Eduardo Mendoza y los ayatolás de Sant Jordi

Desde hace décadas, Cataluña exporta humoristas de éxito al sistema mediático cultural español, como Buenafuente, Évole y el ahora de moda Marc Giró, cada uno con su estilo, virtudes, obsesiones y más o menos defectos. Es por tanto una tierra de graciosos profesionales, pero cuyo establishment nacionalista, que todavía controla el debate público y fija el canon de la corrección política en Cataluña, es ajeno paradójicamente al mínimo sentido del humor. Siempre y cuando, claro, la burla y comentario toque sus patrióticas narices y no haga escarnio -como debería ser- de la «fascista España».

 El nacionalismo no perdona al escritor su fina ironía y que ponga en duda algunos de los sacrosantos símbolos de la Cataluña pujolista  

Desde hace décadas, Cataluña exporta humoristas de éxito al sistema mediático cultural español, como Buenafuente, Évole y el ahora de moda Marc Giró, cada uno con su estilo, virtudes, obsesiones y más o menos defectos. Es por tanto una tierra de graciosos profesionales, pero cuyo establishment nacionalista, que todavía controla el debate público y fija el canon de la corrección política en Cataluña, es ajeno paradójicamente al mínimo sentido del humor. Siempre y cuando, claro, la burla y comentario toque sus patrióticas narices y no haga escarnio -como debería ser- de la «fascista España».

Esta intolerancia a la humorada y a la ironía, defecto común de la mente totalitaria, se ha expresado esta semana en forma de jauría inquisitorial contra el escritor Eduardo Mendoza, cuyas novelas construyen junto a las de Juan Marsé y de Francisco Casavella el gran retrato político-social de Barcelona. Mendoza cometió la herejía de pedir que se desligue el Día del Libro de la festividad de Sant Jordi, patrón de Cataluña pero no en exclusiva: también lo es en su santo pluriempleo de Aragón, Inglaterra, Portugal, Etiopía, Bulgaria, Georgia y Malta.

«Voy a empezar a hacer la campaña ‘fuera Sant Jordi’. Es el día del libro. Siempre se le ha llamado día del libro. No pinta nada. Sant Jordi era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer», fue la frase de la discordia que soltó Mendoza, con una media sonrisa entre tímida y pícara, durante la presentación de su novela La intriga del funeral inconveniente.

No tardó entonces la jauría independentista, con el ex cantante Lluís Llach y la rotunda Laura Borrás al frente de los ayatolas de Sant Jordi, en calificarlo de resentido, inadaptado, fascista e hijo de fascista, ex votantes de Ciudadanos y quinta columnista del españolismo… Incluso el nacionalista Carles Puigdemont le acusó desde su guarida subvencionada de Waterno de ser ¡un nacionalista!

Desconozco las intenciones de mi antiguo vecino de escalera, siempre correcto, educado aunque algo distante, pero sus declaraciones me parecen una divertida boutade, con la justa mezcla de elegante provocación y verdad, para reclamar que se separe la cultura del manoseo político-identitario. También para agitar esta Cataluña oficial, que inventó el pujolismo y consagró el PSC, en la que hay una serie de símbolos y dogmas intocables de la catalanidad según los nacionalistas: los Pujol, el monasterio de Montserrat, el Barça, el concepto de «lengua propia», Lluís Companys como supuesto demócrata y Sant Jordi como una fiesta universal de la cultura… Cuando la realidad es que el 23 de abril se ha convertido en una estafa antiliteraria, masiva, comercial y hortera, con las editoriales forrándose con la venta de libros pésimos, y unas calles tomadas por manadas de vendedores de rosas.

Pero al margen de lo que piense cada uno del actual Sant Jordi, que poco tiene que ver con el de hace unas décadas, la virulencia de las críticas a Mendoza confirman el diagnóstico que apuntaban las acusaciones de «submarino españolista» a David Uclés por escribir sobre Barcelona o por reivindicar a Mercè Rodoreda, o las invectivas contra Rosalía por cantar «solo un tema» en catalán en su disco Lux: al nacionalismo no le gusta la Cataluña real del postprocés porque es mestiza, gamberra y multilingue, y porque ya no puede controlarla con sus viejas estructuras de poder.

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