Todo empezó con un brindis. Nada menos que Nora Ephron, la añorada escritora, periodista y cineasta, fue quien levantó la copa de champán y dijo: “Solo estoy aquí para decirte que pasan grandes cosas tras cumplir los cincuenta”. Ella sabía de lo que hablaba: el primer largometraje de su icónica filmografía lo dirigió a los 51. La anfitriona de la fiesta, Rita Wilson, tomó nota del consejo y decidió perseguir el sueño que le había acompañado desde que tenía memoria, “su primer flechazo” cuando todavía era una niña: convertirse en cantante. Ahora, a sus 69 años, Wilson presenta su sexto álbum de estudio, Sound of a Woman, demostrando que sí que es posible encontrar una segunda vida artística más allá de la edad de jubilación. Un giro vital que ha cautivado a figuras como Michelle Obama, quien afirmó: “Su disco me ha dejado sin palabras. Es hermoso, vulnerable y un poderoso ejemplo de cómo el arte puede dejar una huella profunda”.
Todo empezó con un brindis. Nada menos que Nora Ephron, la añorada escritora, periodista y cineasta, fue quien levantó la copa de champán y dijo: “Solo estoy aquí para decirte que pasan grandes cosas tras cumplir los cincuenta”. Ella sabía de lo que hablaba: el primer largometraje de su icónica filmografía lo dirigió a los 51. La anfitriona de la fiesta, Rita Wilson, tomó nota del consejo y decidió perseguir el sueño que le había acompañado desde que tenía memoria, “su primer flechazo” cuando todavía era una niña: convertirse en cantante. Ahora, a sus 69 años, Wilson presenta su sexto álbum de estudio, Sound of a Woman, demostrando que sí que es posible encontrar una segunda vida artística más allá de la edad de jubilación. Un giro vital que ha cautivado a figuras como Michelle Obama, quien afirmó: “Su disco me ha dejado sin palabras. Es hermoso, vulnerable y un poderoso ejemplo de cómo el arte puede dejar una huella profunda”. Seguir leyendo
Todo empezó con un brindis. Nada menos que Nora Ephron, la añorada escritora, periodista y cineasta, fue quien levantó la copa de champán y dijo: “Solo estoy aquí para decirte que pasan grandes cosas tras cumplir los cincuenta”. Ella sabía de lo que hablaba: el primer largometraje de su icónica filmografía lo dirigió a los 51. La anfitriona de la fiesta, Rita Wilson, tomó nota del consejo y decidió perseguir el sueño que le había acompañado desde que tenía memoria, “su primer flechazo” cuando todavía era una niña: convertirse en cantante. Ahora, a sus 69 años, Wilson presenta su sexto álbum de estudio, Sound of a Woman, demostrando que sí que es posible encontrar una segunda vida artística más allá de la edad de jubilación. Un giro vital que ha cautivado a figuras como Michelle Obama, quien afirmó: “Su disco me ha dejado sin palabras. Es hermoso, vulnerable y un poderoso ejemplo de cómo el arte puede dejar una huella profunda”.
La historia de reinvención de Rita Wilson es singular incluso para los excéntricos estándares de la meca del cine. Durante décadas ha sido famosa, pero sin ocupar del todo el foco mediático; su cara le suena al espectador, pero lo de acertar con el nombre de pila es otra cosa. Es actriz, sí, con trabajos tan relevantes como Algo para recordar o Girls, en la que daba vida a la madre de Marnie (Allison Williams). También productora de éxitos como Mi gran boda griega o Mamma Mia! y una figura de poder silencioso en Hollywood que cuenta entre sus amistades más íntimas a personalidades como la ex primera dama, Bruce Springsteen o Demi Moore. Para la prensa no especializada, Wilson es sobre todo la mujer de Tom Hanks, la otra mitad del que probablemente sea el matrimonio más longevo y emblemático de la industria del cine estadounidense. Pero mientras el protagonista de Forrest Gump es denominado como el “papá de América”, la que por pura lógica debería ser la madre ha crecido en los márgenes mediáticos. Ahora, la mujer que ya lo tenía todo, decide ser la protagonista de su propia narrativa transformando toda esa experiencia acumulada en materia prima creativa. “Es en esta etapa de mi vida en la que por fin estoy encontrando mi propia voz, tanto metafórica como literalmente”, corrobora ella misma en una entrevista enThe Independent.

