Muchos peregrinos y turistas se quedan con la boca abierta cuando llegan a Astorga. “Pero esto, ¿qué hace aquí?”, exclaman algunos alzando la mirada hacia un monumento inesperado. La localidad leonesa conserva un rico patrimonio arqueológico romano y es parada emblemática del Camino de Santiago, pero reserva una sorpresa para los viajeros menos documentados: un palacio de cuento que convive con la vieja catedral gótica como una fantasía. Es uno de los dos edificios que el arquitecto catalán Antoni Gaudí (1852-1926) proyectó en la provincia de León, junto a la Casa Botines de la capital, también conocida como la Casa del Dragón por sus referencias al animal mitológico. Se trata de una concentración excepcional, pues el creador de la Sagrada Familia de Barcelona y genio del modernismo solo dejó tres obras principales fuera de Cataluña: las dos de León y la villa El Capricho en Comillas (Cantabria).
El palacio episcopal de Astorga y la Casa Botines de la capital se renuevan para conmemorar el centenario de la muerte del arquitecto catalán
Muchos peregrinos y turistas se quedan con la boca abierta cuando llegan a Astorga. “Pero esto, ¿qué hace aquí?”, exclaman algunos alzando la mirada hacia un monumento inesperado. La localidad leonesa conserva un rico patrimonio arqueológico romano y es parada emblemática del Camino de Santiago, pero reserva una sorpresa para los viajeros menos documentados: un palacio de cuento que convive con la vieja catedral gótica como una fantasía. Es uno de los dos edificios que el arquitecto catalán Antoni Gaudí (1852-1926) proyectó en la provincia de León, junto a la Casa Botines de la capital, también conocida como la Casa del Dragón por sus referencias al animal mitológico. Se trata de una concentración excepcional, pues el creador de la Sagrada Familia de Barcelona y genio del modernismo solo dejó tres obras principales fuera de Cataluña: las dos de León y la villa El Capricho en Comillas (Cantabria).
De ahí que el Año Gaudí se celebre también en León con intensidad. La conmemoración del centenario de su muerte, con grandes fastos en Cataluña que tuvieron su culmen en junio con el Papa bendiciendo la nueva torre de la Sagrada Familia, deja un reguero de actividades e intervenciones destinadas a poner en valor las dos joyas arquitectónicas leonesas, que durante muchos años no pudieron ser visitadas. La Casa Botines, inaugurada en 1893, tuvo diversos usos privados hasta 2017, cuando pasó a manos de la fundación Fundos y se convirtió en museo. El palacio de Astorga, terminado en 1913, fue diseñado como vivienda para el obispo, pero nunca se llegó a utilizar como tal y estuvo vacío hasta que en 1962 la diócesis lo abrió al público. Antes solo se había utilizado una vez: durante la Guerra Civil, fue requisado por las tropas falangistas.
La intervención más importante es la renovación integral de la Casa Botines y una nueva exposición permanente, inaugurada el pasado junio, que profundiza en su historia y recupera anécdotas cotidianas del inmueble. Construido por encargo de dos comerciantes leoneses como tienda de telas y vivienda, el recorrido por sus salas es una inmersión en el universo gaudiniano: vidrieras, columnas de hierro, formas orgánicas y mucha simbología. Hay muebles de los primeros moradores, algunos de ellos diseñados por el propio arquitecto. Hay máquinas de escribir, mesas de despacho, cartillas de ahorro y archivadores de la época en que fue sede de la Caja de Ahorros de León (1929-2017). Hay, incluso, recreaciones del gabinete del dentista y el taller del sastre que alquilaron sendas dependencias. La tercera planta alberga una selección de la colección de arte Fundos, con obras de Sorolla, Casas, Tàpies o Chillida.
