Muere Juan Lebrón, un productor sin límites

El productor Juan Lebrón en una fotografía de 2011.

Solo quien se ha pateado el mundo sabe que lo mejor está en casa. Solo quien ha vivido haciendo maletas y viajando a lugares extraños sabe que el anclaje principal de la vida está en los amigos. Juan Lebrón tenía estas claves vitales muy claras, cultivaba con afán las amistades y sabía viajar sin parar, aunque fuese en sueños.

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 Desde su mirador de las playas de Rota promovió el mayor banco de imágenes jamás realizado sobre Andalucía. Su trabajo abarca desde la serie ‘Verano azul’ hasta ‘Flamenco’ de Carlos Saura  

Solo quien se ha pateado el mundo sabe que lo mejor está en casa. Solo quien ha vivido haciendo maletas y viajando a lugares extraños sabe que el anclaje principal de la vida está en los amigos. Juan Lebrón tenía estas claves vitales muy claras, cultivaba con afán las amistades y sabía viajar sin parar, aunque fuese en sueños.

Apareció un día por Nueva York, con un cuerno de marfil al cuello y una cámara al hombro, y no paró hasta conquistar a todos y cada uno de los que formábamos aquella diáspora americana de los ochenta. La escena emblemática sucedió en Frank Trattoria, que no era un restaurante tan italiano como el nombre haría creer, sino más bien una tasca española que servía langostas de Maine. Periodistas como Julián Martínez, músicos como Xavier Ribalta y otros más nos reunimos en torno a Rafael Alberti, el poeta comunista de Cádiz que por fin obtenía visado para los Estados Unidos. La noche tuvo su historia, y allí estaba Juan Lebrón para contarla.

Juan paseó a Alberti y su pareja italiana del momento por Manhattan. Y aquella mezcla de la ciudad de rascacielos y el embrujo gaditano, prendió de tal manera en él que, contra todo pronóstico, aquel hombre de los mil viajes volvería a su Andalucía, a la bahía de Cádiz para tramar algunas de las películas más sonadas de la producción andaluza del siglo XX.

Juan fue un hombre muy viajado y eso le llevó a no sentir límites ni en lo personal, ni en lo profesional. Nada le parecía suficiente cuando se trataba de conseguir lo mejor para una producción. En aquella España ochentera en balbuciente crecimiento, él conocía lo que se hacía fuera y por eso promovió utilizar los recursos allá donde estuvieses, Londres, Roma o Nueva York.

Conocía a fondo los equipos de imagen desde sus trabajos para series míticas como El hombre y la tierra de Félix Rodríguez de la Fuente, o el Verano Azul de Antonio Mercero. Su verdadera pasión eran las cámaras, los equipos de filmados en los que conoció lo que es la camaradería en el trabajo audiovisual. De ahí salieron también muchos de sus colaboradores futuros, porque el afán de Juan Lebrón era rodearse de los mejores profesionales, haciéndoles siempre sus amigos.

Tramamos juntos dar a las promociones de la Expo 92 de Sevilla una aire nuevo, activo y renovador, de acuerdo con el nuevo reto de país que suponía aquel evento modernizador en todos los sentidos. Antes de que el AVE conectase Madrid y Sevilla, Juan nos embarcaba junto a directores como Antonio Betancourt y José Luis Borau para que aquel evento contase con los mejores. Su casa del barrio de Santa Cruz se convirtió en un lugar mítico de encuentros y producciones, con la ayuda inestimable de su gran colaborador Carlos Regidor, tristemente fallecido en plena juventud.

Asumió un reto descomunal, el de llevar el flamenco al cine con unos niveles de autoexigencia en la producción que se han demostrado fundamentales para preservar el tesoro del cante, la baile y la guitarra con las mejores calidades. Sus películas Sevillanas y Flamenco son dos hitos en la historia del cine y del arte. Para ello embarcó al director Carlos Saura, a José Luis Alcaine, Vittorio Storaro, y a las más grandes figuras del momento, desde Lola Flores a Camarón. No escatimó en nada y por eso arrasó con los premios y cimentó una posición primordial en la historia del flamenco llevado al cine.

Devoto de su tierra, desde su mirador de las playas de Rota promovió el mayor banco de imágenes jamás realizado sobre Andalucía, rodado de nuevo con los medios más profesionales, desde helicópteros con cámaras estabilizadas a directores de fotografía solidos como Berraquero, para dejarnos memoria eterna de una tierra, su tierra, en 35 mm. De ahí salió el gran catálogo de bellísimas imágenes que con acierto se tituló Andalucía es de cine. Y con la colaboración del director Manuel Gutiérrez Aragón concibió el relato cuidadoso y magno de la inabarcable Semana Santa de Sevilla, marcado otro hito en la producción.

Aquellos sueños que compartimos en nuestro apartamento del Greenwich Village de Nueva York al inicio de los ochenta, Juan los mantuvo vivos hasta el final. Siempre soñaba con nuevas aventuras cinematografías, desde el Flamenco en Harlem a Charlize Theron presentando sus grabaciones de flamenco.

Hasta el último momento en cada una de sus constantes llamadas a los amigos nos contaba su nueva ilusión. Lástima que muchas quedasen en el fulgor de la idea por la incomprensión de los medios del momento dedicados a producciones de andar por casa, sin la trascendencia y calidad que Juan quiso dar a toda su obra. Un productor que felizmente no tenía limite.

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