El público que abarrota el Teatro de la Abadía de Madrid para ver Las gratitudes, adaptación de la exitosa novela de la autora francesa Delphine de Vigan, seguramente sean en buena parte lectores del libro. Con eso cuentan las producciones basadas en superventas. Pero también con el batacazo si no cumplen las expectativas. No es el caso. Hasta podría pensarse que la protagonista fue escrita para Gloria Muñoz. Muchos espectadores salen con los ojos de haber llorado.
La actriz borda a la protagonista de la novela superventas de Delphine de Vigan en una adaptación teatral que se precipita hacia el sentimentalismo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
La actriz borda a la protagonista de la novela superventas de Delphine de Vigan en una adaptación teatral que se precipita hacia el sentimentalismo


El público que abarrota el Teatro de la Abadía de Madrid para ver Las gratitudes, adaptación de la exitosa novela de la autora francesa Delphine de Vigan, seguramente sean en buena parte lectores del libro. Con eso cuentan las producciones basadas en superventas. Pero también con el batacazo si no cumplen las expectativas. No es el caso. Hasta podría pensarse que la protagonista fue escrita para Gloria Muñoz. Muchos espectadores salen con los ojos de haber llorado.
Gloria Muñoz es una de esas actrices veteranas que han hecho de todo sin meter ruido. Admiradas, respetadas, queridas, pero sin aspavientos. Quizá sea este el papel por el que muchos la recuerden. Da gusto ver cómo trabaja el deterioro progresivo del personaje, la pérdida del habla, la movilidad. Con sutileza, sin efectismos. Empieza con pequeños síntomas de la afasia, palabras sueltas que se le escapan o confunde, pero erguida y peleona. Al final de la función, casi sin darnos cuenta, no puede pronunciar una frase entera. El cuerpo encogido, el gesto débil.

El personaje se llama Michka y es una anciana que ingresa en una residencia porque ya no puede vivir sola. No tiene familia, pero hay una joven (Macarena Sanz) que la quiere y la visita. La crio prácticamente ella, su madre era vecina y tenía a la niña medio abandonada. Eso lo vamos descubriendo en conversaciones en la habitación de la residencia. Además, nos enteramos de que los padres de Michka murieron en un campo de concentración nazi. También la visita un logopeda (Rómulo Assereto) al que coge cariño y le cuenta cosas.
La novela se presta bien al teatro porque tiene muchos diálogos, pero no da para mucho desarrollo dramático. Lo mejor son precisamente los diálogos, a través de los cuales se manifiesta el deterioro de la protagonista; por cierto, traducidos con mucha pericia por Pablo Martín Sánchez. Eso lo borda Gloria Muñoz. Sus compañeros de reparto cumplen con corrección.
El director Juan Carlos Fisher, últimamente omnipresente en las tablas españolas, vuelve a demostrar su buena mano en la dirección de actrices: recordemos a Victoria Luengo en Prima Facie o Aitana Sánchez-Gijón en La madre. Aquí tira del estilo que acostumbra. Puesta en escena limpia, casi minimalista, bien apoyada en la iluminación y el sonido para transmitir las turbulencias de la mente de Michka. Pero se le va la mano con los subrayados musicales y el final se precipita hacia el sentimentalismo. La suerte es que Gloria Muñoz no.
Texto original: Delphine de Vigan. Dirección: Juan Carlos Fisher
Traducción: Pablo Martín Sánchez
Reparto: Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto
Teatro de la Abadía. Madrid. Hasta el 10 de mayo
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