Chris Wickham, un medievalista universal

Hace años, en un congreso de historia, alguien tuvo la idea de que los asistentes echaran una moneda a un bote común cada vez que se citaba el nombre de Chris Wickham (1950-2026). Les dio suficiente para pagarse varias rondas en un bar después de las sesiones. La anécdota ilustra hasta qué punto la obra de Chris Wickham, fallecido el pasado 9 de octubre, ha marcado el estudio de la Edad Media. Nadie como él sabía conectar épocas, regiones o temas y plasmarlo en deslumbrantes interpretaciones. Podía hacerlo porque sus conocimientos eran tan vastos que asombraban hasta a los especialistas más avezados. Manejaba papiros árabes o documentos de la Genizá de El Cairo con la misma solvencia con la que indagaba en los polípticos carolingios, en los statuti comunali de ciudades medievales italianas o en los pipe rolls ingleses, y sabía destilar hasta la última gota de crónicas latinas, árabes o bizantinas para extraer cuanto ayudara a entender las sociedades en las que vivían sus autores.

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 Hace años, en un congreso de historia, alguien tuvo la idea de que los asistentes echaran una moneda a un bote común cada vez que se citaba el nombre de Chris Wickham (1950-2026). Les dio suficiente para pagarse varias rondas en un bar después de las sesiones. La anécdota ilustra hasta qué punto la obra de Chris Wickham, fallecido el pasado 9 de octubre, ha marcado el estudio de la Edad Media. Nadie como él sabía conectar épocas, regiones o temas y plasmarlo en deslumbrantes interpretaciones. Podía hacerlo porque sus conocimientos eran tan vastos que asombraban hasta a los especialistas más avezados. Manejaba papiros árabes o documentos de la Genizá de El Cairo con la misma solvencia con la que indagaba en los polípticos carolingios, en los statuti comunali de ciudades medievales italianas o en los pipe rolls ingleses, y sabía destilar hasta la última gota de crónicas latinas, árabes o bizantinas para extraer cuanto ayudara a entender las sociedades en las que vivían sus autores. Seguir leyendo  

Hace años, en un congreso de historia, alguien tuvo la idea de que los asistentes echaran una moneda a un bote común cada vez que se citaba el nombre de Chris Wickham (1950-2026). Les dio suficiente para pagarse varias rondas en un bar después de las sesiones. La anécdota ilustra hasta qué punto la obra de Chris Wickham, fallecido el pasado 9 de octubre, ha marcado el estudio de la Edad Media. Nadie como él sabía conectar épocas, regiones o temas y plasmarlo en deslumbrantes interpretaciones. Podía hacerlo porque sus conocimientos eran tan vastos que asombraban hasta a los especialistas más avezados. Manejaba papiros árabes o documentos de la Genizá de El Cairo con la misma solvencia con la que indagaba en los polípticos carolingios, en los statuti comunali de ciudades medievales italianas o en los pipe rolls ingleses, y sabía destilar hasta la última gota de crónicas latinas, árabes o bizantinas para extraer cuanto ayudara a entender las sociedades en las que vivían sus autores.

El talento de Chris Wickham no era, sin embargo, el de un simple erudito. Todo su trabajo se cimentaba en la mejor tradición del materialismo histórico, a la que hizo también aportaciones de primer orden. Incluso los críticos más acérrimos de esta corriente no tienen más remedio que rendirse ante la brillantez de su trabajo. Como buen materialista, Wickham sabía que hay vida más allá de los documentos, y por eso buscaba también la huella de las sociedades medievales en su registro arqueológico. Era incansable. Tenía noticias de lo aparecido hasta en las más remotas excavaciones, y discutía con autoridad sobre producción e intercambios de cerámicas norteafricanas tardoantiguas, sobre técnicas del vidriado de la cerámica andalusí o sobre la procedencia de los bacini que adornan las fachadas de iglesias medievales en Italia.

Con todo este bagaje, y tras haber publicado libros fundamentales sobre el campesinado y las ciudades de la Italia medieval, Chris Wickham sorprendió en 2005 con la aparición en inglés de su monumental Una historia nueva de la Alta Edad Media. Europa y el mundo mediterráneo, 400-800. Aquello coincidió con su nombramiento como profesor de la cátedra Chichele de la Universidad de Oxford. Muchos entendieron entonces por qué hasta el más tímido de los doctorandos encontraba en él a un interlocutor que escuchaba con tal atención que hacía sentir importante su investigación, por muy recóndito que fuera el tema. Basado en una apretada bibliografía de más de 100 páginas, Wickham explicaba en ese libro las transformaciones sociales y económicas ocurridas en Europa, norte de África y Asia desde el fin del Imperio Romano hasta el siglo IX, haciendo dialogar infinidad de textos y materiales arqueológicos de una forma que nadie había sabido hacer hasta entonces. Cuatro años después, y también traducido a nuestra lengua, El legado de Roma. Una historia de Europa de 400 a 1000 completaba esa obra trazando el cuadro político de uno de los periodos más fascinantes y cambiantes de la historia humana.

Cuando me preguntan cómo distinguir la buena historia de toda esa morralla sobre el pasado con la que hoy nos atosigan creadores de contenido al servicio de agendas políticas, siempre respondo que lo mismo ocurre con el vino: una vez que se prueba un buen caldo se hace difícil tolerar uno peleón. Hagan la prueba con otro de los libros de Chris Wickham traducidos a nuestra lengua: Europa en la Edad Media. Una nueva interpretación, donde sus intenciones quedan claras desde el principio: “La historia no es teleológica, no va a ninguna parte, sino que, al contrario, procede de algún sitio”. No se trata, pues, ni de elucubrar sobre los orígenes de Europa, ni de cumplir “el viejo anhelo de que la historia nos ofrezca lecciones morales, épocas admirables, héroes y villanos”, sino de demostrar que la “pletórica energía” de los 1.000 años de cambios producidos entre el 500 y el 1500 resultan interesantes por sí mismos.

Tras haber publicado numerosos artículos especializados, como esa joya en la que demuestra que el cotilleo en las aldeas medievales funcionaba para construir memorias y resistencias campesinas, o libros en coautoría, como el que sentó las bases para abordar el estudio global de la Edad Media, Chris Wickham podía haberse sentado a disfrutar del reconocimiento y los honores que le llovían por doquier. No ocurrió así. En 2023, publicó en inglés su grandioso El asno y la nave. La economía mediterránea de 950 al 1180, secuela del anterior y convertido en un clásico instantáneo. Cuando estaba dando los toques finales de este libro, reunió en Belfast a distintos especialistas con motivo de las Conferencias Wiley de esa universidad, pidiéndonos ser inmisericordes con las críticas. Tras largas y apasionadas discusiones, hubo que rendirse a la evidencia. Wickham había navegado en una nave repleta de datos históricos que recalaba por todo el Mediterráneo poniendo patas arriba todo lo hasta entonces sabido sobre la llamada “revolución comercial de la Edad Media”.

Chris Wickham nunca quiso ser un historiador mediático, no porque lo despreciara, sino porque pensaba que su misión era otra. Militó en el Partido Laborista y en la lucha sindical opuesta a los recortes que sufre la Universidad británica desde hace décadas. Ayudaba de mil maneras a cualquier investigador que quisiera afianzar su carrera o discutir su trabajo con él. Respetado de forma unánime, sus amigos le querían como a un familiar cercano. No todos los días uno llega a conocer a un historiador universal.

Eduardo Manzano Moreno es profesor de investigación del CSIC. Sus últimos libros son España monumental (Crítica, 2025) y España diversa (Crítica, 2024).

 EL PAÍS

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