Calvo-Sotelo, arquetipo del cambio a la democracia

Quien fuera el segundo presidente del Gobierno en el periodo democrático tras la dictadura, Leopoldo Calvo-Sotelo, tal día como hoy, 14 de abril, hubiera cumplido cien años.

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 Aprovechó su bagaje empresarial y su capacidad de negociación para transitar por la crisis desde el realismo y la preocupación social  

Quien fuera el segundo presidente del Gobierno en el periodo democrático tras la dictadura, Leopoldo Calvo-Sotelo, tal día como hoy, 14 de abril, hubiera cumplido cien años.

En estos tiempos que corren, en los que algunas corrientes políticas ponen en cuestión la trascendencia histórica de aquel periodo en el que España evolucionó de la dictadura a la democracia, trazaré apenas un perfil de una persona que puede considerarse un arquetipo de aquellas generaciones de españoles que nos devolvieron a la libertad y a la normalidad democrática.

Entrevisté en CincoDias a Leopoldo Calvo-Sotelo a los pocos meses de ser nombrado por Adolfo Suárez ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas. Este diario estaba en su primer año de vida y había publicado un largo serial de reportajes (cerca del centenar) sobre la situación en la que la economía española se enfrentaba a las próximas negociaciones para el ingreso en las Comunidades Europeas. Aquella entrevista era el colofón al esfuerzo que habíamos realizado en la redacción de CincoDias. En ella, descubrí a una persona completamente diferente al estereotipo que circulaba sobre él. Fue un encuentro en el que me desbordó su cultura, su entusiasmo, su convicción de que el futuro ineluctable de España estaba en Europa.

Meses después me llamó al ministerio. Ponderó mi militancia europeísta y me propuso que me incorporara a su escueto equipo, que no llegaba al medio centenar de personas. Ni una sola pregunta sobre mis ideas políticas, una eventual militancia en partidos políticos o sindicatos… Dije que sí. Allí no se indagaban las etiquetas políticas. Pedro Solbes y Carlos Westendorp, posteriormente ministros socialistas, estaban entre los expertos. La acelerada política de aquellos días me llevó a la Vicepresidencia Económica y luego a la Presidencia del Gobierno detrás y al lado de Leopoldo Calvo-Sotelo.

Académicamente, podría plantearse la cuestión de quién fue antes, el empresario o el político. Calvo-Sotelo, ya ingeniero de caminos, hace frente a la fundación y puesta en marcha de la empresa Perlofil. “Fue mi primer amor profesional”, cuenta al periodista Marino Gomez-Santos. “Tuve que hacer desde cero una empresa y una fábrica”.

Con posterioridad, accede a la dirección de Unión Española de Explosivos, empresa en la que pone toda su experiencia europea anterior, que le lleva a negociar (con culo de hierro, diría un subordinado) la fusión con Minas de Rio Tinto. Dejaré aquí como dato de su capacidad de integración la llamada a Miguel Boyer, militante del PSOE en la ilegalidad, para desempeñar la dirección de planificación del nuevo grupo.

Quedó una pregunta académica sin respuesta. Ahora lo haré. Para Calvo-Sotelo, la política era una preocupación muy temprana. Su temperamento y sus convicciones le llevaron a la acción política desde muy joven. Ese temperamento y esas convicciones se acrisolan en sus incansables lecturas, que abarcaban muchas preocupaciones y una curiosidad inagotable. Su activismo político juvenil y universitario se manifiesta en una época difícil.

En las postrimerías del régimen de Franco, Calvo-Sotelo es nombrado procurador en Cortes en representación del Sindicato de la Química. El desaliento ensombrece su trabajo de procurador. No encuentra receptividad alguna a sus inquietudes por lograr apoyos a una salida democrática para el régimen.

Poco después, Federico Silva Muñoz, ministro de Obras Públicas, le ofrece la presidencia de Renfe, que desempeña durante un periodo relativamente breve que concluye con su dimisión por incompatibilidad con la visión de la empresa del ministro que le nombró.

Para entonces, la política española estaba en plena ebullición, grupos históricos y nuevas asociaciones políticas buscaban la salida posible hacia la normalidad en la libertad. La salida monárquica movía inicialmente hacia el escepticismo por la presión de los grupos del franquismo recalcitrante. En este contexto le llega la encomienda del Ministerio de Comercio, donde amplía su experiencia internacional.

La llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno realimenta las esperanzas de cambio de Calvo-Sotelo, que se vuelca en la creación y urdimbre de un partido político, Unión de Centro Democrático, cuyo nombre expresaba una voluntad de integración de grupos muy heterogéneos. Grupos y personalidades se adhieren al proyecto, pero, en puridad, nunca olvidaron sus respectivos orígenes e intereses. Bajo estas siglas, Calvo-Sotelo fue ministro, vicepresidente y presidente del Gobierno en unas circunstancias enormemente complicadas, no solo de orden político y social, sino también económico.

La economía de la Transición estuvo marcada por una crisis muy dura. Calvo Sotelo aprovechó su bagaje empresarial y su capacidad de negociación para transitar por la crisis y para tratar de mitigar sus estragos desde el realismo, el pragmatismo y la preocupación social, plasmada en los acuerdos entre sindicatos, empresarios y el Gobierno. Carlos Bustelo, ministro y primo de Calvo-Sotelo, le definió como un keynesiano asaltado por la realidad.

Voy cerrando este artículo recordatorio de una persona que trabajó intensamente por el triunfo de la democracia contra la reacción y el aventurerismo. Hoy España es otro país, felizmente integrado en la Unión Europea, pero no por casualidad. Lo que somos costó muchos esfuerzos y muchos sacrificios para resolver nuestro atávico atraso político y social. La Transición de la dictadura a la democracia plena no fue fácil, transitando por la crisis económica y por un terrorismo atroz. Los que hoy ponen en causa el proceso, los que dudan de sus resultados por ignorancia o por mezquindad en su vida hubieran hecho los sacrificios de aquellos.

Mi recuerdo de Calvo-Sotelo, que hoy habría cumplido cien años, sirva de homenaje a todos los que hicieron lo posible y lo imposible por la libertad.

 EL PAÍS

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