Tiene gracia que sea el corsé la prenda con la que Madonna lleva años expresándose, la misma que Coco Chanel desterró por constreñir el cuerpo. Y yo, fan fatal, la admiraba en el escenario, luciéndolo mientras se agarraba a sus pechos cónicos de Afrodita posmoderna. Y ahí sigue, montada aún sobre su corsé, mientras proclama su libertad en el nuevo singleI Feel So Free, adelanto del disco Confessions II, un claim que condensa bien su relato: ella siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Pero ¿puede ser totalmente libre alguien cuyo lenguaje de expresión ha sido diseñado por el propio sistema? Quizá nunca lo fue.
La industria del pop no censura la sexualidad femenina; al revés, la exige envuelta en lencería fina. En un mundo cada vez más reaccionario, esa lógica se intensifica: el cuerpo de la mujer ha sido históricamente el centro del negocio
Tiene gracia que sea el corsé la prenda con la que Madonna lleva años expresándose, la misma que Coco Chanel desterró por constreñir el cuerpo. Y yo, fan fatal, la admiraba en el escenario, luciéndolo mientras se agarraba a sus pechos cónicos de Afrodita posmoderna. Y ahí sigue, montada aún sobre su corsé, mientras proclama su libertad en el nuevo singleI Feel So Free, adelanto del disco Confessions II, un claim que condensa bien su relato: ella siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Pero ¿puede ser totalmente libre alguien cuyo lenguaje de expresión ha sido diseñado por el propio sistema? Quizá nunca lo fue.
La industria del pop no censura la sexualidad femenina; al revés, la exige envuelta en lencería fina. En un mundo cada vez más reaccionario, esa lógica se intensifica: el cuerpo de la mujer ha sido históricamente el centro del negocio. Madonna se adelantó varias décadas a la estrategia dominante: empoderamiento (glups, sí) y sexualización explícita. Desde Euphoria hasta la hincada de rodillas de Sabrina Carpenter. Resulta casi imposible verles a ellos marcando paquete y contoneándose contra el aire. Como mucho, a Harry Styles le cuelgan un top transparente en un gesto fluido, muy generación Z. Y todos tan contentos.
Hans Laguna expone en Yo siendo yo (Editorial Anagrama, 2026) que lo auténtico es el gran valor de las estrellas contemporáneas. Y Madonna entendió eso antes que nadie. Su discurso no solo denota rebeldía, vende autenticidad. Y, por extensión, una idea muy rentable de libertad. Durante años pareció jugar un rol activo en el deseo: performances de género que exageraban lo femenino hasta transformarlo en artificio, como diría Judith Butler. Entiendo que su provocación desestabilizaba, sí, pero, en realidad, nunca cambió la industria, que supo encontrar nuevas vías para explotarla.
Entonces llegó al límite real del sistema: la edad. Si Madonna fuese realmente libre, podría seguir sexualizándose sin recibir penalización. Donde antes había una joven transgresora, ahora muchos ven una figura grotesca. El marco normativo del pop es, en ese sentido, inflexible. Y ya es tarde para dejarse bigote a lo Patti Smith.
La libertad no es más que otro concepto que nos vende una identidad fingida. Yo también participo de esa representación cuando me muestro sexy en redes y recibo un chorro de likes: es mi autocomplaciente storytelling. Sin corsé, pero performando. Nos convencemos de que elegimos. Queremos ser libres como Los Chichos; de lo contrario, qué tristeza más grande, ¿no?
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