Douglas Stuart: “Haber sido pobre condiciona mis acciones cada día. Es algo que nunca olvidas”

Esta era una entrevista pensada para no mencionar en ningún momento a Donald Trump. La literatura de Douglas Stuart (y su vida, indisolublemente ligadas) da para horas de conversación sobre temas tan fascinantes como la familia —entendida como vínculo asfixiante más que como refugio—, los secretos ocultos durante años —que son a la vez salvación y condena—; la evolución de la vida de los homosexuales en el último medio siglo y cómo la pobreza sigue marcando, mucho tiempo después de haberla superado, a los que han pasado por ella. La idea era centrarse en estos temas. Pero a los 45 minutos de conversación, surge el nombre del presidente de Estados Unidos.

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 El escritor, que publica nueva novela tras el éxito de ‘Historia de Shuggie Bain’, no cree que EE UU vaya a mejorar tras la salida de Trump. “Él ya ha sembrado la semilla del odio”, dice  

Esta era una entrevista pensada para no mencionar en ningún momento a Donald Trump. La literatura de Douglas Stuart (y su vida, indisolublemente ligadas) da para horas de conversación sobre temas tan fascinantes como la familia —entendida como vínculo asfixiante más que como refugio—, los secretos ocultos durante años —que son a la vez salvación y condena—; la evolución de la vida de los homosexuales en el último medio siglo y cómo la pobreza sigue marcando, mucho tiempo después de haberla superado, a los que han pasado por ella. La idea era centrarse en estos temas. Pero a los 45 minutos de conversación, surge el nombre del presidente de Estados Unidos.

¿Cómo ve al país donde ha pasado más de la mitad de su vida? Es una pregunta casi de rutina, pensada para concluir cuando el periodista ya cree tener suficiente. Y entonces surge material para otra entrevista. “Es curioso. Nunca me preguntan por Estados Unidos”, reflexiona Stuart. Hace un largo silencio, y entonces se lanza.

“¿Sabes? Yo he construido mi vida aquí pensando que este era mi lugar. Pero por primera vez mi marido y yo estamos pensando en marcharnos. No creo que este país vaya a mejorar en 2028, cuando Trump deje el poder. Él ha sembrado la semilla de odio, que se va a quedar. Más que Trump, me dan miedo sus votantes”, asegura en un café del Greenwich Village neoyorquino mientras da un bocado a un pastel de aceite de oliva.

Pero mejor dejar todo esto para después. Y empezar con lo que habíamos venido a hablar.

Stuart, nacido en Glasgow hace 50 años, publica la próxima semana en español John hijo de John (Random House, con traducción de Francisco González López; también en catalán, en Edicions de 1984). En este libro vuelve a los temas que ya había desarrollado en el fenómeno editorial Historia de Shuggie Bain, Premio Booker en 2020, y en Un lugar para Mungo. Familias en las que la felicidad parece una quimera, atrapadas en unas condiciones económicas asfixiantes, con una homosexualidad traumática de fondo, que solo puede vivirse en los márgenes. Y un mismo marco temporal: los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Es el escenario de las novelas de Stuart y de la primera mitad de una vida, la suya, que da para varias novelas: una infancia y adolescencia en una familia disfuncional y pobre en Glasgow, una juventud en Nueva York a partir de los 2000, trabajando para Calvin Klein y los mejores diseñadores de la era dorada de la moda estadounidense, y la edad adulta como escritor de éxito.

Admite que sus novelas muestran una idea de la familia un tanto distorsionada. Quizás influye que su padre le abandonara cuando tenía cuatro años y muriera poco tiempo después; y que su madre, alcohólica y a la que le unía un vínculo muy estrecho, falleciera cuando él tenía 16. “La familia para mí es un puzle que aún estoy tratando de descifrar”, asegura. Aunque también reconoce que estos vínculos conflictivos, como el ambiente claustrofóbico de John hijo John, son material narrativo de primera. “Sería muy aburrido escribir solo sobre gente que se quiere y que se comporta correctamente”, bromea.

Que tus padres te quieran no quiere decir que no te provoquen dolor

“Que tus padres te quieran no quiere decir que no te provoquen dolor. Es fácil decir que las familias se basan en el amor y la aceptación, pero son algo mucho más complejo. Y esto suele ocurrir más para los gais y lesbianas, que a menudo crean una versión de sí mismos, una ficción, por la incapacidad de mostrarse como son. Es algo que me pasa también a mí: sé que me quieren y que están orgullosos de mí, pero hay cosas en las que no me pueden acompañar. Eso hace que a veces te sientas un poco solo”.

Los homosexuales aún no estamos preparados para lidiar con nuestro dolor colectivo

Stuart observa que los avances de las últimas décadas en los derechos LGTBIQ+ han hecho que las nuevas generaciones prefieran no mirar al pasado. Su nueva novela, ambientada en la Escocia rural, disecciona esa sensación de soledad, de no tener a nadie con el que conectar tan habitual en el mundo gay previo a internet. “Tengo la sensación de que nos perdemos algo al no hablar de lo duro que fue el pasado reciente. Yo tengo solo 50 años, todo esto sucedió en mi vida. Sí, es difícil y duro, pero forma parte de nuestra historia queer. Aún no estamos preparados para lidiar con nuestro dolor colectivo”.

