Cada día, el artista Patrick Hamilton (Lovaina, Bélgica, 52 años) se cruza con seis bazares chinos durante el breve trayecto que separa su estudio de la estación de metro de Urgel, en Madrid. Todos ofrecen una selección similar de artículos prácticos para el hogar de coste y calidad muy reducidos. Incluso sus nombres resultan casi indistinguibles. “Todos se llaman Hiper Asia, Hiper Bazar o Hiper Chino”, observa. En su honor, Hamilton ha titulado HIPERASIA su próxima exposición, que estará en la galería Casado Santapau, de Madrid, del 16 de abril al 6 de junio. Las obras que allí podrán verse presentan un factor común: todos los elementos que en ellas aparecen los ha adquirido en esos bazares, de los que es visitante y cliente asiduo. Con ello recupera un ejercicio típico que solía ponerle un profesor en la universidad en Santiago de Chile, donde en los años noventa estudió la carrera de Bellas Artes: se trataba de realizar una obra a partir de una serie de limitaciones, “como pintar un cuadro sin usar pintura y con materiales obtenidos en tres calles a la redonda, por ejemplo”. Aquí su principal restricción consiste en que la materia prima, comprada en estos establecimientos regentados por personas provenientes de China, sean objetos de uso cotidiano y muy baratos, que no cuesten más de 5 euros, lo que los hace desechables. “Suelen romperse fácilmente por sus condiciones de fabricación, y de alguna manera los preservo al incorporarlos a mis obras”, explica.
Cada día, el artista Patrick Hamilton (Lovaina, Bélgica, 52 años) se cruza con seis bazares chinos durante el breve trayecto que separa su estudio de la estación de metro de Urgel, en Madrid. Todos ofrecen una selección similar de artículos prácticos para el hogar de coste y calidad muy reducidos. Incluso sus nombres resultan casi indistinguibles. “Todos se llaman Hiper Asia, Hiper Bazar o Hiper Chino”, observa. En su honor, Hamilton ha titulado HIPERASIA su próxima exposición, que estará en la galería Casado Santapau, de Madrid, del 16 de abril al 6 de junio. Las obras que allí podrán verse presentan un factor común: todos los elementos que en ellas aparecen los ha adquirido en esos bazares, de los que es visitante y cliente asiduo. Con ello recupera un ejercicio típico que solía ponerle un profesor en la universidad en Santiago de Chile, donde en los años noventa estudió la carrera de Bellas Artes: se trataba de realizar una obra a partir de una serie de limitaciones, “como pintar un cuadro sin usar pintura y con materiales obtenidos en tres calles a la redonda, por ejemplo”. Aquí su principal restricción consiste en que la materia prima, comprada en estos establecimientos regentados por personas provenientes de China, sean objetos de uso cotidiano y muy baratos, que no cuesten más de 5 euros, lo que los hace desechables. “Suelen romperse fácilmente por sus condiciones de fabricación, y de alguna manera los preservo al incorporarlos a mis obras”, explica. Seguir leyendo
Cada día, el artista Patrick Hamilton (Lovaina, Bélgica, 52 años) se cruza con seis bazares chinos durante el breve trayecto que separa su estudio de la estación de metro de Urgel, en Madrid. Todos ofrecen una selección similar de artículos prácticos para el hogar de coste y calidad muy reducidos. Incluso sus nombres resultan casi indistinguibles. “Todos se llaman Hiper Asia, Hiper Bazar o Hiper Chino”, observa. En su honor, Hamilton ha titulado HIPERASIA su próxima exposición, que estará en la galería Casado Santapau, de Madrid, del 16 de abril al 6 de junio. Las obras que allí podrán verse presentan un factor común: todos los elementos que en ellas aparecen los ha adquirido en esos bazares, de los que es visitante y cliente asiduo. Con ello recupera un ejercicio típico que solía ponerle un profesor en la universidad en Santiago de Chile, donde en los años noventa estudió la carrera de Bellas Artes: se trataba de realizar una obra a partir de una serie de limitaciones, “como pintar un cuadro sin usar pintura y con materiales obtenidos en tres calles a la redonda, por ejemplo”. Aquí su principal restricción consiste en que la materia prima, comprada en estos establecimientos regentados por personas provenientes de China, sean objetos de uso cotidiano y muy baratos, que no cuesten más de 5 euros, lo que los hace desechables. “Suelen romperse fácilmente por sus condiciones de fabricación, y de alguna manera los preservo al incorporarlos a mis obras”, explica.

