Una escena de tránsito

Esta fotografía, que se publicó para informar del fallecimiento de David Hockney, lo muestra sin embargo adentrándose en la inmortalidad, pues no parece estar delante de una de sus pinturas, sino dentro de ella, en esa frontera incierta en la que resulta imposible distinguir dónde termina el paisaje falso y comienza la realidad verdadera. Como si el pintor, en vez de morirse, hubiera decidido instalarse en uno de sus artificios. Los creadores producen obras, pero las obras erigen también a sus creadores. El arte modela silenciosamente a quien lo practica. La misma persona que fundó un bosque ha sido alumbrada por él. La instantánea captura el instante en que los dos universos se funden (y confunden). Contribuye a esa impresión el hecho de que la figura de Hockney, pese a ser fotográfica, posee una curiosa calidad pictórica. Como si el cuadro hubiera comenzado a dibujarlo a él también, incorporándolo poco a poco a su superficie. Observándola con atención, su figura resulta tan artificial, o tan genuina, como la de los árboles que forman el paisaje. La pintura ha absorbido a su autor. La imagen, tan vibrante, negaba el tuétano de la noticia.

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 Esta fotografía, que se publicó para informar del fallecimiento de David Hockney, lo muestra sin embargo adentrándose en la inmortalidad, pues no parece estar delante de una de sus pinturas, sino dentro de ella, en esa frontera incierta en la que resulta imposible distinguir dónde termina el paisaje falso y comienza la realidad verdadera. Como si el pintor, en vez de morirse, hubiera decidido instalarse en uno de sus artificios. Los creadores producen obras, pero las obras erigen también a sus creadores. El arte modela silenciosamente a quien lo practica. La misma persona que fundó un bosque ha sido alumbrada por él. La instantánea captura el instante en que los dos universos se funden (y confunden). Contribuye a esa impresión el hecho de que la figura de Hockney, pese a ser fotográfica, posee una curiosa calidad pictórica. Como si el cuadro hubiera comenzado a dibujarlo a él también, incorporándolo poco a poco a su superficie. Observándola con atención, su figura resulta tan artificial, o tan genuina, como la de los árboles que forman el paisaje. La pintura ha absorbido a su autor. La imagen, tan vibrante, negaba el tuétano de la noticia. Seguir leyendo  

LA IMAGEN
Columna

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Observándola con atención, su figura resulta tan artificial, o tan genuina, como la de los árboles que forman el paisaje. La pintura ha absorbido a David Hockney

SANG TAN (AP / LaPresse)
Juan José Millás

Esta fotografía, que se publicó para informar del fallecimiento de David Hockney, lo muestra sin embargo adentrándose en la inmortalidad, pues no parece estar delante de una de sus pinturas, sino dentro de ella, en esa frontera incierta en la que resulta imposible distinguir dónde termina el paisaje falso y comienza la realidad verdadera. Como si el pintor, en vez de morirse, hubiera decidido instalarse en uno de sus artificios. Los creadores producen obras, pero las obras erigen también a sus creadores. El arte modela silenciosamente a quien lo practica. La misma persona que fundó un bosque ha sido alumbrada por él. La instantánea captura el instante en que los dos universos se funden (y confunden). Contribuye a esa impresión el hecho de que la figura de Hockney, pese a ser fotográfica, posee una curiosa calidad pictórica. Como si el cuadro hubiera comenzado a dibujarlo a él también, incorporándolo poco a poco a su superficie. Observándola con atención, su figura resulta tan artificial, o tan genuina, como la de los árboles que forman el paisaje. La pintura ha absorbido a su autor. La imagen, tan vibrante, negaba el tuétano de la noticia.

Cuesta por tanto contemplarla como la ilustración de una necrológica. Diríamos más bien que se trata de una escena de tránsito. Como si el fotógrafo hubiera llegado justo a tiempo de registrar el acontecimiento extraordinario por el que un hombre abandona el mundo para instalarse en su obra: allí donde los árboles no perderán jamás las hojas y donde el tiempo, incapaz de ir más allá, se detiene en el borde del marco.

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