En el mundo gay, las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas, pero Stuart no cree que necesariamente para mejor. “Las citas eran muy inocentes, no tan sexuales y explícitas como hoy. Yo pasaba meses carteándome con desconocidos. Mi consuelo era esa correspondencia en la que nos contábamos cómo era nuestra abuela o nuestra casa o nuestro colegio y qué esperábamos del futuro. Era algo increíblemente íntimo”. Al empezar a preparar este libro, consultó esas cartas antiguas. “Me impactó lo solos que estábamos, desesperados por conectar y compartir con desconocidos las cosas más descabelladas”, recuerda.

No quiere sonar nostálgico, pero dice que los homosexuales hoy han ganado en visibilidad, pero no han logrado resolver esa soledad. “Ahora puedes encontrar exactamente lo que te gusta al instante. Al contactar con alguien, lo primero que te preguntan es qué posición sexual prefieres. Es algo práctico, pero corrompe un poco el alma. Y, sobre todo, no resuelve esa soledad profunda que sentimos. Muchos hombres gais se sienten realmente solos, de una manera que no logran identificar del todo”.Él, pese a todo, parece tener resuelto el tema de la pareja. Lleva 30 años con el que hoy es su marido. “Entonces no era legal el matrimonio entre hombres, pero nosotros básicamente nos casamos al mes de conocernos. Tenía 20 años y supe que quería pasar el resto de mi vida con él”.

Cuando empezó a escribir John hijo de John, en 2018, tenía dudas sobre la necesidad de volver sobre estos temas. Solo habían pasado tres años desde la aprobación del matrimonio igualitario por el Tribunal Supremo de Estados Unidos y parecía que la guerra ya estaba ganada. Pero las cosas se han torcido desde entonces. Los derechos de las personas trans están en la diana de la Administración de Trump y las encuestas muestran un retroceso en la aceptación a la diversidad sexual. “Veo cómo políticos o novelistas vilipendian a las personas trans todos los días. Cuanto más cerca estaba de terminar el libro, al ver esta reacción conservadora y religiosa contra la identidad queer, más relevante me parecía”.

Una de sus obsesiones es no olvidar la clase social al tratar la sexualidad. Creció con las películas de James Ivory, donde las desviaciones de la norma se daban siempre entre las élites. “Parecía que para ser gay tenías que jugar al cricket”, bromea. Él fue el primero de su familia en terminar la secundaria. “Empecé a abandonar mi clase social en 1994, cuando puse un pie en la universidad textil de Glasgow”. Lo pudo hacer por el generoso sistema de becas de Escocia. Hoy, asegura, ya no existe. Su trayecto vital ya no sería posible. Tras cursar un master en moda, un cazatalentos lo fichó para Calvin Klein. Su nueva vida empezó en Nueva York en 2000.

Stuart ha logrado dejar atrás la pobreza, pero no la ha olvidado. “Nunca abandonas la clase social en la que creciste. Todas mis convicciones, mi forma de plantearme cada día cosas como si debo pedir este pastel que estamos comiendo, mi manera de gastar dinero, mi concepción de la justicia en el mundo… todo eso está marcado por mi clase. Si alguna vez has conocido la pobreza, nunca la olvidas”.

Esos orígenes los tuvo muy presentes durante los años en los que trabajó en la industria del lujo, primero en Calvin Klein y luego en Ralph Lauren. Allí se relacionaba con gente que jamás había tenido que pensar en el dinero. Y el choque fue demasiado para él. Acabó dejando el trabajo porque, dice, le hacía profundamente infeliz.

En la moda trabajaba para gente sin formación pero de la cuna adecuada. Era una novela de Dickens en miniatura

“La ropa era preciosa, el diseño era increíble y me encantaba lo que hacía, pero no lograba asimilar esa ostentación de riqueza. Recuerdo conversaciones en las que se decía ‘Esto no es lo suficientemente caro; tenemos que subir el precio para que el cliente sienta que está fuera de su alcance”, cuenta. En Ralph Lauren trabajaba gente muy preparada, jóvenes que habían estudiado diseño o arte y provenían de familias de clase media o trabajadora. Pero quienes compraban la ropa y dirigían la empresa, asegura, no tenían nada que ver. “Eran amigos personales del señor Lauren, a quienes había conocido en clubes sociales. Muchas veces era gente sin formación, pero que venían de la cuna adecuada. Era un microcosmos de clases sociales, como una novela de Dickens en miniatura. No podía soportarlo”.

Más que Trump, me dan miedo sus votantes

La conversación vuelve al Estados Unidos actual. La decepción de Stuart es evidente. Llegó a un país donde tenía la sensación de que todos eran aceptados y podían aspirar a una vida mejor. “De dónde yo venía, el tópico del sueño americano parecía una realidad. Eso ya no es así. Se ha vuelto un lugar tan sumamente intolerante que resulta peligroso. Es difícil mantener la esperanza día tras día frente a tanto odio”.

Reconoce que tiene mucho que agradecer a este país, del que se ha nacionalizado. Pero siente que su etapa aquí se está acabando. No está seguro de creer en este experimento. “Todos los países son un experimento. Y Estados Unidos es muy joven, apenas 250 años. Todavía está descubriendo cómo construirse. Y la moneda de cambio actual es un odio desmesurado. Trump es solo el síntoma. Ha dado luz verde para expresar ese odio, ya sea hacia los inmigrantes, las personas queer, los trans, las mujeres o los negros”.

No tiene buenas palabras para el presidente —al que describe como “un lunático, un narcisista y un estafador”—, pero le preocupa más quienes lo respaldan. “Llevan gran parte de ese odio en su corazón. Y resulta muy traumático encontrarse de repente frente a frente con que tus compatriotas creen en eso”.

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