“El ilimitado mar en su cólera”: por qué los naufragios siguen fascinándonos

Cuenta la leyenda que el pintor William Turner —nacido en Londres en 1775 y obsesionado con representar la furia del mar— se mandó atar al mástil del Ariel (un pequeño barco de vela y vapor) durante una espantosa tempestad de varias horas cuyo recuerdo transformaría en su famoso cuadro Tormenta de nieve (1842). Historiadores del arte como James Hall desmienten esta anécdota que, eso sí, recuerda a las que circulan por redes respecto al rodaje de La Odisea de Nolan. De hecho, Instagram está lleno de reels sobre la dificultad de instalar pesadas cámaras IMAX en las inestables embarcaciones usadas en la película (la principal es, en realidad, una réplica de una nave vikinga) y algunos actores recuerdan que la biodramina se agotó durante la grabación de la escena del naufragio en la Isla de Ogigia, donde Calipso (Charlize Theron) retendrá a Odiseo (Matt Damon) tras la muerte de su tripulación. De nuevo, lo que pretendía Christopher Nolan era registrar con el mayor nivel de detalle y de realismo la cólera del mar, exponiendo a su equipo a verdaderos temporales.

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 Cuenta la leyenda que el pintor William Turner —nacido en Londres en 1775 y obsesionado con representar la furia del mar— se mandó atar al mástil del Ariel (un pequeño barco de vela y vapor) durante una espantosa tempestad de varias horas cuyo recuerdo transformaría en su famoso cuadro Tormenta de nieve (1842). Historiadores del arte como James Hall desmienten esta anécdota que, eso sí, recuerda a las que circulan por redes respecto al rodaje de La Odisea de Nolan. De hecho, Instagram está lleno de reels sobre la dificultad de instalar pesadas cámaras IMAX en las inestables embarcaciones usadas en la película (la principal es, en realidad, una réplica de una nave vikinga) y algunos actores recuerdan que la biodramina se agotó durante la grabación de la escena del naufragio en la Isla de Ogigia, donde Calipso (Charlize Theron) retendrá a Odiseo (Matt Damon) tras la muerte de su tripulación. De nuevo, lo que pretendía Christopher Nolan era registrar con el mayor nivel de detalle y de realismo la cólera del mar, exponiendo a su equipo a verdaderos temporales. Seguir leyendo  

Cuenta la leyenda que el pintor William Turner —nacido en Londres en 1775 y obsesionado con representar la furia del mar— se mandó atar al mástil del Ariel (un pequeño barco de vela y vapor) durante una espantosa tempestad de varias horas cuyo recuerdo transformaría en su famoso cuadro Tormenta de nieve (1842). Historiadores del arte como James Hall desmienten esta anécdota que, eso sí, recuerda a las que circulan por redes respecto al rodaje de La Odisea de Nolan.De hecho, Instagram está lleno de reels sobre la dificultad de instalar pesadas cámaras IMAX en las inestables embarcaciones usadas en la película (la principal es, en realidad, una réplica de una nave vikinga) y algunos actores recuerdan que la biodramina se agotó durante la grabación de la escena del naufragio en la Isla de Ogigia, donde Calipso (Charlize Theron) retendrá a Odiseo (Matt Damon) tras la muerte de su tripulación. De nuevo, lo que pretendía Christopher Nolan era registrar con el mayor nivel de detalle y de realismo la cólera del mar, exponiendo a su equipo a verdaderos temporales.

