“Era claro como la luz que se había organizado una poderosa propaganda para dar la impresión de que el país se hallaba en un estado de anarquía […] Era como si en Estados Unidos, por ejemplo, todas las peleas, todas las muertes, todos los robos, crímenes, huelgas, no importa lo insignificante que fuesen, se anotaran y se publicaran en la primera página del The New York Times bajo el título permanente Desórdenes sociales en los Estados Unidos”. Así explicaba Claude G. Bowers la estrategia de las derechas tras las elecciones de 1936. Embajador de Estados Unidos en España de 1933 a 1939, Bowers nos dejó en sus memorias un lúcido retrato de la Segunda República y la Guerra Civil. Según su análisis, el objetivo contrarrevolucionario era generar el enfrentamiento sin matices. Azuzar el miedo para que, ante la sensación de caos y colapso del Estado, la solución autoritaria pareciese la única viable.
“Era claro como la luz que se había organizado una poderosa propaganda para dar la impresión de que el país se hallaba en un estado de anarquía Era como si en Estados Unidos, por ejemplo, todas las peleas, todas las muertes, todos los robos, crímenes, huelgas, no importa lo insignificante que fuesen, se anotaran y se publicaran en la primera página del The New York Times bajo el título permanente Desórdenes sociales en los Estados Unidos”. Así explicaba Claude G. Bowers la estrategia de las derechas tras las elecciones de 1936. Embajador de Estados Unidos en España de 1933 a 1939, Bowers nos dejó en sus memorias un lúcido retrato de la Segunda República y la Guerra Civil. Según su análisis, el objetivo contrarrevolucionario era generar el enfrentamiento sin matices. Azuzar el miedo para que, ante la sensación de caos y colapso del Estado, la solución autoritaria pareciese la única viable. Seguir leyendo
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El goteo del discurso del caos va calando: en lugar de hablar de radicalización de unos, terminamos hablando de un escenario polarizado de forma simétrica


“Era claro como la luz que se había organizado una poderosa propaganda para dar la impresión de que el país se hallaba en un estado de anarquía […] Era como si en Estados Unidos, por ejemplo, todas las peleas, todas las muertes, todos los robos, crímenes, huelgas, no importa lo insignificante que fuesen, se anotaran y se publicaran en la primera página del The New York Times bajo el título permanente Desórdenes sociales en los Estados Unidos”. Así explicaba Claude G. Bowers la estrategia de las derechas tras las elecciones de 1936. Embajador de Estados Unidos en España de 1933 a 1939, Bowers nos dejó en sus memorias un lúcido retrato de la Segunda República y la Guerra Civil. Según su análisis, el objetivo contrarrevolucionario era generar el enfrentamiento sin matices. Azuzar el miedo para que, ante la sensación de caos y colapso del Estado, la solución autoritaria pareciese la única viable.
Para crear un clima de crispación constante, cada sector asumió un papel. En el Congreso, José Calvo Sotelo y José María Gil Robles, líderes de Renovación Española y de la CEDA, aprovechaban sus intervenciones parlamentarias para desgranar listas de altercados callejeros en una retahíla descontextualizada. La prensa afín ejercía de altavoz dedicando portadas e incluso secciones específicas a este recuento. Y Falange, que había engrosado su militancia desde febrero acogiendo a muchos jóvenes de la JAP, las juventudes de la CEDA, salía al choque en las calles, contribuyendo a generar noticias. El fracaso en unas elecciones que daban por ganadas impulsó al grueso de las derechas a la vía subversiva. Así nació el mito de la polarización como discurso legitimador del golpe. En 1936 y en el relato de “las dos Españas”.
El principal riesgo cuando hablamos de polarización está en asimilar de manera acrítica su marco conceptual. Sucede, a menudo, cuando un extremo ideológico se radicaliza y destruye los puentes del diálogo. El goteo del discurso del caos va calando y en lugar de hablar de radicalización de unos, terminamos hablando de un escenario polarizado, como si quien rompe los consensos democráticos y quien los defiende se hubiesen movido de manera simétrica. En la España de 1936, medios y políticos de derechas dibujaron una dicotomía maniquea entre “civilización o barbarie”, imputando al rival un supuesto apocalipsis inminente y forzando a la ciudadanía a elegir bando. Al mirar al presente, el paralelismo resulta inquietante.
Hoy, como ayer, diluir en polarización la radicalización desdibuja responsabilidades y permite destruir, jugando al caos como arma política.
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