Si aceptamos que todas las islas del Caribe son diferentes, también podremos aceptar con paz que Trinidad es la más diferente de todas. Sus gobernantes han preferido, desde siempre, esnobear el turismo para volcarse en los hidrocarburos. Las playas infinitamente azules de otras islas —Tobago, por ejemplo— no existen aquí. Trinidad no deja de figurar en esa categoría, algo desairada, de las Antillas Menores, a la par con tropezones geográficos como Anguila, Dominica o Montserrat. Más aún: el Imperio español la llamó, con gran belleza, Trinidad de Barlovento, pero se discute si Trinidad pertenece a ese grupo conocido justamente como “islas de Barlovento” o si no es más bien, como pespunte sur del Caribe, una especie de estrambote o prolongación del continente.
Historia colonial, culturas mezcladas, playas de postal y selva amazónica conviven en uno de los rincones menos explorados de la región antillana
Si aceptamos que todas las islas del Caribe son diferentes, también podremos aceptar con paz que Trinidad es la más diferente de todas. Sus gobernantes han preferido, desde siempre, esnobear el turismo para volcarse en los hidrocarburos. Las playas infinitamente azules de otras islas —Tobago, por ejemplo— no existen aquí. Trinidad no deja de figurar en esa categoría, algo desairada, de las Antillas Menores, a la par con tropezones geográficos como Anguila, Dominica o Montserrat. Más aún: el Imperio español la llamó, con gran belleza, Trinidad de Barlovento, pero se discute si Trinidad pertenece a ese grupo conocido justamente como “islas de Barlovento” o si no es más bien, como pespunte sur del Caribe, una especie de estrambote o prolongación del continente.
Al fin y al cabo, su geografía física se parece más a la de Venezuela que a la de sus islas hermanas. Y, en lo que respecta a su geografía humana, no se parece a ninguna otra: en plenas Indias Occidentales, su grupo poblacional más numeroso proviene de las Indias Orientales, de la India. Ya hemos dicho que todas las islas del Caribe son diferentes y Trinidad, la más diferente de todas. Eso le da un atractivo que, quizá por menos evidente, resulta más interesante.
Para buscar las diferencias más acusadas no hay que ir muy lejos: Trinidad y Tobago —T n’ T para locales y entendidos— no comparten mucho más que Estado. Trinidad es 15 veces más grande que Tobago, y el millón y medio de habitantes del país se reparte también de manera desigual: por cada tobaguense, hay veinticinco trinitenses. Ciertamente, desde que los británicos las uncieron juntas al yugo imperial en 1889, puede decirse que la convivencia ha sido feliz: Trinidad aporta el cacao, la caña y el gas natural licuado, en tanto que Tobago aporta las playas. Pero, a 90 kilómetros o tres horas por ferri, cada una podía haber seguido su propio camino, igual que, hasta tiempos victorianos, habían seguido su propia historia.

La de Tobago se cuenta pronto, aunque sea la isla caribeña que cambió más veces de manos: unas cuarenta, se calcula. Hasta hubo una fugaz colonización curlandesa —de los letones— allá en tiempos de nuestro rey Felipe IV. De modo esquemático, sin embargo, podemos decir que los españoles se limitaron a bautizarla: Colón la llamó “Bella forma”, pero desde 1511 empezaron a llamarla Tobago, tabaco, precisamente por tener forma de puro. A Castilla, con todo, solo le interesaban “las islas grandes, Cuba, La Española”, de modo que “las islas menudas (…) quedaron para uso y regalo de la piratería”, según el caribólogo Germán Arciniegas. Sin asentamientos permanentes, los españoles se limitaron a ahuyentar a los holandeses hasta que los holandeses prevalecieron. Luego llegaron los franceses y —ya en 1814— los británicos.
La colonización de Trinidad iba a ser más amarga. Colón, en su tercer viaje, divisó las puntas de tres cerros y, por así decir, se topó con el nombre de la isla. Era el 31 de julio de 1498, y al día siguiente estaba destinado a ver por primera vez la plataforma continental americana: quedó tan conmocionado que llamó Tierra de Gracia a lo que después sería Venezuela. Desde entonces, Trinidad iba a ocupar un papel ancilar en el imperio: el de ser base de intendencia para que los gobernadores de El Dorado —¿habrá habido puesto de trabajo más fabuloso en la historia?— incursionaran en tierra firme en busca de la leyenda, aunque a cambio se encontraran una y otra vez con “selva y pantanos, hambre y pestes”. La dominación de Trinidad duró tres siglos exactos. Eric Williams, historiador y “padre de la nación” trinitobaguense, afirmó que la presencia española en Trinidad fue “proverbial en la historia del colonialismo, por su ineficiencia e incompetencia”. Alguna razón asiste a Williams: el desinterés por Trinidad fue supremo.

El 18 de enero de 1776, el gobernador envía un despacho a Madrid en el que reporta que no ocurre “nada de importancia en estas islas”. La presencia española resultó tan nominal que no quedan restos, solo nombres: isla de Huevos, Sangre Grande, La Brea —donde hay un lago natural de asfalto—, y aún debemos lamentar que se perdiera el pasmoso asentamiento llamado Ciudad de la Circuncisión. Solo el ilustrado José María Chacón, que llevó la capital de San José de Oruña (actual St. Joseph) a Puerto España, pareció tener voluntad y luces. Pero fue justo a este gobernador al que le tocó firmar las capitulaciones en la finca de Valsayn (sic) para entregar la isla a Inglaterra. Adiós, calle de la Princesa de Asturias, welcome Frederick Street.