Pero, como siempre ocurre en la obra de Hamilton, esto es solo un marco, aparentemente arbitrario, que le sirve para entrar en terrenos más comprometidos. “Me interesa utilizar objetos que son parte de nuestra vida cotidiana, como hacía el arte pop, para transmitir mensajes sociales y políticos”, desarrolla. “Los artistas no solemos hablar de cómo hacemos las cosas desde un punto de vista económico, pero yo aquí lo hago con estos encadenamientos entre las ideas formales y los objetos. Unos objetos que están realizados por subproletarios, personas infrarremuneradas que trabajan en condiciones muy precarias, y cuya distribución forma parte de las guerras comerciales que existen ahora entre Asia y los Estados Unidos. Esos son los ingredientes de la exposición“.
Pueden distinguirse en ella dos series diferenciadas. Por un lado, están las Pinturas abrasivas, unos cuadros que, en un primer vistazo, remiten tanto a las obras del op-art minimalista como al trabajo de marquetería, con sus tramas de limpios efectos ópticos, aunque estén realizadas con fragmentos recortados de lija de distintos colores y texturas, obviamente adquiridas en comercios chinos: de ello dan fe los recortes que se apilan sobre su mesa de trabajo. Y, por otro, unas fotografías de bodegones a escala 1:1 en las que aparecen herramientas, postales y otros objetos de escaso valor dispuestos sobre tableros perforados −como los que suelen emplear las ferreterías para colgar sus productos− en cuidadosas composiciones que remiten al constructivismo ruso o la Bauhaus.

En estas imágenes, que también tienen algo de trampantojo barroco, comparecen serruchos, martillos, espátulas o guantes de trabajo, pero también amuletos o piezas de bisutería, así como postales turísticas de un marcado registro kitsch: “Muchas son fotos estereotipadas de Madrid o de playas con palmeras, porque me gusta esa idea de la fotografía dentro de la fotografía”. El título de esta serie, Equilibrios, homenajea a otra llamada igual del dúo artístico suizo Peter Fischli y David Weiss, consistente en unas pequeñas esculturas construidas con elementos de cocina. “Uso el lenguaje del arte, las referencias intra y extraartísticas, todo junto como en un cocido madrileño”, define Hamilton. “Porque me gusta esa cosa entre dadá y surrealistona, de unir objetos que pertenecen a universos distintos para crear un comentario político”.
En este sentido, Hamilton, que nació en Bruselas por el destino profesional de su padre, pero que desde los 2 hasta los 40 años vivió en Chile, y después en Madrid, destaca que en pocos lugares de occidente que conozca los bazares de objetos baratos tienen tanta presencia como en nuestro país. Se estima que hay en España unos 30.000 comercios de este tipo, la mayor parte en manos de la comunidad china, aunque en los últimos tiempos la compraventa digital empieza a suponer una amenaza a su pervivencia. Hamilton ya había recurrido antes a ellos para adquirir sus materiales: “Voy mucho a estos lugares en busca de soluciones a mis problemas en la producción de obra. Y hay en estos nuevos trabajos una voluntad de contar esa experiencia personal, de decir que en los bazares experimento un gozo por el descubrimiento de objetos que a lo mejor de tan vistos ya no los vemos. Pero también está presente en mis piezas, como marco, la famosa guerra comercial. Evidentemente, todo este tema de la lucha por el poder económico y geopolítico entre los Estados Unidos y Asia está en la base. No quiero decir que estos bazares chinos sean expresión de un nuevo poder imperial de China, pero de alguna manera su hiperpresencia sí podría entenderse como una metáfora de esa expansión global. Además, para que estos objetos lleguen a Europa a semejantes precios, las condiciones de producción se llevan al límite. Cada vez que compras algo que cuesta 1,50 euros, pero que en una ferretería tradicional valdría 10, tendrías que preguntarte cómo es eso posible. Y entonces podemos hablar de esta cadena de producción y explotación contemporánea que no solo está en la industria del objeto del hogar, sino también en la ropa, por ejemplo”.

