‘La odisea’ cambia, pero la naturaleza humana sigue siendo la misma

Hace unos días compré una entrada para ver La odisea, la nueva película de Christopher Nolan, en uno de los cines del centro de Madrid. He de confesar que, al principio, tenía muchas reservas, ya que iba a ver fuera de mi país la adaptación de la epopeya homérica más emblemática dirigida por un director extranjero.

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 Hace unos días compré una entrada para ver La odisea, la nueva película de Christopher Nolan, en uno de los cines del centro de Madrid. He de confesar que, al principio, tenía muchas reservas, ya que iba a ver fuera de mi país la adaptación de la epopeya homérica más emblemática dirigida por un director extranjero. Seguir leyendo  

Hace unos días compré una entrada para ver La odisea, la nueva película de Christopher Nolan, en uno de los cines del centro de Madrid. He de confesar que, al principio, tenía muchas reservas, ya que iba a ver fuera de mi país la adaptación de la epopeya homérica más emblemática dirigida por un director extranjero.

Cuando aparecieron los títulos de crédito, los espectadores españoles estallaron en un aplauso espontáneo, pero a mí, que me había transportado a mi patria durante tres horas, nada podía devolverme a la realidad. Quizá sea este el mayor logro de Nolan, pues no se limita a contar una historia, sino que invita al espectador a vivirla en primera persona y, sobre todo, a comprender que Odiseo no es uno, ni muchos: Odiseo somos cada uno de nosotros.

En el universo homérico contemplamos la fuerza y el auge de las antiguas ciudades-Estado, pero también la solidaridad y las alianzas que las unen cuando son llamadas a enfrentarse a una amenaza común, así como el empeño de Odiseo por proteger a sus hombres. El rey de Ítaca, para garantizar el regreso seguro de sus compañeros, no duda en desafiar la profecía del adivino Tiresias y la voluntad de los dioses.

Tras 10 años de asedio, los griegos logran conquistar Troya mediante el engaño, gracias a la astucia del ingenioso Odiseo. Cuando el caballo de Troya entra en la ciudad inexpugnable, los griegos la saquean. A partir de ese momento, Odiseo mantiene un diálogo constante con Atenea y actúa bajo su atenta mirada. Solo al final el espectador descubre que el rostro de la diosa es el de una mujer decapitada en Troya. La mitología griega fue, en cierto modo, el preludio de la psicología. Atenea no es más que la voz interior de Odiseo, cuya conciencia lo atormenta por haber desafiado a los dioses y por haber profanado lo sagrado.

Odiseo regresa solo a su patria. Aunque desafió a los dioses, no logró proteger a sus compañeros de sí mismos. No vuelve poderoso, ni acompañado por sus naves o sus hombres. Regresa cuando renuncia por fin al empeño de controlar y combatirlo todo. Sobre una balsa construida con los restos de su nave, se abandona a la fe del nostos.

En griego, nostos designa el regreso a la patria. De esta palabra, en combinación con el término algos, que significa dolor, deriva también la nostalgia, es decir, el dolor por el anhelo de regresar. Para nosotros, los griegos, el nostos siempre ha sido el sentimiento humano más profundo.

En los últimos días, con motivo del estreno de la película, la prensa española e internacional ha dedicado numerosos artículos a la mitología griega y al universo de Homero. Se ha hablado del renovado interés por aprender griego, de las nuevas ediciones de La odisea, de la creciente atención que despierta la antigua civilización griega en todo el mundo y también del deseo de miles de espectadores y lectores de visitar tanto los escenarios del rodaje como los lugares del propio universo homérico.

El director británico presenta a la bella Helena distinta a la de Homero, tanto en apariencia como en carácter. No se trata únicamente de un acto de justicia hacia las mujeres, sino también de una reinterpretación que difiere de la verdad histórica. La guerra de Troya no se libró solo por la belleza de Helena, sino también por conseguir el control de las rutas comerciales y del estrecho de los Dardanelos.

El espectador de la película, al igual que el lector de La odisea, disfruta de un mundo en el que, pese a las adversidades, prevalecen la vida y la voluntad de servir al bien común. Un mundo en el que la ley de Zeus, es decir, el carácter sagrado de la hospitalidad hacia el extranjero, permanece inviolable. Al mismo tiempo, resulta inevitable establecer paralelismos con nuestro presente. La odisea puede cambiar con el paso de los siglos, pero la naturaleza humana sigue siendo, insoportablemente, la misma.

 EL PAÍS

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