José Sacristán, actor: “Este crío que iba al colegio de curas y tuvo que cantar el ‘Cara al Sol’ está asustado por la convivencia”

José Sacristán (Madrid, 88 años) representa ahora (hasta el 28 de junio) su reencuentro —que es perpetuo, desde que conoció a su maestro— con Fernando Fernán Gómez. Mantiene con él una conversación intensa, que en este momento es teatro, en la obra El hijo de la cómica en el Bellas Artes de Madrid, pero que desde sus primeros años de actor es amor y aprendizaje, aunque ahora haya abandonado el cine porque no quiere “madrugar más”, dijo en La revuelta. Hablamos en el despacho del presidente del Círculo de Bellas Artes, Juan Miguel Hernández de León, que nos deja su espacio lleno de cuadros. Sacristán se concentra, nada de lo que le preguntan le es ajeno. El primer nombre que le viene es el de su amigo Mario Vargas Llosa, que murió hace un año. “Me dijo Mario: mañana te voy a dejar una novela que es la hostia, Soldados de Salamina. De un chico que se llama Javier Cercas. Qué razón tenía”.

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 El intérprete de 88 años se mete en la piel de su amigo Fernando Fernán Gómez en ‘El hijo de la cómica’, que se representa hasta el 28 de junio en Madrid  

José Sacristán (Madrid, 88 años) representa ahora (hasta el 28 de junio) su reencuentro —que es perpetuo, desde que conoció a su maestro— con Fernando Fernán Gómez. Mantiene con él una conversación intensa, que en este momento es teatro, en la obra El hijo de la cómica en el Bellas Artes de Madrid, pero que desde sus primeros años de actor es amor y aprendizaje, aunque ahora haya abandonado el cine porque no quiere “madrugar más”, dijo en La revuelta. Hablamos en el despacho del presidente del Círculo de Bellas Artes, Juan Miguel Hernández de León, que nos deja su espacio lleno de cuadros. Sacristán se concentra, nada de lo que le preguntan le es ajeno. El primer nombre que le viene es el de su amigo Mario Vargas Llosa, que murió hace un año. “Me dijo Mario: mañana te voy a dejar una novela que es la hostia, Soldados de Salamina. De un chico que se llama Javier Cercas. Qué razón tenía”.

Pregunta. Azares, ¿no?

Respuesta. El juego, los juegos, la suerte de encontrar gente, nombres, personas. Y poder elegir. Fernando [Fernán Gómez] nos enseñó a no hipotecarnos con aspiraciones económicas estúpidas. Él me enseñó a esquivar: “No caigas en el espejismo”. La suerte es poder ir eligiendo. Tuve la suerte de tenerlo, de tener a Mario Vargas Llosa, a David Mamet, a Cervantes, a Mayorga. Ahora tengo una edad como la de Fernando, ya ves. El trabajo que hago ahora con su nombre me está permitiendo dar a conocer aspectos de su vida que nadie conocía. Aquí no están ni la prepotencia ni el mal, sino la vulnerabilidad, la fragilidad, la precariedad con la que este hombre creció y se desarrolló.

P. ¿Cómo reaccionó usted ante los malentendidos que su amigo sufrió?

R. Siempre he estado al loro de lo que pasaba. Debo reconocer que en ocasiones a Fernando no le ha importado tomar una posición o tener una actitud que pudiera provocar a los demás. Fernando decía: “Yo soy así y punto”. Él podía, con la capacidad que tenía para el manejo del idioma, estar defendiendo las bondades del vino tinto sobre el vino blanco y a los dos minutos invertir el razonamiento hasta convencerte de ambas posiciones por igual. Y no le importaba mandar a cualquiera a la mierda. Se inventaba discusiones a propósito de cualquier asunto. Abarcó todos los aspectos de la cultura de este país, y en él no cabía la impostura. Yo he visto esa actitud en gente como Miguel Delibes, como Eduardo Mendoza, como José Luis Sampedro, como José Saramago. Esa gente que tiene esa parte que va más allá de la bondad y a quienes tú quisieras parecerte.

