“El duende no visita a cualquiera; si no, ¿donde estaría la magia?“: auge, caída y redención de Farruquito

Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.

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 En 2003, Juan Manuel Fernández Montoya era el nuevo dios del baile flamenco. Un accidente, una muerte y la cárcel arrumbaron sus sueños. El documental ‘Serás Farruquito’ y esta conversación reflexionan sobre la trayectoria del bailaor.  

Son las 12.30 de un domingo y los pasillos de la academia de flamenco Amor de Dios, en pleno centro de Madrid, se parecen bastante a esas hileras nerviosas donde las hormigas se cruzan a lo loco sin chocarse nunca. Siempre hay gente en Amor de Dios, pero hoy huele a muchedumbre y un poco también a fervor. Imparte clase Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito para los amigos… del duende. O lo que es igual, el bailaor que muchos de los que saben de esto sitúan en la estirpe de los dioses del zapato veloz: Faíco, Farruco, Gades y él. Y eso, a pesar de que el interesado se encarga de rebajar la épica en torno a su nombre: “Yo nunca he sentido o he creído que haya estado dotado para bailar. Dudé muchísimas veces en el camino de si lo hacía bien o no, y sigo dudando. Cada día me levanto como si fuera un principiante, y creo que es algo sano, porque he conocido a otros compañeros a los que les ha jugado malas pasadas el hecho de pensar que ya habían llegado a la cima. Creo que me aburriría y me hartaría de llorar si un día sintiera que ya ha llegado. Ese día me quitaría de bailar por respeto a mí mismo y al público, sobre todo”.

Ese tipo de reflexiones, y sus opiniones sobre la herencia, la raíz y el legado, y sobre la verdad y la mentira, y sobre la pureza o la impureza del flamenco, y sobre sus profundos lazos familiares y de manera muy especial la forma en que siendo un niño él aprendió de la mano de su abuelo, el gran Farruco, y ahora es él quien enseña a su niño, Juan el Moreno (13 años), se cruzan en Serás Farruquito. Ese es el título del documental codirigido por Santi Aguado y Reuben Atlas que retrata el ascenso, la caída y la redención del bailaor sevillano de 43 años, y que se estrenará en salas el 15 de mayo. Aguado retrata así de forma urgente al personaje: ”Es un contraste brutal. Por un lado está el pedazo de poderío que él tiene cuando se pone a bailar, y por el otro, todo lo vulnerable y quebradizo que parece, debido a toda la historia que le ha pasado». El director cree que hay mucha gente, flamenca o no, con una visión “muy sesgada” de Farruquito. “Me pareció”, explica Aguado, “una oportunidad para poner en valor una figura como la suya, obviamente, como todos los artistas con sus luces, con sus sombras”.

Farruquito es, en efecto, un personaje indescifrable. Viéndolo, primero, avanzar por los corredores de Amor de Dios entre los ojos transidos de sus admiradores, luego posar ante el fotógrafo esgrimiendo un rostro de altivez entre sombras y al final atacando un taconeo fugaz y feroz como una suerte de estatua eléctrica, uno encuentra en él una mezcla de poderío ilimitado y fragilidad agazapada. Se le sugiere esa idea y él asiente riendo y mirando para abajo: “Es así, es así. Mi mujer me lo dice también, pero yo creo que todos los artistas tenemos un poquito de esa fragilidad, ¿no? No sé lo que es, pero ahí hay un algo, una sensibilidad o algo que te hace sentir y ver la vida algo diferente, ¿no? Y es verdad que a veces esa sensibilidad es un poquito más extrema. Los artistas, a veces, nos vaciamos y nos quedamos como indefensos. No sé explicarlo, pero me atrevo a decir que todo artista tiene esos momentos, como de cristal”. El hijo de La Farruca y de Juan el Moreno no es uno de esos artistas que hablan solo con su arte. Farruquito se expresa, en fondo y forma, de una manera clara, brillante y, si pecáramos de síndrome de Estocolmo, diríamos que sensual. De dónde sale ese verbo, ah, nos quedaremos sin saberlo.

Detrás de esos momentos de cristal y del chispazo genial en el tablao, se supone que se esconde eso tan misterioso que nunca acabará de definirse y que se llama el duende. “Pero el duende, solo, no viene. Al duende hay que llamarlo”, avisa, “a veces el duende te mira y dice ‘voy a visitar a esta persona porque se lo merece’. Pero el duende no visita a cualquiera; si no, ¿dónde estaría la magia de las cosas?”.

