Fallece a los 73 años el irreductible actor, director, dramaturgo y poeta catalán Manel Dueso

Si la aspereza y la ternura, la visceralidad y la delicadeza, el humor y la angustia existencial han ido alguna vez de la mano ha sido sin duda en la personalidad de Manel Dueso, actor (de teatro, cine y televisión), director, dramaturgo y sobre todo, y él hubiera querido que lo destacáramos así, poeta. Inclasificable e irreductible artista y ser humano, Dueso, que firmaba Manel o Manuel a conveniencia, nacido en Sabadell y fallecido el martes a los 73 años en el hospital de Sant Pau de Barcelona a causa del cáncer de colon que padecía, deja una huella en el corazón de los que le conocimos tan grande como sus grandes y rudas manos y su gran y característica nariz, un poco de patata.

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 Con una larga, fructífera y ecléctica carrera, fue siempre un espíritu libre y nunca traicionó su estilo y sus ideas  

Si la aspereza y la ternura, la visceralidad y la delicadeza, el humor y la angustia existencial han ido alguna vez de la mano ha sido sin duda en la personalidad de Manel Dueso, actor (de teatro, cine y televisión), director, dramaturgo y sobre todo, y él hubiera querido que lo destacáramos así, poeta. Inclasificable e irreductible artista y ser humano, Dueso, que firmaba Manel o Manuel a conveniencia, nacido en Sabadell y fallecido el martes a los 73 años en el hospital de Sant Pau de Barcelona a causa del cáncer de colon que padecía, deja una huella en el corazón de los que le conocimos tan grande como sus grandes y rudas manos y su gran y característica nariz, un poco de patata.

Muchos le recordarán por sus variadísimos papeles, entre ellos algunos tan inolvidables como el Agustín Solano de Ñaque o de piojos, de José Sanchis Sinisterra (juntos formaron parte del equipo fundador de la Sala Beckett), o tan populares como los múltiples, expresivos y efectivos personajes de las series de TV3 Nissaga de poder, La Riera (Mossèn Esteva), o Laberint d’ombres. Interpretó en todos los registros y dirigió de todo, Shakespeare, Molière, Chéjov, Lorca, Fassbinder, Genet, Connor MacPherson (La presa y Dublin Carol), y escribió una veintena de obras que a menudo llevó él mismo a escena, como Sara y Simon, Matem els homes o Pensem. (Pausa.) A la merda! Entre sus padres teatrales estaban Beckett, Ionesco y Edward Bond. En cine apareció en películas como Salvador, Eva y Operación Malaya, entre otras, e hizo de director de actores para Manel Huerga y de Torquemada en la serie Isabel.

De pocas personas puedes decir que te las has ido encontrando toda la vida —desde las aulas del Institut del Teatre, donde cursó Interpretación y nunca fue muy ducho en acrobacia— y que cada vez ha parecido que siempre estuvieran allí, haciendo innecesario reconectar. Así era con Manel Dueso y eso que podía parecer raro y gruñón y displicente, y hablar con aquella voz rasposa, y observarte con aquellos ojos falsamente somnolientos en cuyo fondo latía una mirada doliente de perro apaleado y peligroso. Una mirada que le fue muy útil en la escena y en la pantalla.

En realidad, pareciendo que era irónico y hasta cínico lo que hacía era abrirse en canal con la facilidad que tiene la gente que ha sufrido mucho y ha amado mucho. Hablar con él, hablar profundamente, era a veces un trance del que no salías indemne. Como los faquires acostumbrados a caminar sobre fuego o clavos, él no era consciente del nivel de dolor que arrastraba y que se te pegaba al cuerpo y al alma como queroseno inflamable.

En una ocasión que quedamos para hablar de que se había publicado Mata’m (Lapislàtzuli, 2023), una de sus mejores obras teatrales, dura como pocas —un hombre desea morir y le pide que lo mate a un amigo igualmente devastado que acaba de salir de la cárcel y quiere volver a ella— me quedé tan hecho polvo que no pude escribir ni una línea: no me lo reprochó. Mata’m tiene un añadido de extraordinarios poemas que se titula Assaig de petits comiats (ensayo de pequeñas despedidas) y que incluye un terrible poema al salto al vacío de su padre. Esa vez, en el bar Masía, al lado de la vieja sede del Institut, donde solíamos quedar y recordábamos les beaux jours con Oriol Genís, Abel Folk, Enric Benz, Artur Costa, y los demás compañeros de clase, pero sobre todo charlábamos de Montse Guallar, por la que los dos teníamos una debilidad pese a nuestros diferentes gustos, Manel me habló largo y tendido del suicidio de su padre, un suceso que le obsesionaba y le condicionaba. “He intentado comprender la muerte a través del suicidio de mi padre”, me dijo. Su progenitor, me contó, era un hombre muy primario, del campo, venido a Cataluña desde Aragón y al que tener un hijo tetrapléjico, el hermano de Manel, le marcó la vida.

También hablamos de su enfermedad, que pintaba mal desde el principio y que se le combinó con una caída que le dejó maltrecho. Curiosamente, estaba animado, nunca había pensado que se publicaría su teatro y le ilusionaba mucho que le iban a editar también un poemario, gracias al impulso de su amigo Francesc Orella, que protagonizó Mata’m en su estreno en la Villarroel (festival Grec), en 2004 junto a Àurea Màrquez, su actriz fetiche. Decía que había recuperado el poeta que era de joven (ganó un premio en 1988) y que poesía era lo que más le gustaba escribir. En cambio se sentía un poco fuera del teatro que se hace ahora, que le parecía muy conservador, aburrido y reacio a la confrontación. “Quiero que en el teatro pasen cosas, que me jodan, yo quiero hacer eso, cabrear”, subrayó. Me contó de su descubrimiento de la poeta mallorquina Antonina Canyelles y su fascinación por ella, como por Rimbaud, Baudelaire y, “claro, Gil de Biedma”.

Soñaba con “volver al origen, trabajar con gente con ganas de hacer cosas”. En diciembre del año pasado el Teatre Nacional de Catalunya (TNC) de Carme Portaceli, compañera también del Institut de finales de los setenta, le dio la oportunidad de estrenar en la Sala Petita Jambo Bwana, una comedia negra dirigida por él mismo sobre tres amigas, una de las cuales ha sufrido una violación, y un emigrante senegalés.

Hasta el final permaneció increíblemente lúcido y valiente. Decía que el lenguaje era un arma contra el dolor y que había que morir recitando poesía. No sé si lo ha hecho. Pero tiene una maravillosa en su ensayo de pequeñas despedidas, hermosa como un último abrazo: “Em desfaig./ Quan es difumini el dibuix/ seré polsim davant teu./ Només hauràs de bufar/ que l’alè final/ sigui el principi de l’adeu”.

 EL PAÍS

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