La descarga de acción de la película surcoreana Hope, dirigida por uno de los nuevos talentos de su sólida industria, Na Hong-jin, es como tirarse por la lanzadera del parque de atracciones y caer en una amalgama apocalíptica alucinante.
La película de Na Hong-jin, que concursa en la sección oficial, es una traca de acción sin aliento con persecuciones de caballos, coches y extraterrestres
La descarga de acción de la película surcoreana Hope, dirigida por uno de los nuevos talentos de su sólida industria, Na Hong-jin, es como tirarse por la lanzadera del parque de atracciones y caer en una amalgama apocalíptica alucinante.
La subida de adrenalina llega pronto. Hope va al grano desde su primera secuencia, cuando el jefe de policía de un pueblo costero se baja de su coche para inspeccionar junto a su sobrino y unos cazadores una zona a las afueras y descubren una res destrozada en medio de la carreta. Las vísceras del pobre animal son el preámbulo a un thriller de ciencia ficción con acción salvaje.
Dos persecuciones en coche espectaculares, una de ellas en medio del pequeño pueblo que dura 40 minutos y es todo un alarde de poderío, y otra, de caballos y coches, después, vertebran una película-espectáculo de 160 minutos que concursa en la sección oficial pese a que su final no cierra la historia. Na Hong-jin ya había estado en la sección oficial de Cannes en 2016 con The Wailing (El extranjero), pero fuera del concurso. Hope es la primera película surcoreana que opta a la Palma de Oro desde Decision to Leave (2022), del presidente del jurado de este año, Park Chan-wook.
Se trata de la película más cara de la historia de Corea del Sur, una producción deslumbrante, con una dirección de arte asombrosa. No tanto por el diseño de los alienígenas (con una disparatada mezcla de referencias, de Alien a Transformers pasando por Avatar, que pese a todo funciona), como por los increíbles decorados reales y los detalles de cada plano; cada rincón del pueblo costero arrasado tiene personalidad propia. Los dos escenarios principales son un bosque y el pueblo, en el que Na Hong-jin hace gala de su horror vacui con un despliegue alucinante de ideas. El filme tiene de todo, humor incluido, y no da respiro.
El espectáculo surcoreano fue el remate a una jornada en la que la industria francesa volvió a invadir la sección oficial, ya fuese a través de Moulin, la película del húngaro Lászlo Nemes sobre el héroe de la resistencia francesa Jean Moulin, o de Garance, ópera prima de la directora Jeanne Henry con Adèle Exarchopoulos en la piel de una joven actriz alcohólica.
La película de Nemes, proyectada en 35 milímetros, tiene empaque formal y cierto interés en su retrato de la detención y tortura por parte del sádico Klaus Barbie del conocido líder de la Resistencia, pero resulta todo un poco acartonado y plano, y eso incluye las actuaciones.
Garance es todo lo contrario, merece la pena verla por Exarchopoulos, poco más, en un papel a su medida sobre una joven adorable atrapada en el alcoholismo y cómo la adicción va destruyendo su vida social y laboral.
Exarchopoulos suma su nombre a una edición de Cannes con cierta sobredosis de star system francés. La primera fue Léa Drucker, la más desconocida en el extranjero y sin duda una de las mejor actrices francesas actuales, que protagoniza y sostiene La Vie d’une femme, de Charline Bourgeois-Tacquet; luego pasaron Isabell Huppert y Virginie Efira con Historias Paralelas, del iraní Asghar Farhadi; le siguió otra vez Efira en su impresionante actuación en Soudaun, del japonés Ryusuke Hamaguchi y luego Léa Seydoux en la muy fallida Gentle Monster, de la austriaca Maria Kreutzer, donde Catherine Deneuve, que ya salía en la de Farhadi, hace de su madre. Drucker y, sobre todo, Virginie Efira podrían aspirar a algún premio, aunque la prensa francesa parece especialmente entusiasmada con el trabajo que presentó este domingo Exarchopoulos.
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