Aunque, según los imaginarios turísticos y veraniegos surgidos a mediados del siglo XIX y difundidos masivamente durante el XX, el mar está relacionado con el placer y las vacaciones y se ha convertido en el protagonista tranquilo de las postales más pintorescas, este relato (y los usos de la costa asociados a él) todavía convive con el de los trabajadores para quienes la mar es un medio de vida. Pero, sobre todo, choca con la idea que la pintura y la literatura habían difundido en el pasado, especialmente durante el romanticismo. El naufragio fue el accidente predilecto de la modernidad, protagonista de infinitas pinturas que mostraron “el ilimitado mar en su cólera”, según escribió Kant en sus Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (1764). Lo “sublime marítimo”, cargado de amenazas, servía para mostrar la distinción entre la naturaleza (ingobernable) y el hombre (insignificante) y recorre la cultura decimonónica convertido en el gran tema tanto de la novela (Las aventuras de Arthur Gordon Pym, Moby Dick,…) como de la pintura (Vernet, Géricault, Turner, Delacroix,…). Con balleneros y exploradores a pleno rendimiento, entonces los naufragios ocupaban buena parte de la conversación pública porque, además de proyectar su poder alegórico, a medida que los viajes por mar se popularizaban, esta fatalidad alcanzaba a un número creciente de europeos: Percy Shelley se ahogó en el Tirreno en 1822 y alrededor de 1850 casi todas las familias británicas acomodadas habían perdido a alguien entre las olas.

Si en los viejos cuadros de naufragios la naturaleza —como la furia de los dioses antiguos— desarbolaba jarcias y rompía tablones de madera, condenando a los marineros a ahogarse entre escollos, a partir de 1900 se logra construir grandes buques de acero prácticamente inmunes a tales vicisitudes gracias a sus motores y, poco después, a las nuevas técnicas de soldadura. En 1912, el Titanic, presentado por la prensa como insumergible, supuso una excepción cuyo hundimiento celebró el poeta ruso Alexander Blok, que declaró que su desgracia le había hecho “indescriptiblemente feliz” porque mostraba que, “pese a todo, sigue habiendo un océano”. Tras ese último gran trauma, después de dos guerras mundiales y en plena era atómica, el naufragio perdió su significado prometeico.

Hoy, cuando el cambio climático o la IA plantean amenazas más tangibles, el naufragio reaparece una y otra vez como tema de novelas, películas de autor, blockbusters y hasta de las obras de artistas contemporáneos como Ai Weiwei o Juan Uslé. Por un lado, son accidentes que, por desgracia, siguen produciéndose, hoy muy relacionados con los movimientos de refugiados. Por otro, los naufragios continúan funcionando como una gran metáfora que sirve para explorar desde la ficción muchas cuestiones que van más allá de la navegación o la supervivencia.

El atractivo de un tema universal

“La temática del naufragio es tan amplia que se extiende a las más diversas crisis de la experiencia individual o colectiva. Y es que el mar, por su condición líquida y por el movimiento perpetuo de sus olas es el mediador entre lo no formal (aire, gases) y lo formal (tierra, sólido) y análogamente entre la vida y la muerte”, escribe la historiadora del arte Esperanza Guillén en Naufragios (Siruela, 2004). En este breve ensayo, la profesora analiza el protagonismo del naufragio en la conciencia colectiva hasta que decae hacia finales del s. XIX y lo relaciona con la noción kantiana de lo “sublime dinámico”. Para el filósofo, en esta categoría cabían “nubes tempestuosas reuniéndose en la atmósfera en medio de los relámpagos y el trueno, volcanes desencadenando todo su poder de destrucción, huracanes sembrando tras ellos la devastación, el inmenso Océano agitado por la tormenta, la catarata de un gran río, etc.”. En cierto modo, Kant se adelantó 200 años al regocijo del espectador del cine de catástrofes, porque indica que esta visión “tiene tanto más atractivo cuanto es más terrible, puesto que nos hallamos seguros”.

Los naufragios nunca han abandonado las pantallas de cine. Si La aventura del Poseidón (1972) y Titanic (1997) batieron récords de recaudación, continúan produciéndose películas en las que un barco se hunde y su tripulación debe salvarse, y también documentales que reconstruyen incidentes reales: Naufragio: Pesadilla en el mar, sobre el Costa Concordia, hundido en 2012, ha sido uno de los contenidos más vistos en Netflix durante julio de 2026. En El triángulo de la tristeza, (Ruben Östlund, 2022) el naufragio es el catalizador que sirve para evidenciar las contradicciones de los personajes. A fin de cuentas, tal y como explicó Hans Blumenberg en su libro Naufragio con espectador (1978), el modelo del viaje por mar es uno de los más persistentes en todas las culturas porque incluye la partida, el puerto, la tormenta, la calma y, fundamentalmente, el naufragio. Es decir, una metáfora existencial perfecta.