Una de las últimas iniciativas de la Corona española estaba, sin embargo, llamada a cambiar la faz de Trinidad: con la Cédula de población de 1783, la isla —diezmadas las tribus indígenas— iba a enriquecer su componente africano y esclavo con un tropel de recién llegados del Caribe francés. Y la olla humana iba a seguir ganando sustancia cuando, tras la abolición de la esclavitud, comenzaron a arribar a las plantaciones miles de indios que, por otra parte, lo único que tenían de libres era el nombre. El recuerdo de la colonización castellana, en todo caso, ha seguido amargando hasta hoy: en 2025, Trinidad y Tobago quitó las carabelas del escudo sesentero de su independencia y las sustituyó por un steelpan, el tambor tradicional del país.
El steelpan no puede ser más representativo de Trinidad. No solo porque esté presente en el calipso y la soca, los géneros musicales nacidos en la isla; ni porque se haya incorporado al parang que, con no poco regusto hispánico, trajeron los parranderos —así se les llama aquí— de Venezuela. El steelpan se puede construir rajando un barril de petróleo, que, con el cacao, es el producto trinitense más habitual. Y con la otra mitad del barril se puede hacer algo casi igual de típico: una de las barbacoas que cada tarde aroman el país.

Ya que ha aparecido la comida, habrá que afirmar que quien necesite sofisticación, mármoles y mantelitos hará bien en quedarse en el hotel Brix y en comer en The Meena House —un indo-caribeño moderno—, en el barrio de St. Clair y junto a los titanes del sector extractivo nacional. Pero sería una pena perderse placeres más modestos. Los desayunos de leyenda de los puestos de The Breakfast Shed junto al mar, con sus provisiones (tubérculos), callaloo, rabo de toro, roti, unos buñuelos de guisantes llamados pholourie y demás maravillas que no viajan. O no atreverse con el souse, que es mucho mejor que su descripción: despojos de cerdo en vinagreta. O no terminar con un poco de chow: mango verde aliñado, a la vez dulce, ácido y picante. En la sabana de Queen’s Park, una rotonda del tamaño del Retiro, todo está lleno de puestos para probarlo mientras, si nos apetece, damos en ver un partido de críquet. Allí siempre hay chicos jugando, un legado colonial británico tan vivo como las “siete magníficas” casas que constituyen el orgullo arquitectónico de Puerto España y que llevaron el alto kitsch victoriano a los trópicos como un Balmoral en las Antillas.
Pero quizá nada de lo que dejaron los ingleses pueda igualar en placer a lo que se llevaron de la isla. Y no hablamos del amargo de Angostura: hablamos del ron pesado de Trinidad, el Heavy Trinidad Rum, que formó parte del ron de la marinería en la Armada británica hasta los años setenta y cuya cotización —si hablamos de destilerías como Caroni— alcanza hoy muchos salarios mínimos por botella. La versión más informal —también riquísima— del ron la encontraremos en cualquier rum punch de cualquier rum shack, valgan las redundancias, de Playa de Maracas, en la propia Trinidad. O, aún mejor, en la paz de Tobago, cuya capital, Scarborough, es tan pequeña que uno nunca sabe si está en ella o ya la ha dejado atrás. Y nos da lo mismo, porque aquí el asombro de la vida son las playas. Ese rinconcito de mar de Bacolet Beach. Las anchuras de Store Bay o de Mount Irvine. Y, ante todo, Pigeon Point, una de las playas más inolvidables de la tierra, pura calma llana y transparente, de donde todo mal parece haber huido. Daniel Defoe hizo naufragar a Robinson Crusoe “a vista de la gran isla de Trinidad”, es decir, en Tobago, lo que por momentos parece, más que una desgracia, un destino envidiable.

Guyana, hermosa desconocida
Desde los tiempos de Jiménez de Quesada y Walter Raleigh, dar el salto de aquí a la Guyana ha sido una tentación muy a la mano. Y hay que decir que, aunque las soledades no sean las de un robinsón, se les parecen no poco: Guyana tiene la densidad de población de lugares como Mongolia o, por citar algo más familiar, la mitad de densidad que Soria. Eso explica, quizá, que en otros indicadores esté en cabeza: se han registrado ocho mil plantas, de las que la mitad son endemismos, en un país ocupado, en un 90%, por la Amazonía. En ningún sitio la selva es más impenetrable que en Guyana, que acaso sea, entre los lugares hermosos de la tierra, uno de los peor conocidos y menos frecuentados, apenas célebre por su ron y por el río Demerara, que da nombre al azúcar.

Otras noticias guyanesas han sido más amables: hace 10 años que se descubrió petróleo y el país ha llegado a protagonizar un crecimiento económico del 49% al año. Aunque también, claro, ha habido noticias oscuras: el “socialismo apostólico” del predicador Jim Jones mató a mil adeptos de su secta. Eso, por suerte, fue hace ya cincuenta años.
Ahora, Georgetown, la capital, puede pasearse como un catálogo en miniatura de esa arquitectura del siglo XIX que llaman “de pan de jengibre” y que también se podría llamar “de Hansel y Gretel”. Tiene, en el mercado de Stabroek, uno de los mejores del Caribe, con la reverberación de África. Por sus museos de antropología no ha pasado la museología moderna, lo que no les quita rigor científico y, en cambio, les añade un encanto de gabinete erudito. Y aun cuando los holandeses no dejaron palacios ni cancillerías ni catedrales, sí dejaron un sistema de diques que ha hecho posible el paseo de Kingston, una explanada junto al mar de kilómetros y kilómetros dedicados al liming, que es la manera local de decir fiesta. No es seguro que la reina Victoria, en la única estatua que todavía queda en pie, apruebe el plan. Pero los guyaneses tienen un plato nacional, el pepperpot, con mandioca como para aguantar todos los rones de la noche y canela de sobra para sudarlos. Esa es la sal del Caribe que, por parafrasear a Walcott, a veces necesita nuestra herida.
EL PAÍS