—Usted es creyente, y eso que describe se parece un poco, perdone la barbaridad, a lo que algunos creyentes describen como los procesos de encuentro con Dios.

—Pues sí, se parece un poco a ese esperar a que venga Dios a hablarte un rato. No sé, yo confío mucho en esa frase que dice que Dios es omnipotente y está en todos lados. Así que no creo que tenga que ir a un lugar en especial para encontrar a Dios. Ya viene él.

¿Y las musas, la inspiración, el duende… ¿de dónde vienen, y cómo y por qué? Preguntado por ello, Farruquito habla de “una especie de inconsciencia”. Y se la explica a su niño, Juan el Moreno, cuando él le dice lleno de curiosidad: “Oye, papa, cuando voy a verte bailar a veces me fijo en tu cara y no pareces tú’. Y es verdad. Bueno, también es verdad que si fuéramos 100% conscientes de las cosas, por ejemplo tampoco nos enamoraríamos, ¿no? Uno no se enamora analizando las ventajas y las desventajas de esa persona que te gusta. No. Te quiero porque te quiero y ya está, ¿no? Pues para mí el arte es eso, te quiero porque te quiero. Y ya está, y cuanta menos explicación tiene, más bonito es”.

En la conversación, sentados en una sala vacía de la academia, sale enseguida la figura del Farruco, el abuelo bailaor y maestro: “Era muy estricto con el flamenco, no te daba la coba de decirte ‘ay, qué bien lo haces’, no, señor, decía que eso era engañar. Entonces yo a veces llegaba a casa frustrado y llorando, y un día mi madre fue a hablar con él y le dijo: ‘Papa, el niño llega casi todos los días llorando a la casa’. Y mi abuelo: ‘¿Y eso por qué, hija?’. Y ella: ‘Pues no lo sé, pero tienes que entender que es un niño’. Y él la miró y le dijo: ‘¿Ah, sí? ¿Pues sabes qué?, enséñale tú”, cuenta Farruquito con los ojos vidriosos.

Y todos estos mismos amores, dedicaciones y broncas de su abuelo son ahora las herramientas con las que Farruquito trata de enseñar a ser bailaor a su hijo. “Es la misma escuela, esa donde yo aprendí y que se basa en el respeto, la verdad y la constancia. Mi abuelo me dejó claro que esto era afición, respeto, amor y trabajo. Y cuando se me olvidaba, me lo recordaba unos días mi padre y otros días mi madre”.

Pero además de los rudimentos técnicos del baile flamenco, hay otra enseñanza que Farruquito trata de inculcar a su hijo. Y esa lección es lo que él llama la flamencura. Algo que, sostiene, lo mismo puede ir incorporado en la forma de bailar de un Michael Jackson —a quien siempre consideró como una de sus influencias directas— que en la de cantar de una Aretha Franklin que en la de un zapateado de su abuelo Farruco. “La flamencura es una filosofía, una actitud. Por eso Michael Jackson era quien era, por eso te olvidabas de que lo estabas viendo bailar y de que lo estabas escuchando cantar, era más bien como que lo estabas conociendo, que estabas con él, era algo muy fuerte, era algo místico”.

¿Se puede ser flamenco sin ser gitano?

—¿Y por qué no? ¡Pues claro que sí! Michael Jackson era el más flamenco del mundo y no era gitano.

—¿Qué es ser gitano?

—Pues para mí, ser gitano es no tener nada y sentir que lo tienes todo. Nosotros somos los más felices del mundo cuando menos tenemos, eso es el gitano. Y eso te lo trasladas al arte y a la filosofía de la vida y es el resumen de todo, porque en el baile pasa igual. En la historia del baile hay gitanos que han pasado inadvertidos y que se han muerto de hambre. Y a lo mejor son los maestros de todos los que están hoy triunfando, ¿eh?

—¿Sigue habiendo racismo hacia el pueblo gitano?

—Es inevitable, por desgracia nos creemos que hemos evolucionado muchísimo y como dijo no sé si fue Chaplin, mientras haya niños muriendo de hambre por ahí, el hombre no ha evolucionado en nada. Pues mientras que haya racismo, el hombre tampoco ha evolucionado. Y con los gitanos hubo y hay racismo.

—¿Por algo se llama al flamenco la voz de los olvidados?

—Desde luego, el primer flamenco que conocemos no es más que la expresión del pueblo gitano. Ese pueblo tiene una manera de vivir y una manera de ser. Y por lo tanto acaba cantando y bailando de una forma. Entonces, es normal que el pueblo gitano tenga una vivencia más cercana con el flamenco, pero yo quiero pensar que cualquiera que lo quiera de verdad puede llegar a ser un buen flamenco.

