La dramaturga británica Ella Hickson estrenó The Writer en el Almeida londinense en 2018. Vivimos en unos tiempos tan acelerados que ahora, cuando se acaba de estrenar su versión catalana en el Lliure (traducción de Carlota Subirós), el texto ya nos parece anticuado. Anna Serrano dirige con mano firme un montaje que cumple a rajatabla las acotaciones de la autora: aquí se trata de cuestionar y poner en crisis el propio lenguaje teatral, sus convenciones y sus lugares comunes. Tanto en la forma como en el contenido. Hickson construye unos personajes tan arquetípicos que parecen un chiste: la joven autora que quiere cambiar el mundo, el director (que a ratos parece productor) pragmático y conservador, el novio pusilánime y calzonazos… L’autora es un interesante dispositivo teatral que acaba cayendo en sus propias trampas: la primera parte de la pieza resulta estimulante, mientras que en la segunda la cosa se desinfla dramáticamente.
La dramaturga británica Ella Hickson estrenó The Writer en el Almeida londinense en 2018. Vivimos en unos tiempos tan acelerados que ahora, cuando se acaba de estrenar su versión catalana en el Lliure (traducción de Carlota Subirós), el texto ya nos parece anticuado. Anna Serrano dirige con mano firme un montaje que cumple a rajatabla las acotaciones de la autora: aquí se trata de cuestionar y poner en crisis el propio lenguaje teatral, sus convenciones y sus lugares comunes. Tanto en la forma como en el contenido. Hickson construye unos personajes tan arquetípicos que parecen un chiste: la joven autora que quiere cambiar el mundo, el director (que a ratos parece productor) pragmático y conservador, el novio pusilánime y calzonazos… L’autora es un interesante dispositivo teatral que acaba cayendo en sus propias trampas: la primera parte de la pieza resulta estimulante, mientras que en la segunda la cosa se desinfla dramáticamente. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
Anna Serrano dirige el montaje basado en la obra de la británica Ella Hickson, un cuestionamiento del propio lenguaje teatral que ya nos llega tarde


La dramaturga británica Ella Hickson estrenó The Writer en el Almeida londinense en 2018. Vivimos en unos tiempos tan acelerados que ahora, cuando se acaba de estrenar su versión catalana en el Lliure (traducción de Carlota Subirós), el texto ya nos parece anticuado. Anna Serrano dirige con mano firme un montaje que cumple a rajatabla las acotaciones de la autora: aquí se trata de cuestionar y poner en crisis el propio lenguaje teatral, sus convenciones y sus lugares comunes. Tanto en la forma como en el contenido. Hickson construye unos personajes tan arquetípicos que parecen un chiste: la joven autora que quiere cambiar el mundo, el director (que a ratos parece productor) pragmático y conservador, el novio pusilánime y calzonazos… L’autora es un interesante dispositivo teatral que acaba cayendo en sus propias trampas: la primera parte de la pieza resulta estimulante, mientras que en la segunda la cosa se desinfla dramáticamente.
Una escena de batalla dialéctica entre una joven autora (una muy convincente Ravina Raventós) y un director del establishment (un Javier Beltrán afinadísimo) acaba convirtiéndose en una colección de tópicos sobre los conflictos generacionales y de género: estamos todos de acuerdo que el capitalismo y el heteropatriarcado son los males de este mundo, pero la inocencia de la joven que pretende hacer la revolución gracias al teatro provoca sonrojo. Tras este prólogo, nos damos cuenta de que hemos visto un ensayo abierto al público de una pieza en proceso de creación, y empieza un coloquio que es, sin lugar a duda, lo mejor de la función. Aquí entran en escena Nausicaa Bonnín y David Selvas, autora y director reales de la escena que acabamos de presenciar. Las tensiones de poder entre los miembros del equipo artístico se muestran mediante sus cautas intervenciones y respuestas a un par de espectadoras del público, en un ejercicio metateatral que funciona por su claridad y fino humor. Mansplaining del director a la autora e incomodidad general ante una pregunta sobre la raza: nada nuevo bajo el sol.
A continuación, nos trasladaremos al hogar de la autora y su novio, con un dispositivo escénico de Judit Colomer que muestra los trucos del teatro, incluyendo las maquinistas trabajando a vista del público. Javier Beltrán retrata con oficio y amor un novio tan simple que es feliz cuando va al supermercado. Mención especial a la caracterización de Paula Barjau: ese moño define a toda una tipología de hombres aparentemente deconstruidos. La autora tiene en su casa el cartel de su espectáculo anterior, Mujer joven y enfadada, y esta es la prueba definitiva que el sistema siempre acaba ganando. Ya sea en el Almeida de Londres o en el Lliure de Barcelona, los grandes teatros buscan desesperadamente a sus jóvenes (y enfadadas) autoras y directoras, para cumplir con el purplewashing (y el youngwashing) que reclaman nuestros tiempos. Defender el poder revolucionario del teatro y criticar su carácter burgués ante un público como el del Lliure (con este crítico incluido) es de una inocencia clamorosa. Tú también has sido captada por el sistema, Ella Hickson, y el sistema te permite gritar y hacer la pataleta hasta que te quedes a gusto: ganas tú, gana el teatro, ganamos todos. La banca siempre gana.
La segunda mitad de L’autora es un intento bizarro de buscar otras teatralidades: Nausicaa Bonnín defiende muy bien un monólogo bastante insoportable con referencias a Sémele y Dioniso, y Anna Gatell cumple con lo que tiene que parecer una escena de teatro posdramático (iluminación del siempre efectivo Marc Salicrú). Si esta parte es desconcertante, la que viene a continuación ya es de risa: entendemos sin problemas lo que Hickson nos quiere decir con este diálogo ridículo entre la autora y su novia casi adolescente (una Raventós que retrata a la perfección una joven imaginada por un director hombre), pero dramáticamente la escena no da mucho de sí. La referencia al Guernica de Picasso es la guindilla a un pastel que, tras ocho años de su estreno londinense, ya da la sensación de cena recalentada. Rosalía afirmaba, hace poco, que quizás hubiera sido amiga del pintor malagueño: no existe debate sobre si hay que separar o no la obra del autor, porque si no lo hacemos tendríamos que cargarnos gran parte de la historia del arte, la literatura o la música.
En definitiva y para concluir, L’autora es un montaje voluntarioso que nos ha llegado demasiado tarde, demostrando que su carácter de pataleta pública es del todo infructuoso. ¿Cambiará L’autora el teatro? No. ¿Los espectadores saldrán del Lliure transformados? Tampoco. A pesar de todo, el empeño de la directora y de todos los intérpretes es encomiable. Pero es triste comprobar, una vez más, que continuamos viviendo en el mundo de “la autora del momento” o “la directora de moda”. Las creadoras realmente jóvenes y enfadadas no estrenan en el Lliure, porque el sistema ya se encarga de que nunca puedan acceder a él.
Texto: Ella Hickson. Dirección: Anna Serrano Gatell
Reparto: Javier Beltrán, Nausicaa Bonnín, Ravina Raventós y David Selvas Jansana.
Teatre Lliure. Barcelona. Hasta el 7 de junio
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