En el campo artístico hay quien incluso ha invertido, a su pesar, el funcionamiento de la metáfora, confundiendo en su obra el término real y el imaginario. El ejemplo más conocido es el del artista y performer Bas Jan Ader, que llevaba tiempo experimentando en torno al concepto de fracaso o de desaparición (fueron célebres sus caídas en bicicleta a los canales de Ámsterdam), cuando intentó cruzar el Atlántico sin experiencia y a bordo de un velero diminuto. Cuando su embarcación fue encontrada a la deriva entre Irlanda y las Azores, en abril de 1976, nadie se lo tomó demasiado en serio. Durante meses se descartó la posibilidad de un accidente y se esperó que el artista reapareciera ante el público culminando una supuesta performance que se había convertido en una verdadera desaparición.

Un accidente también contemporáneo

“Abajo, en el camarote, el agua ya estaba entrando por los tablones del suelo. ¡Cuánto tiempo habían perdido en cubierta, ensimismados con la ballena!”. El primer capítulo de Un matrimonio en alta mar (Siruela, 2025), de Sophie Elmirst, reproduce el choque contra un cachalote y el hundimiento del velero en el que los Bailey atravesaban el Pacífico. La autora, que recoge en su libro las peripecias reales de este matrimonio, entrevistada en EL PAÍS por Jacinto Antón, reconoce que lo que le interesaba de su historia no eran tanto los detalles técnicos o espectaculares de la supervivencia sobre una balsa salvavidas como la dimensión psicológica de un suceso que habría llevado al límite cualquier relación: “Irse a dar la vuelta al mundo mano a mano en su velero, sin radio, ya es arriesgado y una prueba de fuego si todo va bien, pero si encima añades el naufragio, tienes una versión muy extrema de crisis matrimonial. Descubren cosas del otro que desconocían, entablan conversaciones recurrentes, discuten sin posibilidad de levantarse e irse”. Curiosamente, los problemas de los Bailey se parecen mucho a los de cualquier matrimonio en tierra firme… aunque a la deriva y sobreviviendo a base de pescar tortugas con imperdibles.

Otro naufragio real, el del Bayesian (un gran velero que se hundió frente a las costas de Sicilia en agosto de 2024, provocando la muerte de su armador, el millonario Mike Lynch y de seis personas más) también promete generar mucha literatura. Ya en La belleza del accidente (AKAL, 2025), el filósofo y matemático Javier Moreno lo utiliza para advertir de que los errores pueden alcanzar incluso a quienes han levantado su fortuna gracias a la incertidumbre: “Mike Lynch, matemático, se hizo rico creando, comprando y vendiendo empresas de IA que usan la inferencia bayesiana, una herramienta probabilística que se utiliza en el reconocimiento de patrones, para modelar la incertidumbre o en sistemas de recomendación; de ahí el curioso nombre del barco. El hundimiento del Bayesian se nos antoja como uno de esos momentos en los que el azar de la naturaleza parece querer enseñarnos algo”.

Desgraciadamente, la lección de Barca Nostra, obra de Christoph Büchel expuesta en la Bienal de Venecia de 2019, sigue vigente. La pieza artística es en realidad el casco recuperado de una embarcación en cuyo naufragio —el peor de los que se tiene constancia en el Mediterráneo— murieron cientos de inmigrantes en 2015, junto a la isla de Lampedusa. Su exposición como instalación artística desarmaba, con su literalidad, cualquier significado más allá de la protesta. Y es que, aunque el naufragio sea una metáfora inmejorable, presente en toda nuestra tradición artística y literaria, ante todo es una desgracia que seguimos teniendo muy cerca.

 EL PAÍS

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