Emilio García Riera nació en Ibiza en 1931 y murió 70 años después a más de 10.000 kilómetros de distancia, en la ciudad mexicana de Zapopan. Cuando estalló la Guerra Civil, huyó con su familia primero a Francia, luego a República Dominicana y, finalmente, a México, el país que abrazó al exilio republicano. En este doloroso peregrinaje, García Riera encontró el consuelo de las películas, un refugio que ya nunca abandonó. El volumen El cine es mejor que la vida / 70 años de ser yo (Athenaica) reúne ahora los dos libros de memorias del hombre que catalogó con el detalle de un amanuense el cine del país que lo acogió.
El libro ‘El cine es mejor que la vida’ recupera la memoria del crítico e historiador Emilio García Riera, que encontró en la sala oscura un refugio cuando su familia tuvo que huir de España
Emilio García Riera nació en Ibiza en 1931 y murió 70 años después a más de 10.000 kilómetros de distancia, en la ciudad mexicana de Zapopan. Cuando estalló la Guerra Civil, huyó con su familia primero a Francia, luego a República Dominicana y, finalmente, a México, el país que abrazó al exilio republicano. En este doloroso peregrinaje, García Riera encontró el consuelo de las películas, un refugio que ya nunca abandonó. El volumen El cine es mejor que la vida / 70 años de ser yo (Athenaica) reúne ahora los dos libros de memorias del hombre que catalogó con el detalle de un amanuense el cine del país que lo acogió.
El prólogo de esta edición recoge un texto del escritor colombiano Álvaro Mutis que habla de cómo la “deslumbrante” inteligencia de García Riera fue a la vez su luz y su condena. En esa contradicción entre la “destreza” intelectual y el “pudor” y la “desconfianza” personal transitó una vida dedicada al cine y su estudio. Con más madera de historiador que de crítico, García Riera se declara amante del dato y de esos hallazgos que alimentan su titánica Historia documental del cine mexicano, 18 tomos publicados entre 1992 y 1997 que conforman un meticuloso recuento de esa filmografía desde el año 1929 a 1976 y que hoy permite, ficha a ficha, conocer a fondo una de las cinematografías más relevantes de América.
García Riera formó parte de la llamada segunda generación del exilio y, junto a Jomí García Ascot y María Luisa Elío, participó en el rodaje y el guion de la película fundamental del exilio español en México, En el balcón vacío (García Ascot, 1962), una de las obras más hondas, tristes y desconocidas sobre lo que significaron la Guerra Civil y el franquismo. Basada en los textos y la vida de Elío, que escribió la película y se interpreta a sí misma de adulta, En el balcón vacío gira alrededor de los recuerdos infantiles del estallido de la guerra, del desgarrador abandono de tu ciudad cuando de la noche a la mañana se vuelve peligrosa para tu familia y de una vida guiada por los recuerdos y fantasmas de ese hogar feliz en Pamplona arrebatado de por vida.
En el libro publicado ahora en España, García Riera rememora la escritura de En el balcón vacío, la enorme implicación de Elío en cada detalle de una película que se hizo con dos duros y entre amigos: Rodada durante los fines de semana, en ella vemos a una niña de siete años despedirse de sus juguetes, de su cuarto y de su tierra para descubrir, años después, que no se puede volver a lo que ya no existe. En palabras de la propia Elío, que “regresar es irse”.
Hijo de maestros republicanos, la huida de España de García Riera es un cuento de terror. Con apenas siete años y acompañado de su hermana, los dos menores permanecen ocultos en Los Pirineos, donde casi mueren por las pésimas condiciones del lugar en el que se escondían. Un año después consiguen reunirse con sus padres para cruzar juntos el Atlántico. La noche antes de dejar Europa, el padre les lleva al cine. No quedan entradas para ver la Blancanieves de Disney y entran a ver una película francesa que García Riera nunca logró ubicar.
Llegan a República Dominicana, donde viven cinco años rodeados de miseria. Allí murió su padre y, según recuerda en una semblanza biográfica la viuda de García Riera, Cristina Martín, allí su marido encontró “un solo refugio”. Se trataba del cine de Santiago de los Caballeros, “donde no se podían oír los diálogos de las películas porque el público gritaba su réplica a los actores y se gritaba entre sí con euforia tropical”. El niño que no había parado “de digerir derrotas, volvió a triunfar con Gary Cooper y con John Wayne, volvió a reír con Charlie Chaplin y aprendió a enamorarse de Paulette Goddard”. La fantasía del cine se convirtió en su rutilante casa.
Ya en México, García Riera dedicó todo su tiempo al cine. Con los años sería el fundador de tres revistas, S.Nob, Imágenes y Dicine. Amante del dato, desde muy joven empezó a hacer fichas de todas las películas que veía, la mayoría mexicanas, y gracias a ellas empezó una labor titánica: catalogar todo el cine de ese país. “Tengo madera de estéril erudito”, escribe García Riera. “De joven, me atrajeron erudiciones como la filatélica o la de los coleccionistas de cajetillas de cigarrillos, y aún me reprocho no haberlas cultivado”.
El destierro encontró su consuelo en la exploración del cine y convirtió a García Riera en un arqueólogo de la pantalla fundamental para explorar territorios del pasado. Fue amante de las películas del gran Tin Tan (cómico al que dedicó un estudio fundamental), amigo de Buñuel, de Arturo Ripstein o de Carlos Monsiváis. En el álbum de fotos que acompaña la edición de Athenaica, incluso se le ve junto a un jovencísimo e irreconocible Guillermo del Toro. García Riera agradece que el joven director no le pase sus películas en DVD sino que le invite a ver sus primeros filmes en sala.
Con el mismo humor que recorre todo el libro, García Riera asume el olvido de los años: “Es obvio que va perdiendo uno el resplandor del primer plano, si es que alguna vez lo tuvo. Si se discute de cine en México, ya no se aducen mis opiniones; los entrevistadores, que aún los tengo, se resignan a que me declare en babia al tratar temas de última actualidad. Es una lata menos: no tengo ganas de ser proclamado incansable defensor de cualquier causa. Soy un cómodo habitante del pasado en el presente”.
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