—“Bailamos nuestras penas por soleares, cantamos nuestras alegrías por bulerías”.

—Es bonito, ¿verdad? Es que nosotros los gitanos somos así. Yo, cuando estoy triste, no puedo hablar con nadie. Sin embargo, me voy a la calle y me pongo a cantar. Y se me alivia la tristeza.

—Pero eso es porque es un cantaor frustrado.

—¡Ja, ja, ja, ja! También, es verdad, soy un cantaor frustrado. Mi padre cantaba muy bien y yo era un gran aficionado y lo volvía loco. Le decía: “Papa, ¿cómo es la granaína? ¿Y qué diferencia hay con la media granaína? Y entonces, ¿la taranta de Linares es la misma que el taranto de Almería y la cartagenera?”, y así todo el tiempo… Así que un día cogió mi padre y me regaló la discografía entera de Antonio Mairena, pero en cinta de aquellas de casete, y me dijo: “¡Toma, niño, y hasta que no te lo escuches 10 veces, me dejas tranquilo!”.

Así que desde muy chico, Juan Manuel Fernández Montoya se hizo aficionado al cante. Sin condición. Tenía 10 años y se pasaba el día escuchando a Tomás Pavón, a La Niña de los Peines, a todos los fandangueros, a José Cepero y a Pepe Palanca, a Antonio el Rubio y a Dolores Abril, a Juanito Valderrama y a Caracol. Queda dicho, al bailaor Farruquito, lo que más le gusta del mundo es el cante. “Yo cambiaba todo el baile que llevo dentro por cantar la mitad”.

—¿En serio?

—Con los ojos cerrados. Me tiraba por esa ventana ahora mismo. El cante es lo más bello que han inventado Dios o la vida.

Pero ni todo es cante jondo, ni todo son fandangos, ni alegrías ni bulerías, ni todo es debate sobre ortodoxia o heterodoxia artística en Serás Farruquito… ni en la vida real de Juan Manuel Fernández Montoya. Por desgracia, un ingrediente de la biografía del personaje —sin duda el más desgraciado de toda ella junto con la repentina muerte de su padre delante de él durante un concierto en Buenos Aires hace 25 años— sobrevuela la película. Y lo hace porque así lo ha querido y aceptado su protagonista, que el 5 de septiembre de 2006 fue condenado por la Audiencia Provincial de Sevilla a dos años de cárcel por homicidio imprudente y a otro año por omisión del deber de socorro. Se trataba de la revisión de una primera condena del Juzgado de lo Penal número 8 de Sevilla, después de que el 30 de septiembre de 2003, un Farruquito de 20 años atropellase en Sevilla, dándose después a la fuga, al peatón Benjamín Olalla, que fallecería horas después. Farruquito pasó un total de 14 meses en la prisión de Sevilla tras acogerse a diversos beneficios penitenciarios por ser, según las fuentes judiciales, “un preso ejemplar”. El caso Farruquito revolucionó en su día no solo el mundo flamenco, sino los titulares de la prensa española.

—Dijo una vez que un día contaría las verdades y las mentiras de lo que ocurrió. ¿Ha llegado ese día?

—A ver, en esta película yo creo que lo cuento. En aquel momento hubo muchas noticias totalmente falsas. Se decían cosas que no tenían nada que ver con la verdad y yo, como me di cuenta de que si me salía a defender no iba a servir de nada, pues me quedé callado. Pero hice mal, porque muchas cosas no fueron como se contaron. Yo sí tenía carnet de conducir, yo sí tenía seguro, y yo no inculpé a mi hermano menor. Ahora bien, lo que pasó es lo que pasó.

—¿Qué pasó?

—Una mala decisión, la peor de mi vida. Y suelo pensar: Dios no quiera que nadie tenga que vivir eso porque eso es lo peor del mundo, son unas décimas de segundo que te cambian la vida entera. Y una pena en el corazón que ya no se quita nunca. El miedo del momento me hizo tomar la peor decisión, y me arrepentiré siempre, y he pedido perdón y he pagado por ello. Uno dice: ¡Dios mío, ojalá nunca yo hubiese sido el causante de una tragedia así! Pero después, cuando pasan los años, también dice: Bueno, Dios mío, me has puesto esta prueba para que yo ahora intente ayudar a todo el que me encuentre.

—¿Hay un Farruquito o dos?

—Hay dos, claro. Y ya será así para siempre. Es irremediable. Aquel murió. Ese Juan murió automáticamente. Queda el otro. 

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