P. Cuando conoció a Fernán Gómez, ¿qué era para usted?

R. Era mi ídolo. Su abuela decía que no le gustaban los artistas españoles porque hacían muecas y movían mucho las manos. Curiosamente, aquí la modernidad estaba en los secundarios, casi siempre eran más cercanos, más espontáneos… Fernando y Adolfo Marsillach. Cuando empecé a ver a Fernando sentí que me quería parecer a él…

P. En esta obra que ahora usted interpreta, es todo el tiempo Fernán Gómez. Es él y es también la familia de Fernando.

R. He pretendido que al espectador le ocurriese lo mismo que me ocurría cuando Fernando me contaba estas cosas de su vida. Lo que yo he sacado de El tiempo amarillo, de la primera parte de su autobiografía, o de las conversaciones con él y de lo que contaba de su abuela. Fernán Gómez habla por boca de todos los suyos, y él me contaba todo eso, y yo ahora le pongo voz también. No quiero que mi condición de actor me exima de mi responsabilidad como ciudadano; no quiero convertir el escenario en un púlpito, en una tribuna. Quiero que lo que ocurra ahí sea una peripecia dramática, cómica, lo que sea; pero que los personajes tengan la entidad suficiente para defenderse por sí mismos.

P. Aquí pasa de un personaje a otro como si fuera un saltimbanqui.

R. Realmente hay un cordón entre todos los personajes. Transito por un tiempo y por unos personajes que he conocido. Yo no me enteré de la guerra, pero ahí está la silla de la abuela, en aquel tiempo. Está la abuela contando, está Fernando contando. Él inicia su carrera de actor, y luego me enseña a mí, nos enseña a todos y ya es imparable. Y en esta obra hay mucha gente, no solo está Fernando o estoy yo mismo, sino que hay mucha gente que está diciendo algo así como “esto pasó, y no solo le pasó a este, sino que esto nos pasó a unos cuantos”.

P. ¿No es la obra que más cerca está de su tiempo?

R. Pero sin ninguna duda. He tenido la suerte de estar en la época en la que se muere Franco. Y tengo una edad que me lleva a la Transición, de modo que puedo contar historias que antes no podíamos contar. Estoy muy cerca de Asignatura pendiente, de Flor de otoño, de Solos en la madrugada o de la versión que hizo Peter Weiss del Proceso de Kafka… ¡Me llamaban el llenacines! Y ahora he hecho El hijo de la cómica. En la edad ha habido un factor importante. La suma de hechos hace que ahora esté contando lo que fue mi maestro. Y todo ello con la ayuda de mi mujer, Amparo, y algunos más.

P. ¿Quién es hoy para usted el personaje más importante que ha llevado a escena?

R. He tenido la suerte de ir alternando. Muñeca de porcelana, de David Mamet, era muy interesante. Pero lo es también El loco de los balcones, basado en la obra de Mario Vargas Llosa. Mario fue muy generoso con nosotros. ¡Y Yo soy Don Quijote! Y La señora de rojo sobre fondo gris. Delibes, sin duda, qué grande. Y qué grandes personajes han pasado por la vida: Octavio Paz, Rulfo… Leer a Mario y al mismo tiempo rodando con él, entre la novela y el cine y en Santo Domingo. Luego llevamos al teatro El loco de los balcones, en El Español. Y he celebrado con Mario y con Patricia el 27 de septiembre, mi cumpleaños; de ahí guardo una bufanda maravillosa de vicuña que me regalaron los dos.

P. Usted fue siempre un niño, dice. ¿Y cómo ve ese muchacho este mundo en el que vive?

R. El niño está asustado porque él creía que a estas alturas se iba a convivir en un tiempo en que ciertas cosas habrían sido borradas del mapa. Pero no ha sido así. No ha sido así. Y ha sido por razones que son de preocupar. Mira el cumpleaños de Donald Trump. Mira lo que está haciendo Vox con la importancia política que tiene. Así que este crío que iba al colegio de curas y al que le daban de comer algunas veces y tuvo que cantar el Cara al Sol y el himno de Domingo Savio y los padrenuestros y el avemaría, vuelve aterrado a la vida, está asustado por la convivencia y, como decía don Antonio Machado, no es capaz de distinguir las voces de los ecos, y está preocupado porque sabe que, además, lo único que hace presentable al impresentable es lo impresentable que es el otro.

P. ¿Es el peor tiempo de la democracia?

R. No creo. El peor tiempo fue el golpe de Tejero. Ahora es un momento amenazado, y sí que es peligroso.

P. En los últimos años, los cineastas jóvenes lo llaman para que sea su actor. ¿Qué le dice esta convocatoria?

R. Es lo mejor que te puede pasar en este oficio. Es un aprendizaje permanente comprobar el talento que tienen estos directores y directoras. Hay cosechas formidables. Me hace feliz ver la fidelidad con la que hacen sus trabajos y que tengan conmigo la voluntad de buscarme.

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