Hollywood no se lo ha puesto fácil para hallarla. La propia Wilson reconoce que estaba cansada de interpretar siempre el mismo personaje: el de madre y esposa “cariñosa, amable y protectora”. Ese rol de reparto que ejerce como mejor amiga incondicional de la protagonista, sin mayor trabajo que escuchar los dilemas que los Hanks (Algo para recordar), Pfeiffer (Historia de lo nuestro) o Streep (No es tan fácil) de turno se traen entre manos para que el espectador tenga claro el rumbo de la historia. “Lamento haber permitido que otras personas definieran quién era yo. Habría encontrado mi voz mucho antes si no hubiera tenido esa necesidad tan grande de complacer a todo el mundo”, sostiene.
A pesar de su muy privilegiada realidad, con una fortuna en común estimada en unos 500 millones de dólares, Wilson no siempre lo ha tenido fácil. Su padre huyó de un campo de trabajos forzados en una mina de la Bulgaria comunista y llegó en un barco de carga a Nueva York en 1949. Encontró trabajo como camarero y unos meses después, en un baile organizado por la comunidad de inmigrantes balcánicos de la ciudad, conoció a la madre de Rita, Dorothea, de ascendencia griega. La pareja no tardó en mudarse a Los Ángeles y criaron a sus tres hijos a apenas una manzana de distancia de Hollywood Boulevard. En enero de 1972, con solo 14 años, Wilson ejerció por primera vez como modelo, apareciendo en las páginas de Harper’s Bazaar. Ese mismo año debutó como actriz en la icónica serie La tribu de los Brady, papel que consiguió por casualidad ya que solo acudió al casting como acompañante de un amigo, otro cliché clásico en la industria. “Los productores de la serie me vieron esperando y me preguntaron si quería probar para el rol de animadora”, confesó. Aunque nunca fue una gran estrella generacional, no dejó de trabajar desde entonces.

Una de las series en las que participó fue la sitcom Bosom Buddies, protagonizada por un prometedor pero semidesconocido actor llamado Tom Hanks. Él por entonces estaba casado con su primera mujer, la también intérprete Samantha Lewes (madre de sus hijos Colin y Elizabeth) y, pese a la química instantánea entre ellos, solo forjaron una amistad. El amor definitivo surgió unos años después, también en el set de rodaje. Junto a John Candy, la pareja protagonizó la comedia Voluntarios, en la que Hanks interpretaba a un joven heredero malcriado y mujeriego que se marchaba a Tailandia junto a miembros de los cuerpos de paz para huir de unas deudas de juego. Así explicaba el flechazo el ganador del Oscar en la revista GQ: “Rita y yo simplemente nos miramos y, ¡pum!, eso fue todo. Le pregunté a Rita si para ella también era algo real, y simplemente era innegable”. Hanks consiguió el divorcio en 1987 y pasaron por el altar un año después. Treinta y ocho años juntos sin grandes escándalos públicos, sin separaciones dramáticas y sin convertir nunca su relación en un espectáculo permanente. Su longevidad emocional es una anomalía estadística en la meca del cine que la propia Wilson compara de manera sarcástica con “110 años en la vida de un perro”. Preguntada sobre su secreto, siempre se ha mostrado pragmática: “nunca irse a la cama enfadados”, “permitir a la otra parte evolucionar y crecer” y, ante todo, “no divorciarse”.
Ese equilibrio doméstico, sin embargo, convivió con momentos mucho más difíciles, especialmente en el plano familiar. El caso más visible fue el de Chet Hanks, el tercero de los cuatro hijos del matrimonio, que desde la adolescencia copó titulares por sus problemas con las drogas, diferentes acusaciones de abuso y una carrera como rapero cargada de iconografía de extrema derecha. Hoy, aparentemente rehabilitado, agradece y elogia a sus padres públicamente por apoyarlo en “las duras y en las maduras”. Wilson ha evitado convertir esos conflictos en contenido mediático, pero sí ha hablado de la dificultad de criar hijos bajo el escrutinio constante de Hollywood.

La experiencia más dura de la vida de la artista terminó inspirando también este nuevo salto artístico hacia la música. En 2015 anunció que padecía cáncer de mama y que debía someterse a una doble mastectomía. Acostumbrada a proyectar una imagen luminosa y estable, habló entonces sin demasiados rodeos sobre el miedo, la muerte y la vulnerabilidad. También explicó que una de las cosas que más le sorprendió durante aquel tiempo fue la reacción de su marido: “¿Quién diría que esto nos iba a acercar?, nunca se sabe cómo su cónyuge va a reaccionar en una situación como esta, yo me quedé sorprendida, impresionada por la atención que me dio Tom”. Esa dura etapa con la enfermedad inspiró directamente una de las canciones de su nuevo disco, Sound of a Woman. En Whose Body Is This?, Wilson aborda el proceso de reconciliación que muchas mujeres experimentan con su cuerpo tras una operación de este tipo. También escribe y canta sobre la familia, los errores, la amistad, el envejecimiento o el duelo; todo el arco vital de una mujer de casi setenta años que ya no necesita pedir permiso para ocupar el centro del plano.
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