La hiperactiva ficción criminal en España ha tenido castigada en un rincón a la novela judicial. No ha habido aquí nada parecido a la tradición de la literatura en inglés, representada con fuerza por nombres como John Grisham o Steve Cavanagh, pero puede que esa sequía se haya acabado. O, al menos, que exista una novela que abra un camino. El abogado Javier Melero presenta en Crímenes decentes (Tusquets) un libro ajeno a modas y tendencias, lleno de virtudes y escrito con una prosa sobria y cuidada.

Crímenes decentes
Javier Melero
Tusquets, 2026
384 páginas. 21,90 euros Adscrito a un subgénero no muy frecuentado en España, el libro es un retrato sobrio y a ratos poético de un universo bien construido. Funcionan el caso y el protagonista, al que esperamos ver en próximas entregas
La hiperactiva ficción criminal en España ha tenido castigada en un rincón a la novela judicial. No ha habido aquí nada parecido a la tradición de la literatura en inglés, representada con fuerza por nombres como John Grisham o Steve Cavanagh, pero puede que esa sequía se haya acabado. O, al menos, que exista una novela que abra un camino. El abogado Javier Melero presenta en Crímenes decentes (Tusquets) un libro ajeno a modas y tendencias, lleno de virtudes y escrito con una prosa sobria y cuidada.
El argumento no resulta nada extraordinario, como procede cuando las defensas del libro pueden ser otras más allá de la sorpresa al final de cada capítulo. El abogado Rovira es contratado por uno de los hombres fuertes de la ciudad (millonario sin escrúpulos, influyente y poderoso sin freno) para que defienda a su hijo, acusado de asesinato. Lo que parece un asunto entre yonkis (el niño pijo entra y sale de la adicción continuamente) se complica en una doble vertiente: el caso en su representación más legalista y el caso en cuanto que escarba en asuntos oscuros del pasado familiar. Todo esto aderezado con conversaciones del abogado Rovira con su amigo Foch, un personaje para el recuerdo que está metido en un lío, o más bien se quiere meter en un lío. Por honor. Y su colega se va a complicar la vida para ayudarlo. Es gente antigua y orgullosa, no del todo limpia, pero leal. Ya saben de qué tipo de personajes estamos hablando.
Hay en estas páginas inteligencia narrativa, personajes al borde del cinismo pero con suficiente carácter como para resultar atractivos. El protagonista no es un héroe. Es un tipo honesto, al menos consigo mismo, que sobrevive en un mundo cruel y lleno de mentiras con las herramientas que se ha dado, que no son pocas. Valora la amistad y de ahí vienen algunas de las mejores páginas de una novela que sabe salir de la trama judicial sin aburrir o distraer al lector. Ocurre lo mismo con Barcelona, excelente escenario alejado de la ciudad de postal; también con las lecturas y los libros y la música y el whisky, referencias que fluyen de manera orgánica y no como una simple lista de los gustos del autor transferidos al personaje (aunque, imaginamos, algo de esto también habrá).
No sabemos cuántos lectores han llegado a Melero, pero sí que los respeta a todos: las referencias culturales o las metáforas y frases cáusticas del héroe no se explican. Tampoco se recurre a un tiempo pasado tramposo, a una narración en dos épocas, para masticar bien la trama y que el receptor la reciba sin atragantarse. La claridad está en la prosa del autor, no hacen falta trucos. Alguno igual habrá levantado una ceja al leer ciertas expresiones, elegantes eso sí, sobre la anatomía femenina. Pero esas son cosas del personaje, que ni es perfecto ni ha de serlo. No se confundan.
La trama, no hay que olvidarla nunca en el género, fluye a lo largo de las casi 400 páginas a un ritmo constante, a veces en primer plano, otras como telón de fondo de la vida del protagonista. Incluso cuando comete los excesos narrativos más peligrosos, la historia aguanta. Y lo hace porque antes ha construido una arquitectura moral de los personajes, sobre todo de Rovira, en la que se arraiga la verosimilitud.
SuponeCrímenes decentes una mirada lúcida y algo despiadada, pero exenta de demagogia, a la Justicia, un acercamiento en el que el autor aporta su experiencia para enriquecer los matices en la descripción de sus miserias y no para soltar soflamas morales que le digan al lector qué pensar.
Narrada en una primera persona muy sólida, de esas que hacen imposible pensar en la historia escrita de otra forma, la novela tiende a la melancolía y el final, poético, nada justiciero y poderoso, deja abierta la puerta a más entregas. Serían más que bienvenidas.
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