Es habitual que Hamilton trate temas políticos y económicos desde una exquisita formalización cercana al minimalismo. Ya lo hizo en otra de sus series recientes, Atacama, que ha mostrado en el stand de su galería en varias ediciones de ARCO y donde componía patrones geométricos con planchas de cobre y fotografías del desierto chileno. Con ello aludía a la historia reciente de su país: el presidente Salvador Allende decidió en 1971 nacionalizar el cobre extraído en Chile, y expropiar las minas hasta entonces controladas por empresas estadounidenses, lo que motivó que los Estados Unidos (entonces gobernados por Richard Nixon) apoyaran el golpe de estado y el gobierno de Pinochet. De nuevo, se ponía sobre la mesa la historia vinculada a las propias materias primas utilizadas en la obra. Del mismo modo, destaca su pieza El ladrillo (El proyecto Chicago Boys), una investigación sobre el neoliberalismo chileno que llevó al museo Reina Sofía su anterior director, Manuel Borja-Villel. Aunque su obra más popular quizá sea Invernadero rojo, una estructura de plástico que ha instalado en contextos como el patio del Conde Duque de Madrid o el Centro Cultural de Belém durante la Trienal de Arquitectura de Lisboa: en su interior, la realidad aparece controlada artificialmente y filtrada por el color rojo, como otra evidente alusión política.
En los trabajos que ahora lleva a la galería Casado Santapau se pone de manifiesto la paradoja que supone el modelo socioeconómico del gigante asiático: “China ha logrado combinar dos cuestiones en apariencia irreconciliables: por un lado, un sistema totalitario de partido y pensamiento único, y por otro las mayores libertades económicas que pueden existir. Unas libertades que llegan al extremo de que no haya respeto por los derechos humanos. O sea, lo más salvaje del capitalismo neoliberal con lo más salvaje de las ideologías totalitarias”. Sin embargo, quiere aclarar que él no se considera un artista de denuncia: “No me interesa denunciar en el sentido panfletario. Me gusta jugar con la sutileza, con lo poético, y que a partir de encuentros entre distintos elementos se produzcan cosas”.
También se aleja formalmente de lo esperado en los artistas latinoamericanos para abrazar los códigos de la historia del arte moderno y contemporáneo: “Hay una tradición muy estereotipada en el arte político latinoamericano, según la cual debe ser de una determinada manera, y eso es lo que lo hace consumible: un arte indígena o afrodescendiente, queer, pobre, que utiliza el cuerpo y también ciertas técnicas que se consideran vernáculas, como el textil, o materiales muy naturales que remitan a una pureza. Yo, siendo un artista latinoamericano, me siento más cómodo con una tradición de arte político que no recurre a esos elementos. El arte que enarbola causas normalmente es más ‘de sangre’, y el mío es más frío, conceptual en un sentido anglosajón. Me siento cercano a las ideas del escritor brasileño Oswald de Andrade, que en su Manifiesto antropófago habló de canibalizar los lenguajes del norte y proporcionarles una expresión nueva, lo que yo hago con movimientos como el op-art y el neo-geo, a los que doy un giro”.
También destaca que empezó a utilizar la lija como referencia al pintor catalán Antoni Tàpies, a quien entendió al ver su obra en vivo en España. “Los artistas latinoamericanos nos criamos en un contexto, al menos yo en Santiago de Chile, donde no teníamos acceso a los originales. A Tàpies, como a Velázquez, lo conocíamos por reproducciones, y así aprendimos a leerlo, pero sus cuadros son completamente distintos en vivo, lo que supone un choque brutal. Cuando vine a España por primera vez con 23 años, ya había estudiado Arte y conocía a Tàpies. Pero me impactó mucho su obra por el uso que hacía de materiales de construcción como asfalto, arena o el polvo de diamante de la lija. De ahí surge para mí la idea de emplear la lija como material para pintar. También la uso como una más de las herramientas manuales, porque me gusta la idea de la transformación que realizas con ella. Te permite crear o destruir una realidad. Y eso es lo que en el fondo hacemos los artistas, crear una realidad. O transformarla”.
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