El secreto del dragón
Desde fuera, la Casa Botines parece una fortaleza medieval. “Los niños suelen decir que parece un castillo de Disney”, bromea José María Viejo, director general de Fundos, en una entrevista en la sede de la fundación en León. Fachada de piedra, ventanas góticas, torreones, un foso y una escultura que recrea la leyenda de San Jorge matando al dragón y que durante muchos años escondió un secreto: a mediados del siglo XX, se retiró para su restauración y detrás del dragón se descubrió un tubo de plomo que contenía los planos originales de Gaudí y un calendario de obra que certificaba que la construcción duró diez meses, algo inédito para la época. Podemos imaginar al arquitecto ocultando el tubo con expresión pícara, vislumbrando la sorpresa de quien se lo encontrara en el futuro.
Pero el dragón no solo aparece retratado en esa escultura. El investigador César García Álvarez ha desarrollado la teoría de que la forma trapezoidal de la planta se corresponde con la disposición del firmamento el 23 de abril, día de San Jorge, donde brillan la Osa Mayor, la Osa Menor y Draco. Desde esa perspectiva, todo el edificio es un dragón dormido: las cubiertas de pizarra imitan las escamas del animal, la puerta principal es una alegoría de la boca y las rejas de hierro se interpretan como garras afiladas.
La visita, además, tiene un atractivo añadido: las salas no están abarrotadas de turistas. Hay muchos, por supuesto, aunque no tantos como los que reciben la Sagrada Familia o el parque Güell de Barcelona. “¡Gaudí slow!”, apunta Viejo.
Desde que abrió al público en 2017, la cifra de visitantes ha aumentado de forma constante. El año pasado fueron 150.000, según datos de Fundos. “Cuando inauguramos el museo, nos dimos cuenta de que los leoneses tenían mucha curiosidad. Mucha gente cuenta historias de cuando sus abuelos venían al banco, pero pocos lo habían visto por dentro. Sin embargo, no existía una conciencia del enorme potencial cultural y turístico que representa tener una obra de Gaudí en la ciudad. Nuestra vocación es consolidar la Casa Botines como museo gaudiniano de referencia”, explica Viejo.
El paso de Gaudí por León fue muy importante en su vida. El arquitecto, muy marcado por sus convicciones religiosas, experimentó una especie de catarsis mística vinculada a sus estancias en esta provincia, marcadas también por su profunda amistad con Juan Bautista Grau, natural de Reus, nombrado obispo de Astorga en 1886. Ese mismo año se incendió el palacio episcopal y Graus le encargó a su amigo el diseño de uno nuevo. Las obras se prolongaron hasta 1913 porque la construcción se complicó tras la muerte de Graus, en 1893. El nuevo equipo diocesano no supo qué hacer con el edificio.
Tras años languideciendo sin uso alguno, el obispo Marcelo González decidió abrirlo al público, convirtiéndolo en el Museo de los Caminos, inaugurado en 1964. Dedicado al Camino de Santiago, exhibe una importante colección de arte sacro y propone un singular recorrido, bautizado como El palacio escondido, para descubrir los secretos de la arquitectura gaudiniana: torres, arcos, hierro forjado y un bosque de árboles de piedra en la capilla que funcionan como columnas, una idea que años después alcanzaría su máxima expresión en la Sagrada Familia.
El palacio, que transformó completamente el perfil de Astorga, es uno de los edificios más visitados de Castilla y León, con una media de 130.000 visitantes al año, según explica su director, Víctor Manuel Murias. Una cifra importante para una localidad de 10.000 habitantes. “En general, no supone un problema porque la ciudad está preparada para acogerlos y porque se trata sobre todo de un turismo estacional, con fuertes picos en Semana Santa y agosto”, asegura Murias.
Uno de los proyectos más destacados de la celebración del Año Gaudí en el palacio es la instalación de tres esculturas vinculadas a su historia: Antonio Gaudí, el obispo Grau y Pío Gullón, impulsor económico de la edificación. Hasta ahora se han inaugurado ya la del prelado y la del arquitecto.
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