poder; lo que ocurre es que, demasiado a menudo, ese derecho se confunde con una sensibilidad extremada, no sin impostura, que tiene más del narcisismo del “porque yo lo valgo” que de verdadero agravio.
En estos tiempos nihilistas de egoísmo desbocado, además de echarnos a la calle a defender lo que es justo, quizás no estaría mal tomarse la cortesía y la atención —que, para Simone Weil, era el modo más puro e infrecuente de generosidad— como una forma de rebeldía. Porque puede que no haya una idea más subversiva para combatir las obscenidades a las que nos hemos acostumbrado que hacerle la vida lo más agradable posible al otro: que dar y responder los buenos días con una sonrisa y una mirada franca; que contestar de forma breve aunque amable a un correo electrónico, sin que eso signifique sucumbir al chantaje de lo inmediato; que ejercer la bondad con discreción en la medida de nuestras posibilidades. Cuando los periodistas le preguntaron después del Nobel cómo se podía cambiar el mundo, un Albert Camus cansado y aislado por la intelligentsia parisina debido a su denuncia del totalitarismo soviético y su postura ante Argelia, acudió a una expresión muy utilizada en francés: “Que chacun fasse son travail”. Que cada uno haga su trabajo, que cada persona asuma sus propias tareas y obligaciones sin interferir en las de los demás ni depender de que otros las resuelvan. Con respeto y cortesía. Con la educación admirable de la gente trabajadora de otra época. Con el tacto de los inmigrantes hispanoamericanos más modestos de la nuestra.
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