Quizás alguien la había inventado antes; si no, podríamos afirmar que la palabra letrateniente fue formulada —pensada, que no dicha— por primera vez el lunes de la Semana Santa de 1979 a eso de las nueve y media de la noche, en aquella fonda tan racial de las afueras de la ciudad de Elche. Y que sólo sería pronunciada en voz alta un par de horas después.
Quizás alguien la había inventado antes; si no, podríamos afirmar que la palabra letrateniente fue formulada —pensada, que no dicha— por primera vez el lunes de la Semana Santa de 1979 a eso de las nueve y media de la noche, en aquella fonda tan racial de las afueras de la ciudad de Elche. Y que sólo sería pronunciada en voz alta un par de horas después. Seguir leyendo
Quizás alguien la había inventado antes; si no, podríamos afirmar que la palabra letrateniente fue formulada —pensada, que no dicha— por primera vez el lunes de la Semana Santa de 1979 a eso de las nueve y media de la noche, en aquella fonda tan racial de las afueras de la ciudad de Elche. Y que sólo sería pronunciada en voz alta un par de horas después.
Pino Solanas, el gran director de cine argentino, preparaba una película sobre la vida de Miguel Hernández y yo, jovencito de mí, era su asistente. Estábamos allí para cumplir con el contrato que Solanas había firmado con los herederos de Hernández —la viuda y el hijo— por los derechos de autor de los poemas que la película incluiría: el pago de unos royalties según la cantidad de público y la obligación de mandarles el guion para que lo aprobaran.
La viuda vivía en uno de esos edificios de ladrillo visto con que el franquismo atacó las ciudades españolas en los años sesenta: calle de los Desamparados, Elche. Era una mujer chiquita vestida de negro que, tras abrirnos, volvió a su asiento y su tejido; detrás de ella, en la pared, un afiche enmarcado reproducía un poema que su marido le había escrito en la guerra: “Morena de altas torres, alta luz y ojos altos, / esposa de mi piel, gran trago de mi vida, / tus pechos locos corren hacia mí dando saltos / de cierva concebida” —decía, y parecía imposible que la morena de los saltos fuera ella. Yo era tan joven que todavía me sorprendía la crueldad de la vejez. Y más nos sorprendió cuando sacó el guion que le habíamos mandado y seria, seca, nos mostró que había tachado todas las escenas donde había siquiera un roce de manos entre “ella” —en la ficción, Ángela Molina— y “él” —José Luis Gómez. Solanas no sabía qué decir: la película, así, no podría hacerse.
Fue entonces cuando llegó el otro heredero: Miguel Hernández Manresa, el protagonista de las Nanas de la cebolla —“En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba…”—, era un macarra de treinta y tantos y pantalón ajustado de terciopelo verde, camisa abierta sobre el pecho, cadena plateada de eslabones gruesos, botas negras con puntas de metal, mucha gomina. En cuanto entró entendió lo que pasaba; le dijo a Pino que quería decirle algo y se lo llevó a un rincón del saloncito; yo los seguí en silencio.
—No hagáis caso a mi madre, ya está muy mayor. No, lo que tenéis que hacer en la película es poner mucha tía en pelotas, para que vaya gente al cine…
Dijo, y después nos invitó a cenar arroz con costra, marejadas de chorizo y huevo, en dicha fonda recia. Durante la cena este Miguel Hernández se quejó mucho de que el mecánico no había terminado de arreglarle el Jaguar y que Cuba no le pagaba los derechos de autor y que les iba a prohibir que siguieran publicando a su papá, malditos rojos. Este hombre vivía de la belleza que había creado un hombre tan distinto, casi opuesto; entonces se me cruzó, para definirlo, la palabra: era un letrateniente. Un señor que hereda una riqueza por la que no ha hecho nada. Este no había heredado tierras sino letras y las administraba como cualquier finca. La injusticia era parecida aunque quizás, en este caso, más flagrante: ¿por qué alguien podía vivir del producto de unas ideas radicalmente contrarias a las suyas?
Desde entonces me dediqué a rastrear letratenientes, su explotación de las palabras. Con frecuencia sus diferencias eran sólo estéticas: María Kodama publicando todos los textos que Borges decidió olvidar. A veces, ni siquiera estéticas: esos sobrinos de Kodama heredando escritos que no habían leído. Casi siempre era eso: la distancia.
Quizá la herencia de unas letras debería tener sus condiciones: alguna relación con el autor, algún trabajo por su difusión, un buen conocimiento de los textos, un término más breve. Hasta la tierra requiere sus trabajos. Y dudo de que ningún escritor piense, mientras teclea, que esas palabras servirán para que un quizá nieto se compre un día la moto más rugiente. Creo que, en términos prácticos, un libro tendría que valer, si acaso, para que su autor pueda vivir y escribir otros; no para cebar vacas improbables.
En un mundo ideal, supongo, los derechos de autor de los grandes autores podrían contribuir, a partir de los tantos años de su muerte, a un fondo para becar a escritores jóvenes: para que sus vientos sigan soplando. Supongo que ideal no va a ser nunca; espero que, con el tiempo y las ganas, consigamos que se parezca un poco.
Y, mientras tanto, ¡abajo los letratenientes!
EL PAÍS
